miércoles, 13 de junio de 2018

Una historia cualquiera





Yo no elegí ser un matón, nadie lo hace. El trabajo, de alguna forma u otra, llegó a mis manos. Un hombre de negocios, de aquellos que usan nombres falsos para no desvelar sus verdaderas identidades, me propuso un trabajo, no me pude negar. A él no le importan mis aspiraciones laborales ni mi moral y, seamos sinceros, a mí tampoco me importan. Puso un fajo de billetes encima de la mesa y dijo que había más donde ese salió. Cogí el fajo y, en ese momento, olvidé quién era y quién quería ser.
Ahora es de noche y me encuentro en el muelle en compañía de muchos otros hombres que contrató el jefe sin nombre. Debo proteger el intercambio que se realizará dentro de unos minutos. Mientras espero,  pienso en la cara del jefe que me nos ha contratado. Era un tipo feo y descuidado que emanaba un ligero aroma a pescado. Recuerdo haberme fijado en su  nariz delgada y afilada, como el de un pájaro hambriento. Me hizo gracia imaginar al jefe como una caricatura obesa del señor Burns, el personaje de la serie Los Simpson. 
Mientras espero a que llegue el barco con el cargamento (ignoro qué clase de cargamento lleva, no es mi deber preguntar por él) dibujo en mi cuaderno de notas el rostro del jefe destacando los rasgos que me parecieron más graciosos: aumento el tamaño de las ojeras, añado varios arrugas de más bajo los párpados y en el entorno a la boca, afilo la punta de la nariz, dibujo grasientas gotas de sudor en sus mejillas y convierto su sonrisa en una marcada burla de sarcasmo. Debo recordar quemar el dibujo después de terminar, no quiero que se me relacione con el obeso señor Burns. Por ahora, decido guardarme el dibujo en el bolsillo de la gabardina. Quizás, más tarde, si el barco se retrasa, añada nuevos detalles: manchas de mostaza sobre los labios, verrugas… cualquier cosa con tal de distraerme.
Pero el barco no se retrasa, llega, según marca mi reloj casio, doce minutos antes de lo esperado.
Los hombres de mi grupo se unen a la orilla del muelle. A simple vista, diría que somos dos docenas de hombres armados. No nos hemos contado y prefiero no hacerlo. Cuanto menos sepa, todo será mejor para todos.
 Hasta el momento, no sabía cuántos hombres, en total, habíamos sido contratados. Realmente, sigo sin saberlo. Puede que no estemos todos en el muelle y que algunos estén colocados en diferentes puntos estratégicos para vigilar los alrededores. El obeso señor Burns se ha tomado muchas molestias. Lo que hay en ese barco debe costar un dineral. ¿Armas? ¿Drogas? ¿Mujeres de otros países? No me pagan para hacer preguntas. 
 Mantengo mis ojos fijos al frente. El intercambio está a punto de realizarse. El barco detiene los motores, se oyen gritos desde cubierta. Una grúa se encarga de bajar pilas de contenedores. Otros hombres, armados como lo estamos nosotros, bajan del barco y se acercan dónde estamos.
-¿Habías traído lo que os pedimos?- dice un tipo delgado actuando como líder.
Tengo la sospecha que no sabe quién de nosotros está al mando. Se me ocurre que, si me adelantase a contestar, me besaría los pies o me daría un tiro en la cabeza dependiendo de cómo esté llevando el día.
-Lo hemos traído-.
No me giro a ver quién ha contestado. La voz es parecida a la del obeso señor Burns; diría que un poco más joven. Un hijo, un sobrino, un nieto… ¿qué más da? Debe de ser alguien de confianza y eso es más de lo que necesito saber.
El intercambio se está produciendo con éxito. El puerto está tranquilo. Escucho gaviotas graznar, una luz de una farola parpadear y los coches que vienen y se van por la carrera. Nada que me llame especialmente la atención, nada que pueda ser peligroso.
Uno de mis compañeros desenvaina la pistola. La sujeta con la dos manos y apunta a todas direcciones al mismo tiempo. Es joven, está nervioso. Le comprendo. Le hago una disimulada señal con la mano derecha para que se esté quieto y se tranquilice. No le digo nada, no se nos permite hablar entre nosotros.
El joven advierte mi señal. Baja el cañón de la pistola y curva su espalda en gesto de arrepentimiento y disculpa. Niego ligeramente con la cabeza. No es a mí con quien se tiene que disculpar, no soy yo quien le ha contratado.
Los mosquitos son abundantes y molestos en esta época del año. Noto como me pican los brazos y rondan delante de mi cara. Como la mayoría de mis compañeros, no hago nada por alejar a los mosquitos. Un segundo de distracción puede resultar (y pronto lo será) mortal. No sabemos si una de las dos partes del intercambio ha traído todo lo que se les pedía. Los marineros cuentan el dinero de los maletines y mis compañeros aseguran que todos los contenedores estén cargados del material que sea que lleven. Un maletín lleno de serrín o un contenedor vacío significaría el fin de la paz y el comienzo de la guerra. Debemos de estar preparados. Ellos lo saben. Nosotros lo sabemos. Cumplimos con nuestro trabajo.
Ambos jefes se dan la mano y sonríen. Alguien, desde de mí, está tan relajado que cuenta un chiste verde que relaciona a una mujer con una mandarina. Cometo un error: pienso que el intercambio ha finalizado con éxito y que volveré a casa con la cabeza puesta en su sitio. Entra el héroe en escena para hacerme ver lo equivocado que estoy.
Escucho a alguien caer de espalda contra el suelo. Uno de mis compañeros ha sido inmovilizado con una llave de lucha. Me doy la vuelta. Tengo la pistola en la mano derecha. Disparo al héroe enmascarado. Él utiliza su capa como escudo. Las balas, tanto las mías como la de mis compañeros, rebotan en la tela de la capa. Ninguno de nosotros nos paramos a pensar cómo es posible que una capa pueda frenar las balas ni en las posibilidades que abriría comercializar con ese material mágico; simplemente seguimos disparando porque para ello nos han contratado.
Descubro a otros hombres, compañeros míos, que habían estado escondidos (tal y como predije). Sus armas son mejores que las mías. Yo me conformo con una pistola como las que llevan los policías, ellos llevan fusiles de asalto. El héroe enmascarado está atrapado. Su capa antibalas no le cubre todo el cuerpo. Llega un momento en el que tiene que decidir si cubrir el frente o la espalda.
Me fijo en una pequeña esfera de metal junto a los pies del héroe. ¿Una granada? ¿La hemos tirado alguno de nosotros? No lo creo, está justo a debajo del héroe; ninguno de nosotros tiene tanta puntería. Él debe de haberla dejado caer. ¿Pretende inmolarse? De nuevo, no me pagan por hacer preguntas: vacío el cargador de la pistola, la vuelvo a cargar y continúo disparando.
La esfera de metal se abre por la mitad como si fuera un coco en miniatura. Un humo denso del mismo color gris que expulsan las grandes fábricas de las afueras cubre la figura del héroe y se expande como una nube hacia nosotros. ¡No era una granada, era una bomba de humo! Me he dado cuenta tarde. Damos pasos hacia atrás, sin apartar la vista del lugar donde está (o estuvo) el héroe enmascarado. Seguimos disparando. A pesar de los gritos de nuestros compañeros que se pierden en la inmensidad de la niebla, nosotros seguimos disparando.
Un garfio atraviesa el centro de la nube gris atrapa a uno de nuestros compañeros del pecho. El lazo retrocede y la densa niebla gris se traga a nuestro compañero. Cometo el segundo error de la noche: dejar de disparar. Ese chico que se ha llevado era el mismo que, durante el intercambio, no dejaba de apuntar a todas direcciones. Tendría unos quince años. Ha muerto. Lo triste es que el héroe enmascarado no lo ha matado; hemos sido nosotros con nuestras balas. Lo mismo ha ocurrido con todas aquellas personas que han sido tragadas por el humo. Nosotros los hemos asesinado.
-¡No disparéis! ¡Alto el fuego!- no soy yo quien grita la orden, pero estoy de acuerdo con ella.
Nadie dispara y el héroe enmascarado vuelve a aparecer. Cuelga boca abajo a uno de mis compañeros, a otro lo inmovilizar con un tazer y al tercero le deja inconsciente de un puñetazo en la cabeza. Que dejásemos de disparar es la oportunidad que estaba esperando, ahora se aprovecha de nuestra vacilación. Nos escarmienta por haber sido débiles. Volvemos a disparar. Esta vez, sin piedad. El héroe no está matando a nadie y, sin embargo, el puerto se llena de nuestros cadáveres.
Una bala atraviesa la pierna del héroe enmascarado. Cae de rodillas contra el frío suelo. Dos hombres del grupo de marineros han tirado sus armas al suelo y se disponen a saciar su ira de la forma más primitiva que se conoce. Tres de nuestros compañeros, uno de ellos con fusil de asalto, apuntan al héroe enmascarado a la espera de una nueva artimaña que le saque del apuro. Yo me mantengo en mi posición, aprovecho para cambiar el cargador de mi pistola. Prefiero estar seguro de poder defenderme antes de empezar un ataque.
Aunque esté herido, el héroe no deja de ser un problema. Ha ganado en combate contra los dos marineros, los está usando como escudo humano.  Mis compañeros no temen disparar, ya han aprendido la lección.
Y es ahora cuando me quedo solo con el héroe enmascarado, somos los dos únicos que permanecemos en pie. No entiendo muy bien cómo hemos llegado a esta situación. De un momento a otro, el héroe pasó a estar disparando una serie de proyectiles (piedras y dardos)  a mis compañeros a estar de rodilla contra el suelo víctima del sobreesfuerzo y el cansancio.
Aprieto el cañón de mi pistola en la nuca del héroe en son de amenaza. Es la escena que he visto en tantas películas. El villano jamás mata al héroe inmediatamente; el por qué de la razón, lo estoy descubriendo ahora.
En el cine, parece que el villano no dispara el gatillo porque desea saborear esos cortos instantes en los que se encuentra en una posición superior. Es orgulloso y sádico. Se ríe. Villanos como el obeso señor Burns se descojonarían. El héroe, aprovecha la oportunidad para darse la vuelta y usar sus artes marciales para vencer como siempre hacen los héroes del cine.
La realidad es muy diferente. Yo no estoy riendo. Mantengo la misma actitud carente de sentimientos que adquirí cuando cogí el fajo de billetes. Tengo la mano izquierda en la cabeza del héroe, le obligo a mirar el suelo y estarse quieto. La derecha en la pistola. En la nuca del héroe enmascarado se marca el orifico del cañón de la pistola. Mis dedos están dispuestos a apretar el gatillo. No lo hago. Cometo el tercer error de la noche: me pregunto quién soy.
-¿Quién soy?- lo pregunto en un susurro apenas audible.
Un hombre. Sería la respuesta más ambigua y, por lo tanto, la más incorrecta.
Un matón a sueldo. Se acerca más a la definición que estoy buscando, pero sigue siendo incompleta. Estas cuatro palabras solo explican a lo que me estoy dedicando en este momento, no menciona los otros trabajos que he tenido a lo largo de mi vida.
Un tío que apunta con su arma la nuca de otro tío. Esta respuesta me gusta. Esboza una ligera sonrisa en mi rostro. Es la solución más evidente; ni siquiera menciona que lo hago por trabajo.
Las manecillas de mi reloj casio están inmóviles, pero yo tengo la sensación que han pasado horas en las que no he sacado nada importante. Doy respuestas a una pregunta que parece no tener respuesta. “Soy un asesino. Un hombre armado. Alguien que se está preguntando quién es en vez de cumplir por aquello que le han pagado…”.
Termino pensando que no soy nadie. Es lo que pensé cuando cogí el fajo de billetes del obeso señor Burns. Una vez aceptaba el trabajo, todo lo que había llegado a querer y todo lo que había sido quedaba en el olvido. No soy nadie.
 Estoy convencido que esta respuesta también es incorrecta. Debo ser alguien. Estoy pensando. Desobedezco las órdenes de mis jefes para detener el tiempo y pensar en lo que me ha llevado a estar aquí. Soy alguien. Tengo un nombre, aunque no se mencione en la historia y no tenga importancia. Soy alguien. Tengo la capacidad de pensar y cuestionar mis actos. Soy alguien. No se mencionará mi familia: a mis padres, mi esposa y mis hijos; pero eso no significan que no existen. Los hombres que hoy han muerto también tienen sus familias, y yo no las estoy nombrando porque no forman parte de la historia que estoy contando.
Es aquí donde surge otra pregunta y donde la manecilla que marcan los segundos en mi reloj hace una tímida intención por avanzar: ¿qué historia estoy contando?
Si fuera mi historia te diría cómo me llamo, te contaría cuántas chicas he besado y qué sentí la primera vez que subí a un coche como conductor. Si fuera mi historia, sabrías quién soy.
Si no es mi historia, ha de ser la del héroe enmascarado. Es la única persona, a parte  de mí, que sigue en escena. Por eso estás aquí, quieres saber quién es él. Quieres que se quite la máscara y verle la cara. Te ahorraré la espera. Ahora lo he comprendido: él es el protagonista de la historia que estoy contando. Es a él a quién quieres ver con vida. Cuando ves una película, rezas para que el villano no apriete el gatillo y llene de sangre el pabellón. Ahora, estarás rezando para que yo tire mi pistola a un lado y me vaya. No importa dónde, ¿verdad que no? Solo esperas que sea lejos y que no me vuelvas a ver más. Sabes que tengo parte del dinero acordado con el obeso señor Burns, no sabes qué porción exacta del sueldo porque no  te lo he mencionado, y sabes, porque esto sí te lo he dicho, que tengo una familia: una esposa y dos hijos adorables. Pero tú no quieres que vuelva a casa con mi familia. Solo quieres que el héroe siga con vida porque él es el protagonista y yo soy un hombre cualquiera: el tío que está apuntando con un arma a la persona que te importa y un matón que han contratado para cuidar un negocio ilegal. Soy todas estas cosas y no soy nadie al mismo tiempo.
La historia existe porque el protagonista existe. Quien fuera la mano que le creó, también hizo todo este mundo: al obeso señor Burns, al chico nervioso, los negocios ilegales en el muelle e incluso mi reloj marca casio. Todo esto existe porque el héroe enmascarado existe. Yo existo porque él existe.
Esto es algo que las películas no explican: el mundo que rodea al protagonista lo ama porque gracias a él está vivo. Yo amo al héroe enmascarado. Forma parte de mi vida tanto como lo forma mi esposa; quizás más porque a ella no le has visto y, sin embargo, al héroe enmascarado se la estás viendo ahora. No es a mi madre a quien debo agradecerle el haberme dado la vida; debo estar agradecido con la persona a quién estoy apuntando con un una pistola en la nuca.
Dejo caer el arma al suelo. Hablo con una voz robótica, carente de tono y emociones.
-Adelante, haz lo que tengas que hacer-.
Las manecillas del reloj casio vuelven a marchar y el protagonista hace aquello por lo que le han creado. Gira su cuerpo 180 grados con la pierna derecha (la sana) adelantada poniéndome la zancadilla y haciendo que me cayese al suelo. Registra mis bolsillos en busca de alguna prueba que le pueda conducir hacia el verdadero villano de la historia. Encuentra el dibujo hecho a carboncillo que había hecho por entretenimiento en mi bloc de notas. Reconoce la caricatura, ahora sabe quién está detrás del negocio. El protagonista se marcha en las sombras. La historia que deseas leer continua en otra escena. Yo me quedo en el suelo. Desvanezco en la oscuridad; ya no te importo.

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Llevaba tiempo pensando en la idea. Me apetecía probar la técnica de "romper la cuarta pared". Este relato está inspirado en La Niebla, de Unamuno, con toques de Deadpool y una clara referencia al universo de Batman. ¿Os habías dado cuenta que el héroe era Batman y el obeso señor Burns era en realidad El Pingüino? Puede que no sea mi mejor relato, pero me divertí mucho escribiéndolo. Espero que a vosotros también os divierta leerlo. ¡Un abrazo!

 

lunes, 11 de junio de 2018

En tiempo de Guerra [Escrito en Aerandir]


Es necesario hacer un pequeño contexto antes de empezar a leer este relato:
Lunargenta es la ciudad principal de los humanos del foro. Entró en guerra hace unas semanas. Recibe el asedio constante de diferente facciones de enemigos.
En este relato, mi personaje, Gerrit Nephgerd, se encuentra en Roilkat, una ciudad ajena a la guerra de Lunargenta pero de la misma península. Gerrit es un brujo que domina el control del rayo, imaginad una especie de Thor pero en sádico. Los Masters del foro, administradores que cumplen las labores de los Dioses, maldijeron a mi personaje. En total, Gerrit reúne 5 maldiciones y el número va en aumento. Las que tiene le hace parecer un viejo, recolectar sangre para los cuervos de una niño llamada bruja, refleja todo el daño que provoca, le obliga a a ser violento contra otras personas y contra él mismo y sufre un eterno dolor en el pecho a causa que su corazón se está quemando literalmente. 
La cabeza de metal que lleva Gerrit perteneció a Talisa, un robot al que mi personaje le arrancó la cabeza con sus propias manos. Ahora sirve de amuleto.
Link del foro: Aerandir
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Lunargenta se había convertido en una tierra de desgracias; un lugar de vacaciones idílico para la hambruna y la muerte. Todos los días, los mercaderes traían noticias que registraban nuevos ataques. Los humanos tenían miedo por los apellidos que se perdían. En más de ocasión escuché decir que había tener misericordia por los Bothmont (un apellido cualquiera de los muchos que se mencionan) porque toda la familia había fallecido a merced de uno de los muchos ejércitos enemigos de Lunargenta. No sería yo quien se lamentase por la pérdida de un apellido que jamás conocí. Mientras unos encendían velas y las ponían fuera de la ventana en un círculo de sal en honor a los difuntos de la guerra, yo caminaba por Roilkat con una sonrisa de oreja a oreja.
La guerra también tenía sus cosas positivas. En primer lugar se encontraban las mujeres necesitadas. Aunque mi cuerpo cinco veces maldito me hacía parecer un viejo vagabundo, ellas no tenían opción. Me convertía en el padre que perdieron, el marido que asesinaron e incluso en el hijo que no pudieron llorar. Me aproveché de su dolor y sus recuerdos a cambio (y lo digo con orgullo) de alimento, cobijo y una entrepierna caliente. La segunda cosa positiva que traía la guerra es que mi aspecto no se destacaba entre la multitud. Nadie reconocía mis cinco maldiciones pues muchos acababan peor heridos que yo. La última ventaja, para mí, era la mejor: los muertos dejaron de tener valor. Si bien se honraba sus pérdidas y se lloraban sus recuerdos; los cuerpos que dejaban en la tierra eran usados como estiércol de perro: pisoteados y cargados en carromatos donde se dirigirían a fosas comunes. Nadie se extrañaba si, de repente, aparecía un cadáver más en mitad de la calle, lo atribuían a la hambruna. Por cada muerto con los bolsillos vacíos nuevos que se encontraba, un padre pudo dar de comer a sus hijos. La gracia estaba en que los ciudadanos de Roilkat no se aseguraban que los bolsillos del cadáver estuvieran vacíos ni pensaban que alguien lo pudiera haber matado por el simple placer de matar.
Este era mi secreto. Durante la noche, después de pasar una agradable velada con una mujer que creyó ver en mí la figura que necesitaba ver, cogía a Suuri y a la cabeza de Talisa y buscaba los objetivos que más me entretuvieran. Mis cinco maldiciones me habían convertido en un monstruo. Tan solo había que mirarme. Tenía los brazos y las piernas repletos de cortes que yo mismo me infligía para sentir un dolor mayor del que las maldiciones me causaban para así tener la falsa sensación que me podía imponer a ellas. Caminaba encorvado, el corazón me quemaba y pesaba como el yunque de un herrero. Mi cabello, cenizo por una vejez que no me pertenecía, empezaba a caerse. Al pasar mi mano por la cabeza notaba hebras de pelo deshacerse en mis manos. Sin duda, el atributo más espantoso se encontraba en mis ojos: azules y brillantes, el único rastro de juventud que todavía poseía. Por muy desdichado que pareciese, gracias a la guerra, siempre había quien se veía peor que yo. Las putas de la calle no tenían miedo en acercase contoneando sus caderas, los niños callejeros (huérfanos seguramente) venían a pedirme limosna y más de uno se me acercó pidiendo ayudan pensando que sería un miembro de la Guardia de Lunargenta mandado a Roilkat por algún motivo que escapaba a mi razón. “En el país de los ciegos, el tuerto es el rey y en el reino de Verisar, el monstruo es el rey”. Pensé con cierto descojone.  
Había recorrido tres calles y dejado un cadáver en cada una de ellas. El primero se trataba de un avaro mercader de bolsillos abultados. Le encontré bajo cielo descubierto, con la espalda apoyada a pared de una taberna y la polla en la boca de una prostituta. Talisa fue el primero en reconocerlo. Me acerqué la boca de la cabeza a mi oído y repetí en voz alta lo que me imaginé que me decía <<Mírale, da tanto asco como tú>>. Tenía razón. A mí no podía matarme, pero a él sí. Inmovilicé a la prostituta con una leve descargada. El hombre intentó escapar, pero le fue imposible correr con los pantalones bajados hasta las rodillas. Cayó al suelo y yo estaba encima suya para propinarle una paliza. Sacie mis ansias de matar. Alternaba los puñetazos de mi mano izquierda con los golpes de martillo que le propinaba con la derecha. Me divertí con él. Cuando dejó de sangrar, me divertí con la puta. Mis necesidades sexuales estaban saciadas, no tenía interés en el físico de la mujer. La arrastré hasta la segunda calle y estuve probando diferentes conjuros con su cuerpo. Convoqué el relámpago y el trueno en su cuerpo. Ella seguía durmiendo. Nunca más se volvería a despertar. Decido en regresar a la cama donde me esperaba una agradable compañía encontré al que sería mi tercera víctima: era un vagabundo que lo había perdido todo por la guerra. Lloraba y gritaba sus piernas al cielo. Me interesé, más bien me obsesioné con la historia que relataba. Tenía dos hijas mellizas, ambas pelirrojas y de brillantes ojos azules, una mujer que el paso del tiempo no había logrado envejecer y un pequeño velero que disfrutaba siempre que tenía ocasión de hacerlo. Mis maldiciones me hicieron ver a su familia siendo devoradas por dos especies de cuervos: los venidos de la guerra y los de la pequeña Duna. Tuve piedad con el hombre, fui rápido. Con un golpe seco de martillo, hice girar su cabeza.
-Se acabó. Mañana la gente escribirá tu apellido en una nota y lo aplastarán con una vela encendida en tu honor. Rezarán por ti. Yo te habré olvidado-.


domingo, 29 de abril de 2018

El Muñeco Neil [Historia de Terror]

El señor y la señora Neil fallecieron en un accidente de coche. Un hombre salido del bar Navajas, aunque por su mal aspecto parecía haber salido de una pocilga, se les cruzó por delante. Loretta Neil, quien era quien conducía el vehículo, dio un rápido volantazo para evitar atropellar lo. El éxito lo pagó con su propia vida y la de su marido. El coche se estrelló contra la fachada del bar Navaja. El cuerpo de Braham Neil, que había estado sentado en el asiento del copiloto durante el trayecto, salió disparado por el cristal frontal. El golpe le había dejado inconsciente y los múltiples cortes causados por los cristales terminaron por matarlo. La muerte de Loretta fue mucho más rápida, su cabeza impactó contra el volante con la fuerza suficiente para romperle el cuello. Los parroquianos del bar Navaja fueron afortunados, pudieron zafarse del vehículo sin que sus heridas fueran mortales. El mayor herido de éstos se había roto el brazo al golpearse con la barra.
Tres horas después del incidente, dos policías llamaron a la casa de los Neil. Beth, la niñera, abrió la puerta. Invitó a los agentes que pasasen al salón y les sirvió café y pastas. Fue un gesto más egoísta que amable. Para escuchar la historia de cómo murieron los Neil, Beth prefería estar sentada y con una taza de café caliente en la mano; eso impediría que cayese al suelo desmayada.
Una vez los agentes terminaron de relatar los hechos. Beth hizo llamar a Braham Neil junior. Se encontraba en el piso superior, jugando en su habitación.
-Cariño, baja un momento. Han venido unos señores que quieren hablar contigo-.
Braham Neil obedeció en sepulcruoso silencio. Reconoció de aquellos detalles que solo un niño de cuatro años podía entender: el tono triste y excesivamente considerado con el que su cuidadora le había llamado, el olor a café quemado y el sonido de los agudos carraspeos de los hombres uniformados. Todo aquello le indicaba que algo malo había pasado.
Se sujetó a la barandilla con las dos manos y bajó los escalones con paso lento y vacilante.
Uno de los agentes se levantó al ver al niño. Le cogió de la mano y le acompañó a la mesa del salón. Le ayudó a sentarse en la silla para niños, puesta entre Beth y el agente.
-Tu cuidadora dice que eres un chico muy listo, ¿es verdad? -Braham junior no contestó-. Sí que lo eres, lo veo en tus ojos. Son del mismo color verde que los del Mago Merlín– hubo un corto momento de silencio, imperceptible para los adultos y eterno para el niño-. Escúchame muy bien. Tienes que ser fuerte y listo como el Mago Merlín porque lo que te vamos a decir no lo debe escuchar ningún niño débil y tonto-.Braham afirmó con la cabeza, el segundo policía le removió el pelo – Tus padres han tenido un accidente con el coche. Se han ido al cielo-.
- ¿Cuándo van a volver? - la pregunta del niño hizo llorar a la niñera.
-No, chico. No van a volver- continuó el primer policía.

Beth insistió a los servicios sociales para hacerse cargo del niño. Argumentó que ella estaba soltera y que el chico le haría compañía. Esto sería hasta que encontrasen un familiar cercano, prometió. Braham Neil sénior, en vida, fue un excelente abogado. Hace diez años, por ambición profesional, tomó la decisión de mudarse, junto la que, en aquel entonces, era su novia, a una ciudad más grande y con más posibilidades de trabajo. Los lazos con sus familiares se fueron fragmentando lentamente e inevitablemente. Lo mismo ocurrió en el caso de Loretta. Solamente los más cercanos conocían la existencia del pequeño Braham y, de éstos, a penas la cuarta parte recibió la noticia de que se había quedado huérfano.
Beth pasaba largas horas de la noche con la guía telefónica sobre las rodillas y el teléfono pegado a la cara. Llamó a todas las personas que tuvieran el apellido Neil o el de Egdecomb, apellido de soltera de Loretta. Peter Neil, hermano mayor del señor Braham, dijo, explícitamente, que no estaba dispuesto a tomar un viaje de 200km para tomar al hijo de su desgraciado hermano en custodia. William Egdecomb, padre de la señora Loretta, no fue más agradable que el señor Peter. Al escuchar el apellido de Neil pronunció varios insultos y colgó el teléfono. Beth sospechó que el señor Egdecomb acumulaba un fuerte rencor hacia los Neil debido a que pensaba que Braham le “robó” a su hija.
La rutina se repitió dos semanas más. Durante ese tiempo, Braham Neil era un cuerpo sin alma. Se movía por inercia. A la hora del desayuno, se sentaba en la silla que Beth le había acomodado y comía un par de cucharadas del tazón de cereales. Negaba con la cabeza, no quería más. Se retiraba de la mesa y se quedaba sentado en el sofá. Solo Dios sabía lo que el chico estaba pensando. La comida y la cena no eran distintas. Perdió cuatro kilos. Beth no se atrevía a obligarlo a que comiera más. Se sentaba a su lado, lo abrazaba, le besaba la frente y le repetía hasta la saciedad que lo comprendía y lo quería. El pequeño Braham no contestaba.

Beth recibió la visita de Melinda Neil como un milagro. ¡Gracias a Dios! Como hizo un mes antes con los policías, le sirvió con gusto café y pastas.
-Cariño, baja un momento.- la sensación de dejavú era más que notable- Ha venido tu abuela a verte-.
- ¿Este es mi nieto? ¡Santo Cielo! Está enorme. Querida, ¿cuántos años me has dicho que tiene? -
-Dentro de cinco semanas hará seis años. -Beth se contagió de la sonrisa de la abuela.
- ¡¿Seis años?! Ya es todo un hombretón. Ven a mis brazos. Deja que te dé un enorme beso en la mejilla-.
Melinda Neil (ella insistía que le llamasen Mely, pero por respeto Beth no se atrevió a hacerlo) era la imagen de la abuela que todos deseamos tener. Llevaba un largo vestido estampado, el cabello, que cada vez iba siendo más escaso, peinado de forma que pudiera similar una media melena y emanaba un permanente aroma a galletas recién horneadas. Braham Neil no podría haber acabado en mejores manos.
-Ha tenido que ser horrible. Para una madre es duro reconocer que su hijo no era ninguna joya. No se hablaba con nadie de la familia. Ay, querida. ¿Y dices que nadie quiso escucharte? Qué bien hizo mi Peter en venir a verme. En el pueblo no tenemos teléfonos. De no ser por él, jamás me habría enterado de la desgracia. Cinco autobuses he tomado para venir. Y ahora, debemos tomar otros cinco para volver, ¿verdad que sí, querubín? -lo último lo dijo pellizcando el moflete de Braham Neil.
Melinda era una habladora nata. Beth perdió la noción del tiempo. Se hizo la hora de la cena y siguieron hablando y riendo sin que ninguna de las dos se diera cuenta de que no habían comido. Beth dijo que llevaba trabajando con los Neil desde hacía tres años. Aceptó el trabajo para poder pagarse los estudios y lo mantuvo porque se encariñó con el niño. Melinda contó que regentaba la última juguetería casera del país. Los juguetes venidos de las grandes fábricas no eran tan divertidos como los que hacía la anciana a mano. Curiosos de todas las ciudades recorrían largos viajes para ver sus juguetes. El mayor orgullo fue decir que vinieron los de la tele (no supo decir para qué canal) a hacerle una entrevista. Braham iba a ser muy feliz.

Hoodest era el nombre del pueblo donde residía Melinda y, ahora, nuevo hogar de Braham. Las casas parecían estar sacadas de las ilustraciones de los libros de cuentos medievales.
Braham pensó que en algunas de ellas vivía el Mago Merlín. En otras circunstancias, habría cogido una rama del suelo y jugado a cazar dragones imaginarios en el parque de Hoodest. Ahora, pensaba que le estaban castigando. Nadie le preguntó si quería quedarse con la señorita Beth o si quería ir a la ciudad de Merlín. Le cogieron y le llevaron, no había más.
Durante el transcurso de los cinco autobuses, la abuela Melinda insistió en que le iba a encantar vivir en Hoodest, que iba a ser muy feliz en la casa de los juguetes. Él no lo creía. ¿Cómo podía ser feliz en un lugar que no quería estar, con una persona que veía unas pocas veces al año, sin jugar con la señorita Beth, sin que mamá le diera un beso de buenas noches y sin los cuentos de papá? La abuela Melinda era una mentirosa.

La casa de Mely tenía tres plantas y un sótano. La primera servía para el negocio, hacía las funciones de juguetería y almacén de juguetes. La segunda es donde se encontraba el salón, la cocina y la habitación principal. En la tercera planta había tres habitaciones para los invitados. Y el sótano era el taller, donde se fabricaban los juguetes.
Melinda dio permiso a Braham para investigar todas las habitaciones de la casa a excepción del sótano. El chico, como respuesta, se sentó en un viejo y mullido sillón. De allí no se movió.
-Los niños tienen que jugar, no puedes quedarte ahí sentado sin hacer nada-. se sentó al lado de Braham- ¿Qué me dices si preparo un par de cometas y esta tarde vamos al parque a hacerlas volar? Tengo muchas en la parte de atrás del almacén. Y, ¿sabes? Se aburren mucho, quieren volar. Quizás nosotros podamos ayudarlas-.
Braham dirigió sus verdes ojos a los de su abuela y negó con la cabeza.
-Prefieres quedarte aquí, lo comprendo. Debes de estar aterrorizado. Te contaré un secreto: yo tampoco quiero salir hacer felices a las cometas. ¡Qué me hagan feliz a mí! - Melinda rió a carcajadas. Braham continuaba con su ya habitual rostro de tristeza y frialdad.

Su mayor, y único, entretenimiento era observar ir y venir a los clientes de la juguetería que Melinda atendía en el otro lado del mostrador. Los niños le saludaban con alegría y le preguntaban si quería jugar con ellos. Por alguna razón, pensaban que Braham debía de ser el niño más feliz del mundo por estar viviendo en una juguetería. Nada más lejos de la realidad. Braham se sentía receloso al hablar con los otros niños y de tocar los juguetes. Nada de lo que pudiera haber en la juguetería le haría sentir mejor. Sin papá y mamá, no tenía sentido jugar.
Una niña rubia, con vestido rojo y un lazo en el pelo del mismo color que el vestido, reunió la valentía para decirle a Braham lo que los policías, Beth y Melinda no le dijeron:
-Eres un maleducado. Estamos riendo y queremos jugar contigo, pero tú nos miras mal y no nos respondes. No me das pena. Jugaré y me lo pasaré bien con o sin ti-.
Todos los que se encontraban en la juguetería escucharon las palabras de la niña: los adultos, que conocían la historia de Braham Neil, y los niños. Los primeros, al comprender la gravedad de la situación, terminaron de comprar los juguetes para sus hijos y se marcharon sin esperar a que sus hijos terminasen de probar todos los juegos de la tienda. Melinda fue consciente de lo que pasó. Cerró la tienda dos horas antes de lo habitual para prevenir que otra niña de vestido rojo hablase demasiado. Braham entendía las acciones de los adultos mejor de lo que se entendía a él mismo. Observó todos los detalles y los grabó en su retina; por algún motivo, estaba convencido de que era importante recordar que el padre de la niña rubia compró un conejo de peluche de color rosa.
En los días siguientes, Melinda no abrió la juguetería. Pasaba el día encerrada en el taller. Únicamente salía para sacar la basura a la calle y servir la comida a su nieto.
Braham  imaginó qué hacía su abuela en el taller: odiarlo por lo mal que se había comportado. Desde su habitación de la tercera planta, llegaban ruidos de cuchillos y tijeras. Pensó que Melinda los estaba afilando para luego matarlo y cocinarlo. Ese iba a ser su castigo por ser un maleducado. No le importó. Así iría al cielo con papá y mamá.
-Cariño, baja un momento-.
Era la tercera vez que Braham escuchaba esa frase y la detestaba. Dudó en obedecer. No quería hacerlo. El primer día que llegó a la juguetería, la abuela Melinda le prohibió bajar al sótano. ¿Por qué ahora sí podía hacerlo? No le dio importancia. Si iba a ser castigado, rezaba que fuera rápido.
Bajó los crujientes escalones lentamente y sujetándose a la barandilla con las dos manos. Braham había cumplido los seis años. Era un niño mayor que no tenía miedo a nada.
-Cariño-, Melinda saltó a abrazarle- te he hecho un regalo-.
Sacó del bolsillo delantero de su bata un muñeco de peluche humanoide: cabello negro, traje de marinero y unos brillantes ojos verdes llenos de sabiduría, como los del Merlín el Mago.
- ¿Te gusta? ¡Eres tú! –
-¿Yo? -
- ¡Claro que sí! ¿Es que nunca te has visto en el espejo? Eres tú hecho muñeco. Es El Muñeco Neil. Feliz cumpleaños. -y le besó en la frente.
Los dos se abrazaron. En medio quedó aplastado peluche bautizado como El Muñeco Neil. Braham sintió lo mismo que sentía cuando abrazaba a mamá y a papá. Por primera vez en mucho tiempo, el niño sonrió. Abrazó a su abuela y le dio las gracias por no haberle castigado. Ella no supo de qué hablaba; se rio por las tonterías que podía imaginar un niño. Ambos rieron con mucho gusto.

Diez años después, las tornas se cambiaron. El nieto pasó a cuidar de la abuela. Melinda había superado los setenta años. Las visitas de los doctores se volvieron constantes y peligrosamente necesarias. Como les sucede a todas las personas mayores, el cuerpo de Melinda dejaba de funcionar como lo había hecho hasta ahora. Tenía las manos deformadas y los dedos hinchados como globos de carne, le costaba sostener cualquier objeto. Sus pies no tenían un mejor aspecto, apoyarlos en el suelo le resultaba un infierno de dolor. Los médicos dijeron que se trataba de osteoporosis. Si se hubiera detectado antes, podrían haber hecho algo para tratarla. Ahora estaba en un estado muy avanzado y era mejor dejarla como estaba. La solución que dieron fue esperar y que pasase lo que Dios quisiera.
Braham quiso encargarse de la juguetería: hacía los nuevos juguetes siguiendo las enseñanzas de su abuela y los vendía con la mejor de sus sonrisas. A Melinda le hacía muy feliz ver a su nieto trabajar. Era imposible impedir a la anciana que se quedase quieta en la cama. Cuando nadie la vigilaba, cogía su bastón y bajaba las escaleras para ver a su nieto seguir con el negocio. Delante de los clientes, Braham de renegaba la valentía de su abuela; detrás, se sentía feliz de verla sonreír.
Con respecto a El Muñeco Neil, éste no abandonó su lugar al lado de su dueño. Juguete y juguetero se convirtieron en uña y carne. Braham no iba a ningún lado sin su peluche. Lo llevaba en el bolsillo delantero de su bata como si fuera una cría de canguro y él su madre. Los adultos que visitaban la tienda se enternecían al ver a un adolescente jugar con un peluche; además que era una muestra de confianza y fidelidad por sus productos. Los niños, con su juguete favorito en la mano, pedían jugar con Braham. Él jamás se negó a jugar con nadie.

Los días de Neil empezaban de la misma manera: sirviendo el desayuno y las pastillas a su abuela. Una hora después, le tocaría desayunar él y, después de otra hora, iría al sótano a trabajar en sus nuevos juguetes.
-Abuela, despierte- mientras ella terminaba por abrir los párpados, Braham abría las cortinas- Es la hora del desayuno-.
-Querido, llámame Mely- contestaba sonriendo- No me gusta que me llames abuela, me hace sentir vieja.-desde que enfermó, todos los días empezaban con las mismas dos frases.
Braham dejó la bandeja con el desayuno, zumo de naranja, tostadas y una taza de leche con cereal, en la mesita y ayudó a Melinda a enderezarse.
-Deja que te mire de cerca. Te estás convirtiendo en un joven encantador y no me estoy dando cuenta. ¿Cuántos años tienes? Soy incapaz de recordarlo-.
- Dieciséis-.
-Santo cielo. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Hazme un favor y no me dejes morir sin antes haberte visto crecer por completo. Dentro de dos años serás tan alto como tu tío Peter-.
-Espero superarle el año que viene-.
-Estás creciendo muy rápido-.
De las dos tostadas, Melinda comió media. El resto no le entraba. Se comió todo el tazón de leche, por insistencia de Braham. Los médicos decían que beber mucha leche era bueno para su enfermedad. Por último, se tomó pastillas que atenuaban su dolor. El zumo lo dejó a un lado; estaría dando pequeños sorbos durante toda la mañana.
Para desayunar, Neil comió la tostada y media que su abuela se dejó y una taza de café caliente. Era importante no perder más tiempo en el desayuno. Hoy le esperaba un duro día de trabajo.
Encendió la luz del sótano y bajó las escaleras sujetándose a  la barandilla con las dos manos, igual que lo había hecho diez años atrás. Sacó a El Muñeco Neil del bolsillo del bolsillo de la bata y lo dejó en la mesa de trabajo con la cabeza apuntando hacia sus manos. Antes de hablar a los otros peluches, se despidió de El Muñeco Neil acariciándole la cabeza.
-Hola Menta, te he traído una cosa.- le dijo al peluche que dejó el día anterior por terminar- Sé que te cuesta recordar la edad que tengo. Dentro de poco no sabrás quién soy. Hace dos días me confundiste con mi padre y hace nueve me llamaste Peter en lugar de Braham. Los médicos dicen que es por la edad, pero yo no les creo. Sé que estás muy enferma y que tienes los huesos estropeados, pero no te preocupes. Menta no está enferma. Lo mejor de todo es que ella no tiene huesos que se puedan estropear-.
Del bolsillo de la bata sacó un mechón de pelo que le había cortado a Melinda mientras ella dormía. El pelo era blanco, canoso. Ese no era el color de pelo con el que Braham conoció a su abuela. Pintó el mechón de rubio pálido utilizando el mismo tinte que usaba Melinda, lo cosió en la cabeza de Menta y lo peinó simulando una media melena.
-Ya casi está preparado-.
Menta estaba destinada a ser algo más que un peluche, iba a ser una vida. Braham se sentía un Mago cuando trabajaba en el taller y estaba convencido de que su abuela había sentido lo mismo. Explicaría por qué dedicaba tantas horas y tanto amor a la confección de los peluches. Estaba haciendo magia, creando vidas como Merlín el Mago. Si lo pensaba detenidamente, Melinda y Merlín se parecían incluso en el nombre. ¡Ambos eran magos! Braham se dio cuenta de la existencia de la magia cuando abrazó por primera vez a El Muñeco Neil. En el interior del peluche vivían sus padres: Loretta y Braham Neil. Lo notó al instante, cuando abrazó al peluche. No se lo dijo a nadie; un mago nunca revela sus trucos. El joven Braham pensaba ayudar a su abuela utilizando a Menta. Ella viviría en el interior del peluche. Podría moverse, comer y saltar como siempre. La curaría de verdad.
Merlín el Mago era famoso por ser meticuloso y precavido; no se arriesgaría a utilizar su magia sin antes haberla ensayado. Menta no iba a ser el primer muñeco vivo de Neil. En la parte superior de la mesa de trabajo se encontraban los tres peluches anteriores: Uzen, Kitten y Flora.
El primer peluche era un perro con uniforme de policía. El cuero que había utilizado para Uzen era piel humana, como también era uno de los ojos (el otro era de cristal). En lugar de pistola, el peluche amenazaba utilizando una navaja de juguete. Un mes atrás, corrió la noticia de que un policía de Hoodest había fallecido en un accidente de coche. Dos noches después del entierro, Neil exhumó el cadáver y tomó los ingredientes que necesitaba. Los dejó en formol para que no se pudrieran en el futuro. Los muñecos que hacía debían de ser perfectos. La escena que representaba con Uzen era la muerte de sus padres, con ella convocaba el alma del agente que le dijo que sus padres habían sufrido un accidente y que no iban a volver.
Braham cogió a Uzen lo abrazó y lo puso al lado contrario de la mesa de trabajo de donde estaba El Muñeco Neil. La navaja del perro policía apuntaba a un pequeño coche de juguete.
Kitten era una gata y era Beth, literalmente. Tenía su cabello moreno, sus ojos castaños y sus finos labios. Cuando la conoció no lo sabía, pero estaba enamorado de su niñera. El recuerdo terminó por mitificarla. Ella era la mujer más guapa que conoció. Después de haber creado a Uzen tomó la decisión de visitarla. Cinco autobuses de ida. Ella vivía en la misma casa que hacía veinte años. Beth abrió la puerta y reconoció al niño que cuidó diez años atrás. Braham odió descubrir que Beth se había casado y había tenido una hija. Metió las manos en el bolsillo de su bata y sacó a El Muñeco Neil. <<Soy muy feliz con Melinda. Trabajo haciendo juguetes>>. Volvió a meter las manos en el bolsillo y sacó el cuchillo de Merlín el Mago. Ahora Beth podía estar siempre con Braham. En el macabro juego, Kitten era la novia de El Muñeco Neil.
Besó los labios de Beth, que ahora le pertenecía al peluche Kitten. Luego tomó a El Muñeco Neil e hizo que ambos peluches se besasen. Braham estaba enamorado de Beth y El Muñeco Neil estaba enamorado de la gata Kitten.
Flora era un conejo rosa de cabello rubio y vestido rojo. El mejor peluche que Braham había hecho hasta la fecha (a excepción de Menta). Ella representaba la chica que le había llamado maleducado en público. Dijo que iba a jugar con o sin él; gracias a la magia, ahora y por siempre, jugaría con él. La niña fue fácil de encontrar: se llama Emily. La adolescencia le había convertido en la chica más atractiva de Hoodest; no había muchacho que no la conociese y no la invitase a bailar. Eso fue lo que hizo Braham. Se comportó como los adolescentes promedio y, a escondidas de los padres de ella, le invitó a pasar una noche en la juguetería prometiéndole que no usarían ninguno de los juguetes destinados para los niños. De las habitaciones de la tercera planta, pasaron a la tienda de la primera y de allí al sótano. <<Cariño, baja un momento>>. No volvió a subir. El algodón que había usado para Flora, estaba teñido de rojo de la sangre de Emily.

Melinda tenía escondidos dos largos alfileres debajo de las sábanas. Braham se molestaría si la viese trabajar en un nuevo peluche, pero era por una buena causa. Sabe Dios cuánto tiempo más de vida le quedaba, quería aprovecharlo para agradecerle a su nieto lo que estaba haciendo por ella.  Una vez, conquistó su corazón con un viejo peluche, El Muñeco Neil. Braham no se despegaba de él. Lo volvería a hacer.
Debajo de la cama tenía un arcón con telas de colores, cuero curtido y un montón de algodón. Melinda no necesitaba más. Ni la deformidad de sus manos ni el dolor de sus huesos iban a impedirle terminar el muñeco. Mientras su nieto trabajaba en el piso inferior, ella le hacía el segundo mejor regalo de su vida: el nuevo Muñeco Neil.

Cuando Braham entró en la habitación de su abuela con la bandeja de comida, el arcón estaba oculto bajo la cama, los alfileres bajo la almohada y el nuevo Muñeco Neil tapado bajo las sabanas.
-Hola, abuela -puso la mano en la espalda del viejo Muñeco Neil e hizo como si este moviera el brazo saludando-. Hola, juguetera – dijo, imitando la voz aguda del muñeco.
-Hola a los dos. Y llámame Mely. No me gusta que…-
-…que te llame abuela, te hace sentir mayor. Lo sé, me lo has dicho hace unas horas-.
-Lo siento, mi cabeza…-
-… ya no es lo que era-.
- ¿También te lo he dicho hace unas horas? -
-Hoy no –dijo, riendo. Pronto se le unió Melinda.
-Estás especialmente animado. Me alegra verte así. ¿Han venido muchos clientes? -
-Nunca ha estado tan llena.- mintió. Llevaba casi mucho tiempo sin abrir la tienda, únicamente trabajando en los nuevos peluches.
Dejó la bandeja de plata en la mesita. La comida de Melinda consistía en un plato de sopa caliente, una ensalada y una pechuga a la plancha. Braham tenía en cuenta que ella no iba a poder comérselo todo y que sería él quien terminase con las sobras. Empezó por la sopa, Braham fue dándosela a cucharadas a Melinda hasta que ella se aburrió de ella.
- ¿Pasamos a la ensalada? -
-Antes quiero probar esa deliciosa pechuga-.
Melinda se impulsó hacia la mesita sin darse cuenta que se estaba llevando parte de las sábanas. El nuevo muñeco Neil casi quedó al descubierto.
-La he endulzado con perejil y orégano para que tenga más sabor. ¿Te gusta?-.
-Eres un cielo-.
Cortó un trocito de la pechuga, lo pinchó con el tenedor y se lo dio a su abuela en la boca. El cuchillo de cortar la carne quedaba peligrosamente cerca de la garganta de Melinda. Dos cabezas de peluche asomaban del bolsillo frontal de la bata: Menta y el Muñeco Neil. Melinda señaló con la mano al peluche que no conocía.
- ¿Quién es ella? –preguntó con la boca llena.
- ¿Es que nunca te has visto en el espejo? Eres tú hecha muñeca. Es La Muñeca Melinda Neil-.
Melinda se movió más rápido que el cuchillo de su nieto. Interpuso sus manos antes de que el filo le rebanase el cuello. El cuchillo atravesó la palma de su mano izquierda.
- ¡ESTÁTE QUIETA! -
Se movió más de lo permitido por los médicos. El esfuerzo hizo que terminase resbalando con las sábanas y cayendo de bruces contra el suelo. Encima de su vientre quedó al descubierto el nuevo Muñeco Neil.
- ¿Qué haces? ¡Estás loco! Santo Dios. ¡Loco! -
Braham no contestó, se había quedado mirando el nuevo Muñeco Neil. Sacó a Menta del bolsillo de la bata y la balanceó en el aire haciéndola bailar.
Melinda sacó a relucir sus primitivos instintos de supervivencia e hizo aquello por lo que se odió el resto de sus años. Deslizó su mano derecha por debajo de la almohada, cogió uno de los alfileres y se lo clavó en la garganta a su nieto mientras éste estaba entretenido jugando con los peluches.
Braham Neil murió desangrado y abrazado a los muñecos: Menta, el viejo Muñeco Neil y el nuevo Muñeco Neil. Si la magia del Mago Merlín realmente existía, Braham no moriría porque su alma quedaría guardada en el tercer peluche.




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Este es el "remake" del primer relato de terror que escribí en mi blog. Me ha encantado recuperar lo y ampliar un poco más la historia.  En ocasiones, incluso, me ha recordado a la novela "El Perfume", pero con peluches en lugar de fragancias. Tengo intención de enviar este relato a algunas editoriales que ya me he puesto en contacto por ver si me lo publican. Deseadme suerte.

 

viernes, 20 de abril de 2018

Sed Exigentes [Opinión personal]

Estos últimos días, en mis círculos sociales, se ha hablado mucho de una canción llamada “Cómeme el Donut”. Yo no sabía de qué se trataba. Me explicaron que era un espectáculo que hicieron un par de concursantes para un programa del tipo talent show; Factor X. Ayer me dio curiosidad y quise ver el vídeo. Como se suele decir: la curiosidad mató al gato. Fue bochornoso. El espectáculo empieza con la presentación de un chico y una chica disfrazados con telas de color carne, simulando estar desnudos, con un donut pegado en sus partes íntimas. Empiezan a “cantar” de forma desafinada, desacorde y totalmente arrítmica. La letra es un caso aparte. Tiene rimas tan genuinas (sarcasmo) como: “yo me como tu materia prima// Voy con mi prima// pero no vamos al Primark”. Mientras uno cantaba, el otro ejercía un ridículo baile de apareamiento digno de los rinocerontes africanos. Acabada la canción, el público aplaudió como loco y el jurado dio su voto positivo. Internet terminó por hacerles virales. Es ahora cuando yo me pregunto: ¿Por qué? ¿Por qué gustan las cosas malas? ¿Por qué se hace viral un chico y una chica haciendo el tonto y no alguien que lleva tocando el violín veinte años? ¿Por qué se valora más el ridículo que el esfuerzo?



Me puse en pensar. Recordé la canción de moda de este verano pasado: “Despacito”. No creo que sea necesario hablar de ella; todos sabemos que, objetivamente, es mala. Los cantantes top de este momento (Maluma, Badbunny…), desde mi punto de vista, ni siquiera son cantantes. Son modelos que representan un modelo de vida a los cuales se les modifica la voz para que suenen bien. Las letras de sus canciones parece que las haya escrito un chiquillo de quince años que está presumiendo de su sexualidad con sus compañeros de instituto. Vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿Cómo es posible que se valore más estas canciones pésimas que la de los cantantes que han dedicado su vida a esforzarse y a aprender?

Lo irónico es que pensaba sobre este tema de la música cuando estaba cenando patatas fritas y huevo frito. Es una cena cutre. Sé cocinar bastante bien, si me hubiese apetecido, podría haberme hecho una mejor cena: un trozo de carne en salsa, un guiso de merluza y guisantes, una lasaña casera… En vez de eso, preferí hacerme una cena rápida y “mala”. Estoy seguro que mucha gente como yo, cuando llega a casa después de un largo día, también prefiere hacerse una cena mala en lugar de trabajar algo más bueno. Esto tiene su razón: es por pereza y cansancio. Pero hay días que, sin estar cansado, me apetece comer mal. Días en los que elijo comer una hamburguesa de un restaurante de comida rápida (malo) antes que un bistec de ternera.

En la literatura, el tema que nos interesa a hablar en este blog, ocurre exactamente lo mismo. La mayoría de novelas que triunfan rápido son las malas: Crepúsculo, 50 Sombras de Grey, Juegos del Hambre, Divergente… Son malísimas y todo el mundo las conoce. En cambio, hay escritores con un gran talento que, por mucho que se esfuercen y trabajen, jamás consiguen ganarse su rincón en las estanterías. Edgar Allan Poe, genio del terror, murió en la absoluta pobreza. Se suele decir que murió vestido con la ropa prestada de otro hombre. Lovecraft fue un miserable toda su vida y no fue hasta  varios años después de su muerte cuando se le reconoció. Me hace gracia imaginar que un Lovecraft actual sería ignorado porque todos estamos escuchando la canción “Cómeme el Donut”.
Lo triste es que los genios que han sido reconocidos tarde los podemos ver en todas las artes. Todos conocemos el ejemplo de Vincent Van Gogh en la pintura. Podría hacer una lista enorme enumerando a todos aquellos genios que fueron ignorados en sus días y hechos famosos después de morir. Cine, pintura, arquitectura….

Al final, siempre vamos a preferir comer una hamburguesa que un chuletón, escuchar “Cómeme el Donut” a la novena sinfonía de Beethoven. Nos conformamos con lo malo, pese a que podemos elegir algo mucho mejor. Insisto: pasa con la música, la literatura, el cine, la comida y un gran etc. Con este post pretendo haceros pensar en qué se merece vuestro reconocimiento. SED EXIGENTES, NO OS CONFORMÉIS CON ALGO QUE SABÉIS QUE ES MALO.

Desde aquí, vamos a intentar poner nuestro granito de arena. Me gustaría que cada uno que leyese este post pusiera en los comentarios un artista actual (escritor, pintor, grupo musical…) poco conocido. Este blog es muy humilde, apenas 300 visitas por post. No vamos a conseguir que una canción sea un éxito mundial al nivel de “Despacito”, pero será un comienzo.

De literatura me gustaría mencionar una de mis novelas favoritas de la cual he hablado en muchísimas ocasiones: “La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole.

Respecto a música dos menciones: un grupo argentino de música irlandesa que empieza a ganarse su hueco en la industria, Lig Do Scith, y una chica que toca múltiples instrumentos, especialmente el arpa: Merrigan.

También me gustaría que me criticaseis. Éste es el primer artículo de opinión que hago en el blog. Me ha gustado mucho escribirlo. ¿A vosotros también os ha gustado? Creo que me he quedado corto y debería haberme explayado más; pero siguiendo la mecánica de los artículos que leo habitualmente, no creo que deban de ser excesivamente largos. Me ha gustado compartir mi opinión con vosotros y quizás lo vuelva a hacer en un futuro. Tal vez me sienta extraño e inseguro por falta de práctica. ¿Qué opináis?

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jueves, 15 de marzo de 2018

7 Consejos Para La Creación De Personaje


En muchísimas entrevistas a escritores, guionistas y directores de cine se les ha hecho la misma pregunta: ¿Qué es más importante una buena historia o unos buenos personajes? La respuesta que dan suele ser la misma: “No se puede elegir, el contenido debe tener buenos personajes y buenas historias”. Luego, sí que es verdad, que cada cual cojea de una pata. En el cine tenemos numerosos ejemplos: Inception (traducida al español como Origen) tiene una historia buena (con bastantes fallos de guion en los que no voy a entrar) con unos personajes simples y sin gracia, a excepción de Leonardo Di Caprio. Pulp Fiction es considerada una obra de culto, no por su historia, la cual es buena pero no sobresaliente (en mi opinión), sino por sus personajes y, sobre todo, sus diálogos. Creo que lo mismo se podría decir de todas las películas de Tarantino. Sus personajes son tan buenos que superan a las historias.
Puede suceder y sucede que, a pesar de tener una buena historia, si los personajes son malos ésta se va a pique. Como por ejemplo: Hunger Games (Los juegos del hambre). Cuando vi la primera película intenté leerme el primer libro, pero no pude terminarlo. Me pareció muy soso; no por la historia (que pese a parecerme un fanfic mal hecho de Battle Royale era entretenida) fue por culpa de los personajes. Lo siento a los fans de Katniss, a mí esa chica no me gustó. Me recordaba al cliché barato de adolescente rebelde sin personalidad. El caso inverso también sucede: buenos personajes que resultan aburridos por culpa de la historia. Me pasa con la nueva saga de Star Wars. ¡Qué horrible! Luke Skywalter, en manos de un director que supiera escribir historias, habría hecho un trabajo mucho mejor.
No es el momento de criticar franquicias (algún día lo haré y conoceréis mi lado más oscuro). Ahora, debemos de hablar de personajes; de cómo hacerlos para que no caigan en clichés malos ni sean tan horribles que estropeen una buena historia.

Estos son mis 7 consejos para la creación de personajes:


1. Calca, Copia y Crea
Este consejo lo he dicho más de una vez. Me lo dio una amiga dibujante. Lo aplicó a sus dibujos pero bien se puede usar para cualquier cosa. Me dijo que los principiantes, para coger práctica en sus dibujos, deben calcar los dibujos de los demás. Cuando cogen un poco más de práctica, copian añadiendo una o dos características nuevas y, finalmente, crean algo que sea realmente suyo. A la hora de crear un personaje para un relato o una novela es exactamente igual. Empieza copiando, tal cual, un personaje que te guste de una película o una novela. Luego añade un par de características de tu cosecha y, finalmente, crea algo que sea 100% tuyo.
En foros de rol, que es por donde yo más me he movido, he visto que, inconscientemente, la gente suele hacer esto. Poca gente novata empieza con un personaje que ellos hayan creado. Yo mismo empecé con un enano que era copia de Gimli (El Señor de los Anillos), Golin Thundermaul era su nombre. Poco a poco, una vez cogí más práctica, creé nuevos personajes. El Capitán Werner tenía el aspecto de Davy Jones (Piratas del Caribe 2 y 3), pero una personalidad completamente diferente. Personalmente, este truco me ha ayudado mucho a entender a los personajes y a describirlos. Si ya los he visto en películas, puedo hacerme una mejor idea de cómo se van a comportar y no tengo que estar pensando ¿Y qué hará mi enano si lo enfrento contra un ejército de orcos? Ya sé lo que va a hacer porque lo he visto en la peli. Si fuera un personaje creado desde cero por mí, sería más complicado pensarlo. Ahora, que ya tengo muchísima más práctica creando personajes me sale solo. Puedo pensar quiénes son y qué van a hacer en cada ocasión. Pero al principio, me vino muy bien empezar copiando.

2. Construye una ficha
Viene bien ayudarse de una pequeña ficha para el personaje donde hablas de su carácter, su apariencia física, sus gustos y su historia “no escrita”. Por ejemplo, puedes decir que un personaje, antes de la historia de la novela, tuvo una novia y lo acabaron dejando por culpa de los celos. Es posible que esa chica no salga nunca en la novela, ni siquiera podría ser mencionada. Sin embargo, ese detalle te puede resultar muy útil para entender a tu personaje. Para la apariencia física aconsejo ayudarse de imágenes y fotos si es que se está empezando. Como antes: calcar, copiar y crear. No lo olvidéis.
Volvemos a los foros de rol, aquí es obligado crear una ficha de personaje antes de poder empezar a escribir en la página. Será por algo.

3. No temas a los Clichés
Un cliché bien hecho no es malo. Todo lo contrario, puedes usarlo e incluso superarlo. Creo que esto se ve mejor con un ejemplo que explicándolo directamente. El Señor de los Anillos es un tremendo cliché. En muchísimas leyendas e historias han aparecido objetos malditos con el  poder de controlar el mundo pero con la maldición de que también controlan a quien posea el objeto. Por no hablar de la eterna batalla del bien contra el mal. Es un cliché y… ¡FUNCIONA! A parte de ser un cliché, también es una “copia” mejorada de la ópera Canción de los Nibelungos. Pero eso no nos incumbe ahora.
Otro ejemplo puede verse en la reciente galardonada película “La forma del agua”. Un resumen rápido de la película puede ser: una chica que se enamora de un monstruo. Es la misma sinopsis que se le hace a “La Bella y la Bestia”. Esto no le quita valor a la “La forma del agua”, todo lo contrario. Guillermo del Toro, director de la película mencionada, cogió el cliché de “La Bella y la Bestia” y lo superó poniendo su propia perspectiva de la historia. Nos ofrece una nueva visión de la historia y unos personajes que ya conocemos.

4. Huye de los clichés
Y este consejo contradice por completo al anterior, me he dado cuenta. No te conformes con lo que siempre se ha hecho, haz algo nuevo porque seguramente resaltará, aunque sea malo. Hay películas malas de serie B que se han convertido en películas de culto por lo original que era la historia. Puede ser: “Sharknado” o “Jesucristo Matavampiros”.
El personaje que más me llamó la atención de la serie “Stranger Things” fue Dustin por lo original que me pareció. Un chico friki obsesionado con “Dungeon Siege” y con una enfermedad física (cuyo nombre no recuerdo). Una idea muy original y arriesgada que funcionó muy bien. Los que no me gustaron fueron los adolescentes. Éstos eran muy malos clichés.
Siempre estoy poniendo ejemplos de películas y series porque creo que es lo más general. Pero podemos pasar a novelas. “Misery”, de Stephen King, tiene a uno de los personajes más originales que jamás he visto: Annie Wilkes. Una obra más moderna: “El nombre del viento”. Kvothe, pese a ser el prototipo de héroe, tiene un fuerte punto de original al basar su heroicidades en la música.
Acabaré este punto con un dicho popular: Quién no se arriesga, no gana.

5. Deja que los personajes hablen
Mientras escribo siento la proyección espectral del personaje en cuestión en mi espalda. Es como si mis palabras no las estuviera escribiendo yo, sino que fuera él quien me las estuviera dictando a base de susurros que solo yo puedo escuchar. Es una tontería, pero me resulta curioso ver que no soy el único que siente algo parecido. Stephen King, en diversas entrevistas, menciona la misma sensación que os he contado y añade experiencias personales como cuando, después de escribir párrafos con la voz de Jack Torrance (“El Resplandor”) tuvo el deseo de asfixiar a su hijo en la cuna con un cojín. No es un caso aislado. Son muchos los escritores que hablan sobre una especie de telepatía entre el escritor y el espectro del personaje que ellos mismos han creado. George R. R. Martin asegura que las mejores escenas de Canción de hielo y fuego no lo ha escrito él, sino que se lo han dictado sus personajes. Según cuenta, la escena de la “boda roja” surgió de esta manera. Yo, que he podido sentir qué es eso, me lo creo. Una vez los personajes nacen, has de dejar que ellos hablen por ti. Si un día ves que no consigues escuchar lo que dicen los personajes, no te esfuerces, será peor. Te lo digo por experiencia.

6. Haz que tus personajes reaccionen: 
Cualquier detalle, por pequeño que sea, puede (no significa que lo haga) influir a tu personaje. Ya sea una piedra en el camino, un pensamiento, una sensación, un olor… Todo puede ser importante. ¡Cuidado! Todo puede ser importante, pero no TODO lo es. No quiero decir que hagas descripciones excesivas. Debes saber elegir. En el camino hay muchas piedras, debes saber elegir cuáles son las que le importan a tu personaje.
Tus personajes no solo deben reaccionar con las “piedras en el camino”, sino también con el camino; con la historia del lugar. Imagina que tu personaje se desarrolla en la Alemania actual. La historia nazi, por lejana que pueda parecer, es posible que influya en la manera de pensar de tu personaje. El lugar en el que naciste, su historia, sus leyendas… Todo influye. O imagina que tu personaje es un niño pequeño perdido en un bosque. Estoy seguro que el pobre niño recordaría las historias de los cuentos de infantiles, Hansel y Gretel o Ricitos de oro, y esas historias influirán en el comportamiento del niño.
Último ejemplo de Stephen King, lo prometo. La novela “It” estuvo a punto de titularse “Derry”, éste es el nombre de la ciudad en el que ocurren los desagradables acontecimientos de la novela. Desde mi punto de vista, “Derry” hubiera sido un nombre más adecuado porque la novela trata sobre la historia de la ciudad y de cómo ésta influye en las vidas de los protagonistas. El monstruo Pennywise queda en un segundo plano cuando se le compara con los horrores de la ciudad. Sí es cierto que se dice, y se repite innumerables veces, que Pennywise es Derry; que la ciudad y el payaso es la misma COSA. En tal caso, daría lo mismo poner un título que otro al libro. Pero esa es una historia a la que no voy a entrar en este debate.

7. Evoluciona
Este consejo es el último y el más importante. Uno de mis mejores personajes hasta la fecha es Merrigan, hija de Sarez, mi personaje principal en el foro Aerandir. Merrigan ha llegado al punto en el que no la considero personaje, para mí ella es una PERSONA. Digo esto porque ese personaje se desarrolla continuamente. Su vida no es una línea recta, parece el carril de una montaña rusa. Puede sentirse más o menos cómoda, y si es así, se comportará de una manera u otra. Siente el miedo y la tristeza con la misma facilidad que puede sentir amor y felicidad. Y es que así somos las personas. Nos asustamos, reímos, hay día que estamos mejores, hay otros días que, sin razón aparente, estamos peores…. Evolucionamos. Cambiamos.
Los mejores personajes para los relatos son aquellos que no son personajes, sino personas.

Estos son mis 7 consejos sobre la creación de personajes. ¿Tienes algún otro? ¿Estás en desacuerdo con alguno y quieres dar tu punto de vista? El debate está abierto en los comentarios. Os invito a dejar vuestras opiniones, puede ser muy divertido.