lunes, 5 de septiembre de 2016

Yentes en el bosque de Hetree (Zafira II)

No había días buenos. Allí todos eran malos: el aire apestaba a humedad, la comida abundaba pero pocos insectos se dejaban atrapar y el viento, aunque oliese a humedad, era en realidad demasiado seco para su verdosa piel. A los silvanos les gustaba la cálida niebla, el olor a humedad y el ambiente seco; a él no. Por eso no habían buenos días en el bosque de Hetree. Si acaso, podía diferenciar entre días mejores y días peores.  

¿Ese que sería, uno de los mejores o uno de los peores? El sol ya hacía rato que había caído era la hora de poner nota al día que finalizaba. Nate Hallinan estaba mordisqueando una libélula que acaba de cazar mientras meditaba todos los aspectos del día. La mitad de las horas de luz se las había pasado durmiendo y la otra mitad estuvo haciendo la siesta. La siesta no era lo mismo que dormir. Claro que no. Eran dos cosas sumamente distintas y cualquiera que se lo preguntase recibiría una tesis magistral sobre el sueño y sus derivados. La cuestión es que, tanto en las horas que durmió como las que siesteó (siestear era una de muchas palabras que el pseudo-erudito Halliman se inventó), no se enteró de las cosas que le resultaban desagradables. Aunque, no por ello dejaban de existir.

-Un seis y medio.- Dijo Nate a la vez que se sacaba la libélula de la boca y la observaba como si ella fuera con quien tuviera que discutir la nota. - Podría haber sido mejor si tus congéneres fueran igual de lentos que tú.-

 El kaijin sapo, el cual de hombre solo tenía la inteligencia y sus palabras mientras todo lo demás era sapo, se tragó por completo la libélula y dio un brinco hasta el suelo. Una vez bajo, con la punta del largo bastón que llevaba en su espalda, rasgó el tronco del árbol para dibujar un 6,5. Una vez puesta la puntuación, dio otro brinco a una rama aun más alta de la que estaba en un principio y se puso cómodo de nuevo. Hora de siestear. Y que nadie dijera que estaba durmiendo, esa era una siesta.

No hizo ni diez minutos que cerró los ojos cuando algo le despertó. Un aroma curioso, el aroma de “yentes”. Ese era el nombre que el kaijin se inventó para definir a esa clase de personas. Eran yentes. Solo las yentes se atrevían a viajar al bosque del ent Hetree. Era fácil distinguirlos. Los silvanos olían a hojas, los hijos de Fenrir (de vez en cuando venía alguno en busca de nuevas presas) olían a perro mojado y las yentes olían a humanos.

-Las yentes no son de mi agrado. Traen más problemas que piojos.- Nate hablaba con la punta superior de su bastón, ésta tenía dibujada una cara sonriente con pintura negra. - Si solo trajeran piojos me fascinarían. Los piojos son deliciosos.-Se relamió los labios con su larga lengua rojiza.- Mas, desgraciadamente para un servidor amante del sueño y del buen comer, las yentes defienden sus  liendres con trágicos problemas que no son para nada de nuestro convenio.-Dejó unos segundos de silencio en los cuales miró fijamente la cara sonriente del bastón y luego volvió a hablar. - Tendré que cambiar el seis y medio por un tres. Las yentes han hecho que el día suspenda.-

Lo dijo y lo hizo. Nate Halliman era un kaijin de palabra.Un brinco y ya estaba bajo del árbol en frente del seis y medio. Se lo pensó un par de veces antes de poner la nota final; daba vueltas sobre su propio eje mientras con la mano derecha se masajeaba el mentón. Sí, un tres. Ya no había duda. Tachó el dibujo del seis y medio con una gran x y, al otro lado del árbol, dibujó un tres.

El olor a yentes era cada vez más fuerte, se estaban acercando. A esas alturas ya habrían visto la gran multitud de notas y dibujos que Nate hacía en los árboles. Seguramente, se estarían preguntando qué era lo que estaban viendo. el kaijin se imaginaba perfectamente la situación. Tanto era así que se atrevió a poner un número exacto de yentes y un nombre para cada uno. Eran seis y se llamaban: Mosca, Mosquito, Moscón, Moscardón, Mosqueta y Mosquita. Si es que las yentes se acercasen lo suficiente para poder verlos ya le preguntaría si de verdad se llamaban así; por ahora, y hasta que alguien dijera lo contrario,  esos serían los nombres que tenían.

Sin perder más tiempo. Nate Halliman dio un brinco a una de las enormes ramas de los árboles, luego otra y otra más. Más le valía no parar; si no avisaba al pastor de árboles que había yentes en su bosque se acabó el siestear para Nate Halliman.


2 comentarios:

  1. La forma de comportarse y de pensar del personaje me quedó todavía más clara cuando vi la imagen que lo representa. Tengo adoración por los sapos. Cuando era chica tenía uno en una casa del capo a la que íbamos con mi familia para el verano, así que los sapos me traen buenos recuerdos.
    Buen relato.
    ¡Saludos!

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    1. Es que esa imagen es la clave jajaja. Nada más la vi se me ocurrió el personaje y me sentí obligado a añadirlo a cualquiera de las historias del blog. Yo también tuve sapos cuando era pequeño. En una casa de campo había una pequeña charca donde teníamos un montón de sapos y ranas. Me pasaba las tardes viéndolos. Me alegra ver que no soy el único raro que le gusta los sapos jajajajaj. ¡Un abrazo Cyn!

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