domingo, 29 de abril de 2018

El Muñeco Neil [Historia de Terror]


El señor y la señora Neil fallecieron en un accidente de coche. Un hombre salió del bar Navaja, aunque por su mal aspecto parecía haber salido de una pocilga, sin prestar atención a la carretera. Loretta Neil, quien conducía el vehículo, dio un brusco giro de volante para evitar atropellar al hombre. El éxito lo pagó con su propia vida y la de su marido. El coche se estrelló contra la fachada del bar Navajas. El cuerpo Braham Neil, que había estado sentado en el asiento del copiloto, fue impulsado por el choque contra el cristal frontal. El golpe le había dejado inconsciente y los múltiples cortes causados por los cristales terminaron por matarle. La muerte de Loretta fue mucho más rápida: su cabeza impactó contra el volante con la fuerza suficiente para romperle el cuello. Los parroquianos del bar Navaja fueron afortunados; pudieron zafarse del vehículo sin heridas mortales. El mayor de estos heridos se había roto el brazo al intentar hacer una pirueta sobre el suelo y terminar topándose con la barra del bar.
Tres horas después del incidente, dos policías llamaron a la casa de los Neil. Beth, la niñera, abrió la puerta. Invitó a los agentes a pasar al salón principal y les sirvió café y pastas. Fue un gesto más egoísta que amable. Para escuchar la historia de cómo murieron los Neil, Beth prefería estar sentada y con una taza de café caliente en la mano; al estar sentada no podría carse al suelo por la conmoción de la noticia y el café caliente impediría que se desmayase.
Una vez los agentes terminaron de relatar la historia. Beth hizo llamar a Braham Neil junior, el único hijo de los Niel. Él se encontraba en el piso superior, jugando en su habitación.
-Cariño, baja un momento. Han venido unos señores que quieren hablar contigo-.
Braham Neil obedeció en sepulcruoso silencio. Reconoció aquellos detalles que solo un niño de cuatro años podía entender: el tono triste y excesivamente considerado con el que la nana le había llamado, el olor a café quemado y el sonido de los agudos carraspeos de los hombres uniformados. Todo aquello le indicaba que algo malo había ocurrido.
Se sujetó de la barandilla de las dos manos y bajó los escalones con paso lento y vacilante.
Uno de los agentes se levantó al ver al niño. Le cogió de la mano y le acompañó a la mesa del salón. Le ayudó a sentarse en el trono para niños, entre Beth y el agente.
-Tu nana dice que eres un chico muy listo. ¿Es verdad? - Braham junior no contestó- Sí que lo eres, lo veo en tus ojos. Son del mismo color verde que los del Mago Merlín – hubo un corto momento de silencio, imperceptible para los adultos y eterno para el niño- Escúchame muy bien. Tienes que ser fuerte y listo como el Mago Merlín porque lo que te vamos a decir no lo debe escuchar nadie ningún niño débil y tonto- Braham afirmó con la cabeza, el segundo policía le removió el cabello – Tus padres han tenido un accidente con el coche. Se han ido al cielo-.
- ¿Cuándo van a volver? - la pregunta del niño hizo llorar a la niñera.
-No, chico. No van a volver- continúo el primer policía.

Beth insistió a los servicios sociales para hacerse cargo del niño. Argumentó que ella estaba soltera y que el chico le haría compañía. No sería por mucho tiempo, solo hasta que encontrasen un familiar cercano, prometió. Braham Neil senior, en vida, fue un excelente abogado. Diez años atrás, por ambición profesional, tomó la decisión de mudarse, junto la que, en aquel entonces, era su novia y más tarde pasó a ser la madre de su hijo, a una ciudad más grande y con más oportunidades de trabajo. Los lazos cpm sus familiares se fueron fragmentando inevitablemente. Lo mismo ocurrió en el caso de Loretta. Solamente los más allegados conocían la existencia del pequeño Braham y, de éstos, a penas la cuarta parte recibió la noticia de que se había quedado huérfano.
Beth pasaba largas horas de la noche con la guía telefónica sobre las rodillas y el teléfono pegado a la cara. Llamó a todas las personas que tuvieran el apellido Neil o el de Egdecomb, apellido de soltera de Loretta. Peter Neil, hermano mayor del señor Braham, dijo, explícitamente, que no estaba dispuesto a recorrer un viaje de 200km para tomar al hijo de su desagraciado hermano en custodia. William Egdecomb, el padre de la señora Loretta, no fue más agradable que el señor Peter. Al escuchar el apellido de Neil pronunció varios insultos y colgó el teléfono. Beth sospechó que el señor Egdecomb acumulaba un fuerte rencor hacia los Neil debido a que pensaba que Braham le “robó” a su hija.
La rutina se repitió dos semanas más. Durante ese tiempo, Braham Neil era un cuerpo sin alma. Se movía por inercia. A la hora del desayuno, se sentaba en la silla que Beth le había acomodado y comía un par de cucharadas del tazón de cereales. Negaba con la cabeza, no quería más. Se retiraba de la mesa y se quedaba sentado en el sofá. Solo Dios sabía lo que el chico estaba pensando. La comida y la cena no eran distintas. Perdió cuatro kilos. Beth no se atrevía a obligarle a que comiera más. Se sentaba a su lado, le abrazaba, le besaba la frente y le repetía hasta la saciedad que le comprendía y le quería. El pequeño Braham no contestaba.

Beth recibió la visita de Melinda Neil como un milagro. ¡Gracias a Dios! Como hizo un mes antes con los policías, le invitó a pasar al salón principal y le sirvió café y pastas.
-Cariño, baja un momento- la sensación de dejavú era más que notable- Ha venido tu abuela a verte-.
- ¿Este es mi nieto? ¡Santo Cielo! Está enorme. Querida, ¿cuántos años me has dicho que tiene? -
-Dentro de cinco semanas hará seis años- Beth se contagió de la sonrisa de la abuela.
- ¡¿Seis años?! Ya es todo un hombretón. Ven a mis brazos. Deja que tu abuela te de un enorme beso-.
Melinda Neil (ella insistía que le llamasen Melly, pero por respeto Beth no se atrevió a hacerlo) era la imagen de la abuela que todos deseamos tener. Llevaba un largo vestido estampado, el cabello tintado de rubio peinado de forma que pudiera similar una media melena sin desvelar que, cada vez, era más escaso y emanaba un permanente aroma a galletas recién horneadas. Braham Neil no podía haber acabado en mejores manos.
-Ha tenido que ser horrible. Para una madre es duro reconocer que su hijo no era ninguna joya y mi Braham, con perdón de Dios, no lo era. No se hablaba con nadie de la familia. Ay, querida. ¿Y dices que nadie quiso escucharte? Qué bien hizo mi Peter en venir a verme. En el pueblo no tenemos teléfonos. De no ser por él, jamás me habría enterado de la desgracia. Cinco autobuses he tomado para venir. Y ahora, debemos tomar otros cinco para volver. ¿Verdad que sí, querubín? - lo último lo dijo pellizcando la mejilla de Braham Neil.
Melinda era una habladora nata. Beth perdió la noción del tiempo. Se hizo la hora de la cena y siguieron hablando y riendo sin que ninguna de las dos se diera cuenta de que tuvieran hambre. Beth dijo que llevaba trabajando con los Neil desde hacía tres años. Aceptó el trabajo para poder pagarse los estudios y lo mantuvo porque se encariñó con el niño. Melinda contó que regentaba la última juguetería casera del país. Los juguetes venidos de las grandes fábricas no eran tan divertidos como los que hacía la anciana a mano. Curiosos de todas las ciudades recorrían largos viajes para ver sus juguetes. El mayor orgullo fue decir que vinieron los de la tele (no supo decir para qué canal) a hacerle una entrevista. Braham iba a ser muy feliz.

Hoodest era el nombre del pueblo donde residía Melinda y, ahora, nuevo hogar de Braham. Las casas parecían estar sacadas de las ilustraciones de los libros de cuentos medievales. Braham pensó que en algunas de ellas vivía el Mago Merlín. En otras circunstancias, habría cogido una rama del suelo y jugado a cazar dragones imaginarios en el parque de Hoodest. Ahora, pensaba que le estaban castigando. Nadie le preguntó si quería quedarse con la señorita Beth o si quería ir a la ciudad de Merlín. Le cogieron y le llevaron; no había más. Durante el transcurso de los cinco autobuses, la abuela Melinda insistió que le iba a encantar vivir en Hoodest, que iba a ser muy feliz en la casa de los juguetes. Él no lo creía. ¿Cómo podía ser feliz en un lugar que no quería estar, con una persona que veía unas pocas veces al año, sin jugar con la señorita Beth, sin que mamá le diera un beso de buenas noches y sin los cuentos de papá? La abuela Melinda era una mentirosa.
La casa de la abuela tenía tres plantas y un sótano. La primera servía para el negocio, hacia las funciones de juguetería y almacén de juguetes. La segunda es donde se encontraba el salón, la cocina y la habitación principal. En la tercera planta había tres habitaciones para los invitados. Y el sótano era el taller, donde se fabricaban los juguetes. Melinda dio permiso a Braham para investigar todas las habitaciones de la casa a excepción del sótano. El chico, como respuesta, se sentó en un viejo y mullido sillón.
-Los niños tienen que jugar, no puedes quedarte ahí sentado sin hacer nada- se sentó al lado de Braham- ¿Qué me dices si preparo un par de cometas y esta tarde vamos al parque a hacerlas volar? Tengo muchas en la parte de atrás del almacén. ¿Y sabes? Se aburren mucho, quieren volar. Quizás nosotros podamos ayudarles.-.
Braham apuntó sus ojos verdes a los azules de su abuela y negó con la cabeza.
-Prefieres quedarte aquí, lo comprendo. Debes de estar aterrorizado. Te contaré un secreto: yo tampoco quiero hacer felices a las cometas. ¡Qué me hagan feliz a mí! - Melinda río a carcajadas. Braham continuaba con su ya habitual rostro de tristeza y frialdad.

Su mayor, y único, entretenimiento era ver ir y venir a los clientes de la juguetería que Melinda atendía al otro lado del mostrador. Los niños le saludaban con alegría y le preguntaban si querían jugar con ellos. Por alguna razón, pensaban que Braham debía de ser el niño más feliz de la Tierra por estar viviendo en una juguetería; todos le decían lo mismo. Nada más lejos de la realidad. Braham rechazaba hablar con los otros niños y jugar con los juguetes de su abuela. Nada de lo que pudiera haber en la juguetería le haría sentir mejor. Sin papá y mamá, no tenía sentido jugar.
Una niña rubia, con vestido rojo y un lazo en el pelo del mismo color que el vestido, infló los mofletes, se llevó las manos a la cintura y reunió la valentía para decirle a Braham lo que los policías, Beth y Melinda no le dijeron:
-Eres un maleducado. Estamos riendo y queremos jugar contigo; pero tú nos miras mal y no nos respondes. Quieres que sintamos pena por ti, pero no me la das porque eres un niño muy feo y malo. Jugaré y me lo pasaré bien con o sin ti-.
Todos los que se encontraban en la juguetería escucharon a la la niña: los adultos, que conocían la historia de Braham Neil, y los niños. Los primeros comprendían la gravedad de la situación. Terminaron de hacer sus compras y se marcharon arrastrando a sus hijos de la mano. Melinda cerró la tienda dos horas antes de lo habitual para prevenir que otra niña de vestido rojo hablase demasiado. Braham entendía las acciones de los adultos mejor de lo que se entendía a él mismo. Observó todos los detalles y los gravó en su retina; por algún motivo, estaba convencido de que era importante recordar que la niña vestía de rojo y que su padre le compró un peluche en forma de conejo de color rosa.
En los días siguientes, Melinda no abrió la juguetería. Pasaba las horas encerrada en el taller. Únicamente salía para servir sacar la basura a la calle y servir la comida a su nieto.
 Braham imaginó qué hacía su abuela en el taller: odiarle. Desde su habitación de la tercera planta, llegaban ruidos de cuchillos y tijeras. Pensó que Melinda estaba afilando las herramientas para luego matarle y cocinarle. Ese sería su castigo por ser un maleducado. No le importó. Así iría al cielo con papá y mamá.
-Cariño, baja un momento-.
Era la tercera vez que Braham escuchaba esa frase y la odiaba. Dudó en obedecer. No quería hacerlo. El primer día que llegó a la juguetería, la abuela Melinda le prohibió bajar al sótano. ¿Por qué ahora podía hacerlo? ¿Qué había cambiado? No le dio importancia. Si iba a ser castigado, pedía que fuera rápido.
Bajó los crujientes escalones lentamente y sujetándose de la barandilla con las dos manos. Braham había cumplido los seis años. Era un niño mayor que no tenía miedo a nada.
-Cariño, - Melinda saltó a abrazarle- te he hecho un regalo-.
Sacó del bolsillo delantero de su bata un muñeco de peluche humanoide: cabello negro, traje de marinero y unos brillantes ojos verdes llenos de sabiduría, como los del Mago Merlín.
- ¿Te gusta? ¡Eres tú! –
-¿Yo?-
- ¡Claro que sí! ¿Es que nunca te has visto en el espejo? Eres tú hecho muñeco. Es El Muñeco Neil. Feliz cumpleaños- y le besó en la frente.
Los dos se abrazaron. En medio quedó aplastado peluche bautizado como El Muñeco Neil. Braham sintió lo mismo que sentía cuando abrazaba a mamá y a papá. Por primera vez, en mucho tiempo, el niño sonrió. Abrazó a su abuela y le dio las gracias por no haberle castigado. Ella no supo de qué hablaba; se río por las tonterías que podía imaginar un niño. Ambos rieron con mucho gusto.

Diez años después, las tornas se cambiaron. El nieto pasó a cuidar de la abuela. Melinda había superado los setenta años. Las visitas de los doctores se volvieron constantes y peligrosamente necesarias. Como les sucede a todas las personas mayores, el cuerpo de Melinda se marchitaba. Tenía las manos deformadas y los dedos hinchados como globos de carne. Le dolía sostener cualquier objeto. Sus pies no tenían un mejor aspecto, apoyarlos en el suelo le resultaba un infierno de sufrimiento. Los médicos dijeron que se trataba de osteoporosis. Si se hubiera detectado antes, podrían haber hecho algo para tratarla. Ahora estaba en un estado muy avanzado y ninguno se arriesgó a operar. La solución que dieron fue esperar y que pasase lo que Dios quiera.
Braham quiso encargarse de la juguetería: hacía los nuevos juguetes siguiendo las enseñanzas de su abuela y los vendía con la mejor de sus sonrisas. A Melinda le hacía muy feliz ver a su nieto trabajar. Era imposible impedir a la anciana que se quedase quieta en la cama. Cuando nadie la vigilaba, cogía su bastón y bajaba las escaleras para ver a su nieto seguir con el negocio. Delante de los clientes, Braham renegaba la osada estupidez de su abuela; detrás, se sentía feliz de verla sonreía.
Con lo que a El Muñeco Neil respecta, éste no abandonó su lugar al lado de su dueño. Juguete y juguetero se convirtieron en uña y carne. Braham no iba a ningún lado sin su peluche. Lo llevaba en el bolsillo delantero de su bata de trabajo como si fuera una cría de canguro y él su madre. Los adultos que visitaban la tienda se enternecían a ver a un adolescente jugar con un peluche; además, era una muestra de confianza y fidelidad por sus productos. Los niños, con su juguete favorito en la mano, pedían jugar con Braham. Él nunca se negó jugar con nadie.

Los días de Neil empezaban de la misma manera: sirviendo el desayuno y las pastillas a su abuela. Una hora después, le tocaría desayunaría a él y, después de otra hora, iría al sótano a trabajar en sus nuevos juguetes.
-Abuela, despierte- mientras ella terminaba por abrir los parpados, Braham abrías las cortinas dejando paso a la luz del sol- Es la hora del desayuno-.
-Querido, llámame Mely. No me gusta que me llames abuela, me hace sentir vieja- desde que enfermó, todos los días empezaban con las mismas dos frases.
Braham dejó en la mesita la bandeja con el desayuno: zumo de naranja, tostadas y una taza de leche con cereal. Ayudó a Melinda a enderezarse. Mientras le acomodaba el cojín en la espalda, ella seguía hablando:
-Deja que te mire de cerca. Te estás convirtiendo en un joven encantador y no me estoy dando cuenta. ¿Cuántos años tienes? Soy incapaz de recordarlo-
-Dieciséis-.
-Santo Cielo. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Hazme un favor y no me dejes morir sin antes haberte visto crecer por completo. Dentro de dos años serás tan alto como tu tío Peter-.
-Espero superarlo el año que viene-.
-Estás creciendo muy rápido-.
De las dos tostadas, Melinda comió media, el resto aseguraba que no le entraba. Se comió todo el tazón de leche, por insistencia de Braham. Los médicos decían que beber mucha leche era bueno para su enfermedad. Por último, se tomó las pastillas que atenuaban su dolor. El zumo lo dejó a un lado; estaría dando pequeños sorbos durante toda la mañana.
Para desayunar, Neil comió la tostada y media que su abuela se dejó y una taza de café caliente. Era importante no perder más tiempo en el desayuno. Hoy le esperaba un duro día de trabajo.
Encendió la luz del sótano y bajó las escaleras sujetándose de la barandilla con las dos manos; igual que lo hubo hecho diez años atrás: con paso lento y vacilante. Sacó a El Muñeco Neil del bolsillo de la bata y lo dejó en la mesa de trabajo con la cabeza apuntando hacia sus manos. Antes de hablar a los otros peluches, se despidió de El Muñeco Neil acariciándole la cabeza.
-Hola Menta, te he traído una cosa- le dijo al peluche que dejó el día anterior por terminar- Sé que te cuesta recordar mi edad. Dentro de poco no sabrás quién soy. Hace dos días me confundiste con mi padre y hace nueve me llamaste Peter en lugar de Braham. Los médicos dicen que es por la edad; pero yo no les creo. Sé que estás muy enferma y que tienes los huesos estropeados, pero no te preocupes. Menta no está enferma. ¿Y sabes qué? Ella no tiene huesos que se puedan estropear-.
Del bolsillo de la bata sacó un mechón de pelo que le había cortado a Melinda mientras ella dormía. El pelo era blanco, canoso. Ese no era el color de pelo con el que Braham conoció a su abuela. Pintó el mechón del rubio pálido utilizando el mismo tinte que ella usaba, lo cosió en la cabeza de Menta y lo peinó simulando una media melena.
-Ya casi está preparado-.
Menta estaba destinada a ser algo más que un peluche, iba a ser una vida. Braham se sentía un Mago cuando trabajaba en el taller y estaba convencido de que su abuela había sentido lo miso. Explicaría por qué dedicaba tantas horas y tanto amor a la confección de los peluches. Estaba haciendo magia; creando vidas como el Mago Merlín. Si lo pensaba detenidamente, Melinda y Merlín se parecían incluso en el nombre. ¡Ambos eran magos! Braham se dio cuenta de la existencia de la magia cuando abrazó por primera vez al Muñeco Neil. En el interior del peluche vivían sus padres: Loretta y Braham Neil. Lo notó al instante, cuando abrazó al peluche. No se lo dijo a nadie; un mago nunca rebela sus trucos. El joven Braham pensaba ayudar a su abuela utilizando a Menta. Ella viviría en el interior del peluche. Podría moverse, comer y saltar como siempre. La curaría de verdad.
El Mago Merlín era famoso por ser meticuloso y precavido; no se arriesgaría a utilizar su magia sin antes haberla ensañado. Menta no iba a ser el primer muñeco vivo de Neil. En la parte superior de la mesa de trabajo se encontraban los tres peluches anteriores: Uzen, Kitten y Flora.
El primer peluche era un perro con uniforme de policía. El cuero que había utilizado para Uzen era piel humana; como también era uno de los ojos (el otro era de cristal). En lugar de pistola, el peluche amenazaba utilizaba una navaja de juguete. Un mes atrás, corrió la noticia de que un policía de Hoodest había fallecido en un accidente de coche. Aquel fue el detonante. Dos noches después del entierro, Neil exhumó el cadáver y tomó los ingredientes que necesitaba. Los dejó en formol para que no se pudrieran en el futuro. Los muñecos que hacían debían de ser perfectos. La escena que representaba con Uzen era la muerte de sus padres, con ella convocaba el alma del agente que le dijo que sus padres habían sufrido un accidente y que no iban a volver.
Braham cogió a Uzen lo abrazó y lo puso al lado contrario de la mesa de trabajo de donde estaba El Muñeco Neil. La navaja del perro policía apuntaba a un pequeño coche de juguete.
Kitten era una gata y era Beth, literalmente. Tenía su cabello moreno, sus ojos castaños y sus finos labios. Cuando la conoció no lo sabía, pero estaba enamorado de su niñera. El recuerdo terminó por mistificarla. Ella era la mujer más guapa que conoció. Después de haber creado a Uzen tomó la decisión de visitarla. Cinco autobuses de ida. Ella vivía en la misma casa que hacía veinte años. Beth abrió la puerta y reconoció al niño que cuidó diez años atrás. Braham odio descubrir que Beth se había casado y tenido un bebé. Metió las manos en el bolsillo de su bata y sacó a El Muñeco Neil. “Tenías razón. Soy muy feliz con Melinda. Ahora trabajo haciendo juguetes”. Volvió a meter las manos en el bolsillo y sacó el cuchillo del Mago Merlín. En el macabro juego, Kitten era la novia de El Muñeco Neil.
Besó los labios de Beth, que ahora le pertenecía a Kitten. Luego tomó a El Muñeco Neil e hizo que ambos peluches se besasen. Braham estaba enamorado de Beth y El Muñeco Neil estaba enamorado de Kitten.
Flora era un conejo rosa de cabello rubio y vestido rojo. El mejor peluche que Braham había hecho hasta la fecha (a excepción de Menta). Ella representaba la chica que le había llamado maleducado en público. Dijo que iba a jugar con o sin él; gracias a la magia, ahora y por siempre, jugaría con él. La niña fue fácil de encontrar; se llama Emily. La adolescencia le había convertido en la chica más atractiva de Hoodest; no había muchacho que no la conociese y no la invitase a bailar. Eso fue lo que hizo Braham. Se comportó como los adolescentes promedio y, a escondidas de los padres de ella, le invitó a pasar una noche en la juguetería prometiéndola que no usarían ninguno de los juguetes destinados para los niños. De las habitaciones de la tercera planta, pasaron a la tienda de la primera y, de allí al sótano. “Cariño, baja un momento”. No volvió a subir. El algodón que había usado para Flora, estaba teñido de rojo de la sangre de Emily.

Melinda tenía escondidos dos alfileres debajo de las sabanas. Braham se molestaría si la viese trabajar en un nuevo peluche, pero era por una buena causa. Sabe Dios cuánto tiempo más le quedaba de vida; quería aprovecharlo para agradecerle a su nieto lo que estaba haciendo por ella.  Una vez, conquistó su corazón con un viejo peluche, El Muñeco Neil. Braham no se despegaba de él. Lo volvería a hacer con un nuevo peluche.
Debajo de la cama tenía un arcón con telas de colores, cuero curtido y un montón de algodón. Melinda no necesitaba más. La deformidad de sus manos ni el dolor de sus huesos iban a impedirle terminar el muñeco. Mientras su nieto trabaja en el piso inferior, ella le hacía el segundo mejor regalo de su vida: El Nuevo Muñeco Neil.

Cuando Braham entró en la habitación de su abuela con la bandeja de comida, el arcón estaba oculto bajo la cama, los afilares bajo la almohada y el nuevo Muñeco Neil tapado bajo las sabanas.
-Hola abuela- puso la mano en la espalda del viejo Muñeco Neil e hizo como si este moviera el brazo saludando- Hola juguetera- imitando la voz aguda del muñeco.
-Hola a los dos. Y llámame Mely. No me gusta que…-
-Que te llame abuela, te hace sentir mayor. Lo sé, me lo has dicho hace unas horas-.
-Lo siento mi cabeza…-
-Ya no es lo que era-.
- ¿También te lo he dicho antes? -
-Hoy no- dijo riendo, pronto se le unió Melinda.
-Estás especialmente animado. Me alegra verte así. ¿Han venido muchos clientes? -
-Nunca ha estado tan llena- mintió. Llevaba mucho tiempo sin abrir la tienda.
Dejó la bandeja de plata en la mesita. La comida de Melinda consistía en un plato de sopa caliente, una ensalada y una pechuga a la plancha. Braham tenía en cuenta que ella no iba a poder comérselo todo y que sería él quien terminase con las sobras. Empezó por la sopa, Braham fue dándosela a cucharadas hasta que ella se aburrió de dar sorbos.
- ¿Pasamos a la ensalada? -
-Antes quiero probar esa deliciosa pechuga-.
Melinda se impulsó hacia la mesita sin darse cuenta que se estaba llevando parte de las sabanas. El nuevo muñeco Neil casi quedó al descubierto.
-La he endulzado con perejil y orégano para que tenga más sabor. ¿Te gusta?-.
-Eres un cielo-.
Cortó un trocito de la pechuga, lo pincho con el tenedor y se lo dio a su abuela en la boca. El cuchillo de cortar la carne quedaba peligrosamente cerca de la garganta de Melinda. Dos cabezas de peluche asomaban del bolsillo frontal de la bata: Menta y El Muñeco Neil. Melinda señaló con la mano al peluche que no conocía.
- ¿Quién es ella? – preguntó con la boca llena.
- ¿Es que nunca te has visto en el espejo? Eres tú hecho muñeco. Es La Muñeca Melinda Neil-.
Melinda fue más rápida que el cuchillo de su nieto. Interpuso sus manos antes de que el filo le rebanase el cuello. El cuchillo atravesó la palma de su mano izquierda.
- ¡ESTÁTE QUIETA! -
Se movió más de lo permitido por los médicos. El esfuerzo hizo que terminase resbalando con las sabanas y cayendo de bruces contra el suelo. Encima de su vientre quedó al descubierto el nuevo Muñeco Neil.
- ¿Qué haces? ¡Estás loco! Santo Dios. ¡Loco! -
Braham no contestó, se había quedado mirando el nuevo Muñeco Neil. Sacó a Menta del bolsillo de la mata y la balanceó en el aire haciéndola bailar delante del nuevo peluche.
Melinda sacó a relucir sus primitivos instintos de supervivencia e hizo aquello por lo que se odió el resto de sus años. Deslizó su mano derecha por debajo de la almohada, cogió uno de los alfileres y se lo clavó en la garganta de su nieto mientras éste estaba entretenido jugando con los peluches.
Braham Neil murió desangrado y abrazado a los muñecos: Menta, el viejo Muñeco Neil y el nuevo Muñeco Neil. Si la magia del Mago Merlín realmente existía, Braham no moriría porque su alma quedaría guardada en el tercer peluche.

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Este es el "remake" del primer relato de terror que escribí en mi blog. Me ha encantado recuperar lo y ampliar un poco más la historia.  En ocasiones, incluso, me ha recordado a la novela "El Perfume", pero con peluches en lugar de fragancias. Tengo intención de enviar este relato a algunas editoriales que ya me he puesto en contacto por ver si me lo publican. Deseadme suerte.

 

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