martes, 24 de julio de 2018

Visión Orgánica.org [Historia de Terror]


He encontrado una de las viejas libretas de mi época de estudiante en el armario de mi habitación. Quiero utilizar las páginas limpias para narrar lo ocurrido, ahora que todavía me quede una pizca de cordura para hacerlo. Cada vez me resulta más complicado recordar los detalles precisos. Es mi última oportunidad para presentar testimonio. Deseo que me creáis.
Mientras escribo no puedo evitar fijarme en las marcas de mi mano y preguntarme de dónde han salido. Mi mano izquierda es la que ha sufrido los peores tormentos, supongo que esto se debe a que mi mano útil es la derecha. En los nudillos de la mano izquierda tengo dibujadas cruces negras invertidas hechas con rotulador permanente, en la palma hay un pentagrama inscrito con un instrumento afilado, un cuchillo me imagino, y diversos  cortes, la mayoría cicatrizados y con manchas de sangre seca. En la derecha, como os he adelantado, los daños son menores. Los cortes son torpes e imprecisos, algunos apenas superficiales; también hay cruces negras pero dibujadas tan malamente que si no los comparase con las cruces de la otra mano no sabría predecir su forma.
Si así son mis manos, podéis utilizar vuestra imaginación para haceros una idea de cómo ha acabado el resto de mi cuerpo. Unos minutos antes de ponerme a escribir estas líneas, quise examinarme frente al espejo del cuarto de baño. No fue fácil reconocerme en el reflejo. La persona que veía debía pesar diez quilos menos de los que habitualmente me otorgaba. Tenía un aspecto demencial que rozaba lo demoniaco. Mis pupilas estaban dilatadas, tenía las ojeras de un hombre que no había dormido en días, las arrugas de mi rostro eran profundas, pliegues de piel grasienta se marcaban entre mis huesos y mis brazos y piernas estaban repletos de cortes que yo mismo me había autoinfringido para extraer la sangre que necesitaba para los rituales que realicé. Mi mente razonable pensó que estaba enfermo y necesitaba con urgencia ir al hospital. Otra parte desconocía de mi mente, que hasta hacía un tiempo consideré atea, tuvo la imperativa necesidad de rezar un “Padre nuestro” y marcar mi cuerpo con varias cruces de Cristo para protegerme.  Abrí el armario de las medicinas y cogí un rotulador indeleble de color negro. Marqué mi frente con la señal de Cristo. Al comprobar que no fue suficiente, dibujé cruces en mi vientre, brazos y piernas. No funcionó. El poder de Cristo no me sanó.
En un brote de desesperación, viéndome arrinconado por los monstruos y las sombras que creía ver, golpeé el reflejo del espejo con las dos manos. El suelo y el lavabo se plagaron de diminutos cristales. Me quedé en medio de la habitación, mirando un marco vacío y riéndome como el condenado que soy.
Lo último que hice, antes de buscar la libreta con la que ponerme a escribir, fue limpiarme las heridas causadas por los cristales y la cara legañosa. Agradecí no poder ver las heridas había adquirido después de golpear el cristal.
Ahora me encuentro sentado en el escritorio de mi cuarto. Desvió mi vis ojos, de tanto en tanto, al exterior de la ventana en un intento fallido de evitar ver las cicatrices en mis manos que son prueba de la angustia que guardo en el interior de mi ser. Quiero aprovechar mi último aliento de cordura para confesar mis pecados y a la vez advertir a cualquiera que lea este escrito de los males invisibles que nos aguardan. Creedme, pues ahora los estoy viendo y Ellos me ven a mí. La peor de las torturas es saber que Ellos me están viendo y que, inconscientemente, disfruto de su compañía.
El principio de la historia me resulta confuso. Encuentro complicado poder recordar al detalle cada acción que realicé desde entonces hasta ahora. Intento hacerlo. Me esfuerzo por buscar un punto que de inflexión que marqué el inicio de la historia y partir de allí seguir narrando de forma continúa los hechos. El punto existe, en algún lugar de mi memoria, pero se encuentra difuminado y mezclado con las acciones que ocurrieron después. Mi percepción del tiempo y de la realidad se ha visto perturbada. Os he dicho que antes de ponerme a escribir, fui a ver mi reflejo en el espejo del cuarto de baño. Habréis comprado que aquello no era verdad pues, de serlo, las heridas que me hice al golpear el cristal estarían abiertas y sangrando. Sin embargo, también os he dicho que las heridas eran cicatrices manchadas con sangre seca, no podían ser decientes. Para mí, juro que fue hace unos pocos minutos el hecho de ir al cuarto de baño, pero bien podría haber sucedido hacía horas o incluso días. Con el inicio de la historia ocurre algo similar. Es imposible determinar un lugar en el tiempo, una fecha una concreta. No sé si fue hace días, meses o años. Tampoco podría decir si todo lo que ocurre en ese punto de inflexión pertenece a un mismo recuerdo o se ha entremezclado con otros pasados y futuros.
¿Queréis saber qué estoy pensando? Estoy pensando que las cruces negras invertidas dibujadas en mis nudillos y el pentagrama de mi mano derecha pueden ser un intento de suplicar a Satanás que sane lo que lo que Dios no quiso. Frente al espejo pedí misericordia a Cristo, pero los símbolos que tengo dibujados no son los suyos. Quiero ser completamente sincero en todo lo que escriba. Conforme continuéis leyendo y pasando las hojas, admiraréis u odiaréis mi sinceridad puesto que hay cosas en este mundo (y en otros) con las que seríais más felices si continuáis ignorando.
Como prueba de mi sinceridad y de que realmente estoy arrepentido por lo que hice os contaré que en mis años de salud mental pasaba días cara a la pantalla del ordenador. Trabajaba en una oficina escribiendo informes cuyas funciones han desaparecido de mi memoria. Recuerdo presionar las teclas del teclado, coger los archivos y enviarlos a alguna parte de la red. Si queréis saber dónde los enviaba y de qué trataban estos informes sabed que son preguntas que yo también me he estoy haciendo. Esta información, y otras como quienes son mis amigos más queridos y si tengo familia, han sido privadas de mis recuerdos. Quedaos con estos dos detalles: por mi oficio estaba habituado a trabajar con ordenadores y que el mundo cibernético no me resultaba ningún problema; nos serán útiles para explicar los acontecimientos que me llevaron a la peor de las locuras.
Encontré la página mientras navega por internet, se llamaba “Visionorganica.org”. Estaba en la oficina, trabajando en uno de esos informes. Sé que estaba en la oficina porque recuerda que podía ver el extremo de la corbata cada vez que agachaba la cabeza para comprobar la posición de una letra en el teclado. Visionorganica.org se abrió en la pantalla del ordenador como si una página de anuncio cualquera. El letrero llamativo del encabezado me llamó la atención. El título de la página, Visión Orgánica, estaba acompañado por una calavera con ojos y labios humanos. Me recordó al muñeco que introducía las historias de terror de la vieja serie de televisión: “Historias de la cripta”. Tras comprobar en un rápido vistazo que no era una página porno y que el antivirus del sistema de la empresa no mostraba ningún fallo, guardé el nombre, Visionorganica.org, para ojearla cuando llegase a casa. Fui inocente al pensar que sería una página hecha para dar publicidad  a un remake de la serie “Historias de la cripta” o, quizás, una web hecha por admiradores de la serie donde almacenan las mejores historias de terror.

Visión Orgánica, él título era terrorífico. Lo pronuncié en susurro procurando que ninguno de mis compañeros me escuchase. Tuve un ligero escalofrío, una intuitiva señal de advertencia que cometí el error ignorar.
Ahora, al escribir el nombre de la página, siento que las yemas de mis dedos me queman y como mis manos torpes tiemblan temerosas a que Ellos me castiguen por ponerles en evidencia. Notaréis que mi caligrafía se ha vuelto más torpe. Bajo los últimos tachones se encuentra el esquivo nombre. Mis nervios fallan y mis dedos tropiezan cada vez que me obligo a escribirlo.
Una vez en mi casa, conecté el ordenador a la pantalla de la televisión y me dispuse a entrar en Visionorgánica.org. Vi la calavera del encabezado de la página un poco más humana. Líneas de carne se desarrollaban por el orificio donde debería estar su nariz. Me resultó interesante porque pensé que sería una especie de cuenta atrás hecha para señalar un evento de los fans. Cuando la calavera estuviera desarrollada completamente y volviera a ser una cabeza humana, daría comienzo al evento. Un bonito y perturbador gesto por parte de los administradores de la comunidad.
Ojeé en profundidad las diversas opciones que mostraba la página. Como había predicho en la oficina, pertenecía a una comunidad de entusiastas por el género del terror: cuentos, vídeos, debates, foros en los que se recomendaba libros y películas y un pequeño rincón donde la comunidad podía aportar sus experiencias personales. Fue agradable visitar todas aquellas opciones sin tener que registrarme en la página. En lo personal, solía resistirme a hacer los registros por miedo a sobrecargar mi correo personal con publicidad molesta. Durante varios días estuve leyendo las historias que Visión Orgánica. Descubrí dos películas de terror que desconocía y que me gustaron de manera sorprendente. Por lo general, este tipo de páginas se enorgullecían de presentar películas de serie B hechas por lunáticos y pervertidos. Destacaban “El ciempiés humanos” y “Un cine serbio”, películas en las que no escaseaban las escenas de desnudos, violaciones y sangre. Para mi sorpresa, en Visión Orgánica se compartían películas diferentes: clásicas, más refinadas y, a mi entender, más perturbadoras que grotescas.
No tardé en compartir mi descubrimiento con varios compañeros de trabajos. A pesar de que  todos eran oficinistas experimentados en mundo virtual como yo lo era, ninguno fue capaz de encontrar la página Visionorganica.org; tuve que pasarles el enlace por correo y, aun así, a ellos les marcaba que la página no existía (No se puede acceder a este sitio web). En el descanso, probamos desde mi ordenador. Les juré que la página realmente existía. Les expliqué  que era un foro para amantes de las historias de terror. Al teclear el nombre de la página el ordenador hacía aparecer que el letrero de error. Lo probé en casa, como había hecho las noches anteriores. Allí me funcionaba perfectamente. La calavera, a la cual le habían crecido dos protuberancias en los laterales que en un futuro se convertirían en orejas, me recibió con la calurosa sonrisa de un viejo amigo. Me atreví a registrarme con la esperanza de que los administradores de la página me mandasen un correo de bienvenida y usarlo como prueba. No hubo ningún correo de bienvenida. Hacer una foto a la pantalla tampoco funcionaria como prueba de su existencia pues, como bien se ha dicho, todos éramos expertos informáticos, sabíamos editar imágenes haciendo parecer lo irreal como real.
-Tiene que ser eso, el jefe me habría visto navegar en una página de entrenamiento en horas de trabajo y censuró el dominio para que no podamos acceder a él. Probadlo en vuestras casas. Os gustará. Ayer estuve hablando con una chica que se consideraba la mayor admiradora de Lovecraft. El nombre de su avatar era Lemogrine. Me dijo que estudió historia en la universidad. Su trabajo de fin de grado era una comparación de los mitos lovecraftnianos con sucesos reales. No os imagináis cuantas desdichadas casualidades que, aparentemente, demostraban la existencia de los dioses de Lovecraft encontró Lemogrine. El trabajo finalizaba con la demostración de que cualquier mito, bien argumentado, podría hacerse pasar por verídico. En un anexo, que no presentó a sus profesores por miedo a que les suspendiesen, ponía en entredicho las religiones más abundantes. Incluidas la de los profesores que le corrigieron el trabajo. Sin duda, un trabajo muy atrevido y controversial; igual que lo era ella. Tuvimos charlas muy interesantes. Quedamos para conocernos en personas un día de estos para tomarnos un café-.
Hablaba de Visión Orgánica con la misma intensidad con la que mis compañeros de trabajo hablaban sobre sus aficiones y familias. De forma inconsciente, sacaba el tema a todas horas, con cualquier persona y bajo cualquier excusa. No tenía otro tema de conversación. Mi insistencia afectó irremediablemente a mi oficio. Me presentaba en la oficina, como todos los días, pero me era imposible concentrarme en el trabajo. Mi obsesión por Visión Orgánica era tan alta que mencionaba la página en los mismos informes que enviaba a los clientes. No recuerdo si es que me despidieron por este motivo o si, un mal día, decidí por cuenta propia que quedarme en casa visitando la maldita página resultaba más beneficioso que presentarme en el trabajo.

El teléfono suena en la otra salita. Me avergüenzo al reconocer que he levantado la cabeza y he gruñido como un perro al escuchar el timbre. Ha sonado otras veces desde que me he puesto a escribir, pero no había querido interrumpir la narración. Cada vez que me detengo, me cuesta más retomar el punto por el que estaba escribiendo.
Ahora que conocéis parte de mi historia, considero que es importante mencionar las llamadas de teléfono. Son mis amigos y familiares preocupándose por mi estado mental. Cuando descuelgo el teléfono, les prometo que estoy bien y que no tienen nada porqué preocupase. Algunos me preguntan por la web, Visión Orgánica. Les contesto con voz trémula que la página nunca existió, que era una broma de mal gusto que se me fue de las manos.
De quien no recibo llamadas es de Lemogrine y de mis otros conocidos que hice en Visión Orgánica. Solo hablaba con ellos mediante el foro de la página. En ningún momento quisimos darnos nuestros números de teléfono y, pese a decir de vez en cuando que nos gustaría conocernos en persona, jamás rebelábamos nuestras identidades reales. Era una norma de la página no escrita que todos por intuición conocimos: No hablar sobre la vida privada de nadie. Me gustaría poder haber roto la norma, así hoy podría llamarles por teléfono y preguntarles por lo que me ha ocurrido y si es que ellos han sufrido algo similar a lo que yo. 
Mientras escribía el párrafo anterior he estado riéndome como un demente. Me ha resultado irónico el no poder hablar con las personas con las que me había obsesionado a la vez que renuncio a los amigos que se preocupaban por mí. Más gracioso todavía es reconocer que he olvidado los nombres de mis amigos y que, en cambio, recuerdo a la perfección los falsos nombres de los usuarios de Visión Orgánica.

La comunidad de Visión Orgánica era activa y amable. Los usuarios compartían sus experiencias personales y subían contenido constante. Tras haberme registrado como usuario, descubrí unos privilegios que antes no disponía. El nombre que utilicé fue Jack Torrance, en homenaje al protagonista del libro El Resplandor, de Stephen King, mi escritor favorito. Me registré a un subforo, dentro de la misma página, en el que solo se hablaba de los libros de King. Allí había otros usuarios que, como yo, se habían registrado con los nombres de los protagonistas de sus historias: Annie Wilkes (Misery), John Coffey (El pasillo de la muerte), Roland Deschain (La Torre Oscura) y muchos otros. Hice varios amigos dentro de esta comunidad; al menos yo creí que serían mis amigos y que me llamarían preocupándose de mí cuando enfermase.
Me uní a otros subforos, no sé a cuántos en total. Conocí a muchas personas interesantes con las que compartía gustos y aficiones. Visión Orgánica me había atrapado. Los ojos de la calavera de la interfaz eran los únicos ojos humanos que vi durante una larga temporada.
Junto con Lemogrine y John Smith, me registré en un subforo privado de la página. Solo se podía acceder a él por medio de la invitación de otros dos usuarios. El terror que aquí se ofrecía era más íntimo y personal. En un primer lugar, recibí un paquete por correo: tres cámaras de vigilancia que debían de estar conectadas en lugares concretos de mi casa y cinco mil euros en metálico. Lemogrine me explicó que recibiría una cantidad de dinero, conforme más personas me vieran por las cámaras de vigilancia. No entendí que quiso decirme con eso, pero era mi amiga y le obedecí ciegamente. Conecté las cámaras de vigilancia: una encima de la pantalla del ordenador, otra en el salón principal y en la tercera en el cuarto de baño. No tuve que realizar ninguna instalación, una vez conectadas las cámaras a internet, los administradores de Visión Orgánica tomaron el control de ellas. Las grabaciones se podían ver en algunos subforos de la página.
Yo también pude ver a otros usuarios desde sus cámaras. Empecé por Lemogrine. Al tratarse de una mujer, y de las primeras personas que conocí en Visión Orgánica, me infundía más curiosidad que los otros usuarios. Como más de una vez me había imaginado en sueños, Lemogrine era una mujer sumamente atractiva. La vi teclear frente a la pantalla de ordenador, comer en su salón y en la ducha. La sinceridad que os he prometido me obliga a confesaros que recurrí al onanismo mientras la espiaba. No fui consciente de que otros usuarios de Visión Orgánica también me estaban viendo a mí. Lemogrine supo que la espiaba y que me resultaba sexualmente atractiva. Lejos de ofenderse, me preguntó si había pasado miedo. En aquel momento, no supe qué responder. Me confesó que ella sí pasaba miedo. Por supuesto, no sabía quién era, para Lemogrine podía ser un perturbado violador o un asesino serial como los que salen las películas. Le asustaba pensar que alguien así estuviera viéndola en la ducha. Escribió risas en el chat. Disfrutaba de todas las facetas del terror, incluida ésta.
Influido por la conversación que tuve con Lemogrine, pensé en qué clase de personas me estarían viendo a mí. El contador de visitas que me mostraba Visión Orgánica subía a cada día que pasaba. Adquirí una personalidad paranoide. Espiaba a todas las personas que tenían activadas sus cámaras de vigilancia buscando aquellos que me estaban viendo a mí. Entendí lo que Lemogrine me explicó la otra noche. Tenía miedo y disfrutaba del miedo.
  
Las cámaras siguen hoy activas. No me he atrevido a desconectarlas de su lugar. Temo que si las toco, los administradores de Visión Orgánica produjesen un cortocircuito a la red que me dejase sin iluminación. Y he de reconocer que ese temor también me fascina. Me he levantado en diversas ocasiones y he examinado las cámaras. Las he tocado con las puntas de los dedos por no manipularlas en exceso y que se llegasen a desconectar. Me he reído enfrente a las lentes y les he enseñado las heridas de mi cuerpo y los símbolos religiosos como si presumiese de ellos. Al otro lado, desde sus habitaciones, habrá alguien que me esté mirando. Él pasaría miedo al ver una persona que ha perdido la razón. Yo pasaba miedo por no saber quién me estaba viendo. Un trato justo.

La calavera del letrero de Visión Orgánica estaba recubierta por tiras de carne. Quedaba poco para que el evento de la página, anunciado desde el primer día que entré, diera comienzo. Le pregunté a John Smith si es que sabía algo acerca de la calavera. Me dijo que no sabía nada, pero que fuera lo que fuera nos iba a gustar.
Cuando la calavera se completó, podía ver el contorno de mi rostro dibujado de forma caricaturesca. Lemogrine, John Smith y los demás veían sus respectivos rostros. Estábamos emocionados. El subforo privado, aquel que solo se podía acceder por medio de invitación, quedaba abierto para todo el público, incluso para los visitantes que no se registraban.
Se abrió una nueva opción hasta ahora oculta: la de poder observar tus propias cámaras. Todos, sin excepción, probamos esta nueva opción. El salón vacío de mi casa cobraba un aspecto siniestro. Lemogrine nos contó que ella había visto por sus cámaras a una persona desconocida viviendo con ella. Se escondía detrás de los sillones para que no lo viese y le robaba la comida de la cocina. Le dije la verdad: “Ya lo sabía. ¿No te estás divirtiendo?” Sí, claro que se estaba divirtiendo. Era lo que ella buscaba en Visión Orgánica: experimentar el terror más profundo en todas sus facetas. Desde el leer una historia de fantasmas hasta no saber quién la está viendo por las cámaras de vigilancia pasando por un intruso en su propia casa que se quedaba mirándola mientras dormía.
Por lo que ella me contó y yo mismo comprobé en las grabaciones sus cámaras de vigilancia, Lemogrine llamó a la policía un par de veces. Encontraron al intruso y lo llevaron a un centro especializado. El hombre sin nombre sufría varias enfermedades mentales. Lemogrine, disgustada por haber perdido tan rápido lo que pensaba que sería un buen entretenimiento, comenzó a dormir con la puerta de su casa abierta a la espera que alguien más se colase  y que quedase grabado en las cámaras de vigilancia.
Sentí envidia de Lemogrine, yo también quería experimentar el miedo por el que ella estaba pasando. No era tan estúpido como para dejar la puerta de mi casa abierta; pero sí lo suficiente como para ver las grabaciones pasadas que las cámaras de vigilancia habían hecho de mí.
La mayoría de las grabaciones no descubrían nada nuevo. Me vi comiendo en el salón, aseándome en el baño, recogiendo los paquetes que Visión Orgánica me entregaba como recompensa por mis méritos (camisetas, tazas y dinero en metálico) y, más frecuentemente, mirando atónito la pantalla del ordenador. No había rastro de ningún intruso que me espiase por la noche. En cambio, descubrí un tipo de terror que me divertía más.
En una de las grabaciones antiguas del salón, me vi apartar los muebles y dibujar un círculo en el suelo con tiza blanca. Estaba en el centro del círculo rezando en un idioma arcano imposible de transcribir. No recordaba haber hecho tal cosa, pero las cámaras no mentían como tampoco lo hacían los testigos que me habían visto. Me imaginé que la hipnosis podía haber sido inducida por una droga oculta en la comida envasada o quizás por medio del aire acondicionado. Pregunté a mis amigos de Visión Orgánica por qué lo hacía, tal vez ellos sabrían la razón. Quienes me respondieron, no me dieron una solución plausible. Me dijeron que me levantaba de repente de la silla del ordenador, cogía un paquete de tizas y unas velas y realizaba los rituales en el salón. ¿Había alguien en la web que hiciese lo mismo que yo? Me contestaron que sí; todos.
Los rituales eran más grotescos a medida que las grabaciones se acercaban a la fecha actual. Me cortaba las manos y el vientre con cuchillas de afeitar dibujando con sangre figuras amorfas carentes de sentido. La sangre la vertía en dedales que lo luego me los ponía en los dedos y utilizaba para dibujar los ornamentos de los círculos de tizas. Pronunciaba las maldiciones del respectivo ritual. Una vez acabado, limpiaba todo como si nada hubiera pasado. Cuando despertaba de la ensoñación, había regresado a la silla del ordenador. La calavera de Visión Orgánica me recibía con alegría y yo le contestaba que le había echado de menos.

Es aquí donde debo abrir un paréntesis para hablaros sobre las cajas que he ido recibiendo desde que instalé las cámaras de vigilancia. Ellas era una prueba fehaciente de la existencia de la página web. El merchandising (tazas, camisetas y gorras) tiene dibujado el nombre de la página y la calavera con ojos que sirve como mascota. Podría enseñárselo a mis compañeros del trabajo y a mi antiguo jefe. Mejor todavía, podría llamar a la policía y contarles que unos acosadores ocultos bajo el velo de administradores de un esquivo foro de temática terrorífica me obligaron a instalar cámaras de seguridad en mi casa y que me vigilaban las veinticuatro horas del día. Si con las camisetas y tazas no era suficiente, tengo las grabaciones guardadas en mi ordenador, las de mis cámaras y las de mis compañeros de fechorías: Lemogrine, John Smith, Annie Wilkes….
He pensando muchas veces en entregárselas a las autoridades. Me imagino que Lemogrine también lo pensó cuando descubrió a su acosador. Ella no lo hizo porque adoraba la sensación que le producía tener un oscuro secreto que le podría llevar a la muerte o la locura. Yo no lo hice, en una primera instancia, porque me daba miedo que otras personas ajenas a Visión Orgánica me vieran en estado de hipnosis realizando rituales satánicos.
Sabed que sí, disfrutaba de esta sensación de pánico como nunca había disfrutado de cualquier otra.
El sonido del timbre de la entrada hacía que me latiese el corazón. Me asomaba a la mirilla. A cualquier otra persona que no fuera el cartero trayéndome una caja de Visión Orgánica, la alejaba a base de gritos y amenazas. <<Qué nadie entre. No, me niego. Aquí dentro no hay nada que ver. ¡Fuera!>>
Todo cuanto necesitaba para sobrevivir llegaba de las cajas de merchandising de Visión Orgánica: ropa limpia, comida, cubiertos, tizas y velas para los rituales. No tenía que preocuparme por hacer la compra, ellos la hacían por mí.

Fue entonces cuando mi nivel de salud física menguó  tan rápidamente como la mental. La comida de las cajas de merchandising era basura, literal y metafóricamente. Bolsas de golosinas que se solían servir en los aperitivos y que no sabían a nada: patatas fritas, frutos secos, galletas…. La mala alimentación sumada al nulo deporte físico, hizo que enfermase. Adelgacé siete quilos en apenas cinco días. Me sentía débil. A mi cuerpo le costaba obedecer las órdenes del cerebro; en cambio aceptaba aquellas que eran infundidas mediante la hipnois. Para colmo, sufría una terrible jaqueca que me impedía concentrarme en lo que estaba haciendo.
Los administradores de Visión Orgánica fueron atentos conmigo. Adjuntaron en sus cajas semanales pañuelos y medicinas. Sin comprobar la validez de los medicamentos, me los fui tomando cada vez que sentía malestar.
La droga tuvo un efecto inmediato. Comencé a sentirme mejor y terminé por acostumbrarme a la comida de las cajas de merchandising. La jaqueca despareció, como también lo hizo los trances hipnóticos que me obligaban a realizar los rituales. Mi recuperado buen estado de ánimo trajo un gran número de visitas a mis vídeos de Visión Orgánica. De manera consciente, les ofrecí aquello que vinieron a buscar: terror en estado puro.
Aparté los muebles del salón del comedor y dibujé con tiza roja en el suelo tres círculos concéntricos unidos mediante un cuarto en el centro. Encendí trece velas negras, tres por cada círculo y la cuarta para mí. Me desnudé delante de la cámara y dejé caer la cera quemada de la treceava vela por encima de mi cuerpo. No sé qué sentirían las personas que me estuviesen viendo a través de la cámara ni lo que sentís vosotros al leerme; yo me sentía atemorizado y me encantaba.
Repetí los rezos que escuché de mis grabaciones. No me molestaba interrumpir los cánticos con los gritos de dolor de las quemaduras; todo lo contrario, me divertía. Después de gritar y rezar, terminaba riéndome de manera enloquecida como se reía la calavera con ojos humanos de mí.

Invoqué a los monstruos, los Dioses antiguos que una vez gobernaron la fe de las tribus ancestrales de La Tierra y ahora se han hecho dueños del mundo cibernético haciéndose pasar por administradores de un aparente inofensivo foro.
Por momentos, estaba en mi casa y, por momentos, en una ciudad de edificios que no se correspondían a ninguna de las figuras geométricas que había conocido. El cielo era un tejido rugoso y grasiento; al poco tiempo de estar viéndolo me di cuenta que se trataba de la piel de una especie de animal. De la tierra por la que caminaba emergían nubes amarillentas que apestaban a azufre. El primer pensamiento se lo dediqué al infierno. Dios me había castigado por mis pecados y me condenó al infierno. El segundo, el que creí más lógico, fue pensar que estaba en el mundo virtual que los administradores de Visión Orgánica habían creado a partir de los miedos que recolectaban de los usuarios. Un mundo perfecto ateniendo a los ideales del terror más profundo.
Una criatura demoníaca salió de detrás de una figura que bien podría ser una esfera o una pirámide. Medía escasos treinta centímetros. Estaba recubierta de pelos de diferentes tonalidades de rojo, amarillo y rosado. Tres brazos en su torso, dos como las debía tener un adulto y la tercera, siendo el brazo de de un niño, nacía del ombligo. Tenía un solo ojo, un cuerno en el lugar donde debería estar su ceja y cola de demonio. La criatura me saludó con su brazo de niño. A medida que se acercaba a mí descubría más cosas de ella. Deduje que se trataba de una mujer, por la forma que hacía contonear su cintura, y que le resultaba atractivo. Era presa del pánico, no podía escapar ni gritar. Cuando la criatura trepó por mi pecho y me besó en los labios. Adquirí una posición sumisa y me dejé hacer.
Siempre despertaba cara a la pantalla del ordenador, con los ojos clavados en la calavera que, ahora, estaba perdiendo tiras de carne a un ritmo acelerado. Otra cuenta atrás, esta marcaría el fin del evento de las cámaras de vigilancia, de mi vida o de ambas.
De forma intermitente y sin aviso previo, viajaba al mundo de pesadillas desde el real y viceversa. Conocí los terrores más horribles: la sensación de ser engullido por la criatura de piel grasienta que forma el cielo, la angustia de quien se siente acorralado por figuras amorfas, supe lo que sentía al ahogarse en nubes de azufre…. Conocí todos los miedos habidos y por haber y reconozco que me gustaron.
Mi preferido, el que más se repetía, era aquel en el que los edificios se arrastraban por la tierra de azufre para formar los círculos que había dibujados en mis rituales. Desde el cielo grasiento, dos manos gigantes movían con precisión milimétrica los edificios como si estuviera jugando una partida de ajedrez. Supe que tenía que colocarme en el centro de las figuras, levantar los brazos al cielo y suplicarle a las manos que me regasen con sangre; fue lo que hizo. Llovió gotas de sangre. Abrí la boca y saqué la lengua para poder saborear la lluvia. Reconocí el sabor de mi propia sangre. A medida que la lluvia se hacía más intensa, aparecían rasgaduras en mi vientre y brazos. Mis suplicas en el mundo de pesadillas eran causantes de los rituales del mundo real. 
Estaba preparado. Llegó el momento en el que el mundo de pesadillas me presentaría a sus Dioses.
De repente, me encontraba frente a los templos las deidades. Podía diferenciar estos edificios del resto porque sus cúpulas rasgaban el tejido grasiento que era el cielo. Las puertas estaban abiertas y una voz con el tono de un buen amigo me invitaba a pasar. Decidí entrar a cada uno de los templos y presentarles mis servicios más fieles. Imaginé, más bien quise creer, que alguno de los Dioses cuyos nombres no me atrevo a escribir podría necesitar mis conocimientos de informática o mis experiencias terroríficas. Me arrodillé ante ellos y les besé las manos, tentáculos o cualquier tipo de extremidad que tuviesen. Me ofrecí para servirles a cambio de poder seguir visitando su mundo de miseria.  No supe que ya les había servido y que no les interesaba.

Por un última vez, regresé a la pantalla de ordenador. Estaba escribiendo una declaración en la que confesaba haber matado a Lemogrine, haber instalado las cámaras de vigilancia y haberme colado en su casa para acosarla mientras dormía. Adjuntado a la confesión se encontraban las grabaciones de las cámaras de vigilancia, incluidas las mías donde se demostraba que sentía una atracción sexual por la chica. Pulsé el botón de enviar.
En una segunda pestaña programaba un virus que infectaba el sistema operativo del ordenador haciendo que apareciese un único anuncio de la web Visionorganica.org; con solo uno era suficiente para llamar la atención de quien lo viese. Luego de que apareciese el anuncio, el virus se eliminaría sin la necesidad de utilizar un antivirus. En el nuevo anuncio, la calavera que servía como mascota para la página estaba vacía de carne, a excepción de los ojos. Pulsé el botón de enviar.
En la tercera y última pestaña estaba navegando en Visión Orgánica despidiéndome de las personas que había conocido. Ha sido un placer. Pulsé el botón de salir.

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Espero que os haya gustado el relato y que hayáis pasado miedo leyéndolo. A mí me ha encantado poner en práctica la estructura de los cuentos de Lovecraft y mezclarlo con mi estilo. El resultado final me parece escalofriante, de los mejores relatos de terror que he escrito hasta la fecha.
Cualquier comentario y crítica que hagáis me ayudará a mejorar. Si hay suerte, enviaré este relato a las editoriales a ver si hay suerte que me lo publiquen. El Muñeco Neil está en proceso. 
Por último, también os pediría que compartáis mi página web a vuestros amigos y conocidos. Me ayudaréis muchísimo a seguir creciendo. ¡Muchas gracias y un abrazo!

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. El juego de este relato era intentar imitar la estructura de los relatos de Lovecraft. Reconozco que ese hombre es muy pedante y he "copiado" su pedantería en este relato. Quizás pueda parecer aburrido en algunos tramos. Los próximos los haré más a mi rollo. Este era un experimento que tenía ganas de realizad.

      Gracias por tu comentario. ¡Un abrazo!

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