viernes, 2 de septiembre de 2016

En el calabozo (Capitán Werner VI)

Los calabozos que había conocido no eran así. Éste parecía más una habitación con barrotes en una especie de ventanilla en la parte superior de la puerta que un calabozo convencional. Disponía de una cama en la que dormir, un escritorio en el que leer y un orinal para hacer sus necesidades. Le servían vino y le daban de comer como a un marinero más de la tripulación. Incluso, de vez en cuando, le ofrecían una hoja casi blanca de papel y una pluma nueva con la que poder entretenerse escribiendo. Demasiadas comodidades para alguien que se suponía que había atacado al capitán del barco.

-¿Qué estás tramando?- Aunque estuviera solo, el Capitán Alfred Werner habló como si delante suyo estuviera Oscar Dwight.

Estaba sentado en la silla del escritorio, con la pinza de su brazo derecho sostenía un vaso vacío que minutos antes estuvo lleno de buen vino. Dio varias vueltas al vaso como si estuviera moviendo un líquido invisible. No sabía por qué hacía tal cosa ni tampoco se lo pregunta. Lo hacía y punto. Era un gesto casi involuntario. Necesitaba tener las manos ocupadas con algo simple y metódico. Por extraño que pareciese, mover de tal forma el vaso le ayudaba a concentrar sus pensamientos en lo verdaderamente importante. Tenía muchas preguntas en la cabeza. Preguntas que necesitaban una respuesta lo antes posible. Su vida dependía de ello.  

-¿Qué vas a hacer conmigo?- Continuó hablando solo. – No vas a matarme. Si lo fueras a hacer no me darías de comer. ¿Qué es lo que quieres?-A la pregunta le siguió un gruñido propio de su ser animal.-Entonces…- Cambió la dirección de giro de la copa vacía con la intención de cambiar también su forma de pensar. -¿Entonces qué?- gruñó de nuevo.

¿Entonces qué? Entonces nada. Por más que vueltas que le diese, tanto a sus preguntas como a la copa de vino, más estúpido se sentía. ¿Qué se había creído? ¿Un capitán pirata: El Capitán Alfred Werner? No. Era un estúpido. El Estúpido Alfred Werner. El Capitán Olfhard se equivocó. No estaba preparado para capitanear un navío; era muy joven y le faltaba experiencia. Olfhard jamás debió nombrarle capitán. “Estúpido” fue lo que le debió nombrar. Solo un estúpido de renombre hubiera tenido un motín tras el primer abordaje, hubiera dejado que un arrogante de pelo en punta le arrebatase el Sueños Cumplidos y le encerrase en una habitación-calabozo. Estúpido, estúpido y cien veces estúpido.

Escupió un gargajo de tinta en el vaso vacío. Lo bueno de ser medio calamar era que podía disponer de tinta en cualquier lugar y momento. Con su mano izquierda cogió la última pluma nueva que le trajeron, la mojó en el vaso y empezó a escribir primero en el papel y, cuando éste se acabó, en la mesa: “Capitán Alfred Werner, hijo de Humphry Werner, kaijin del mar y el Estúpido del Sueños Cumplidos”. Escribió esa frase tantas veces que hasta el mejor erudito hubiera perdido la cuenta de las veces que se repetía.  La caligrafía era basta y sucia, no porque Werner tuviera tres dedos con forma de tentáculos, en otra ocasión hubiera hecho gala de sus mejores letras. Escribió mal porque en cada palabra había una expresión mezcla entre el la ira y la vergüenza.

Sin saberlo, se convirtió en alguien muy parecido a Trico; ese prisionero que Dwight le hizo enloquecer.

-Cara te dejo tranquilo y cruz te interrumpo lo que sea que estés escribiendo.- Dijo alguien al otro lado de la puerta de barrotes de la habitación-calabozo. –Ha salido cruz.- La voz se río y dio una patada a la parte inferior de la puerta, aquella no había barrotes de hierro.

Werner gruñó como respuesta. Soltó la pluma y se quedó inmóvil con los brazos cruzados como siempre cuando entraban los marineros de Dwight.

-Levanta kaijin del mar tienes cosa que hacer y no seré yo quien las haga por ti.-

Alfred notó que quién fuera que estuviera en el otro lado de la puerta hablaba con un acento extraño. No tanto como él pero sí diferente al que hablaban los humanos.

La puerta se abrió de par en par y un hombre joven, de apenas veinte años,  entró por ella. Tenía el cabello de color verde oscuro,  labios morados  y nariz chata. No estaba armado, cosa que fue tan insólito como su acento. De normal, los imbéciles de Dwight entraban en la habitación-calabozo con las espadas desenvainadas a lo mejor por el miedo que tenían o tal vez por el miedo que querían inferir . Mas, éste no. caminaba sereno como si cada paso que daba fuera una muestra de lo seguro que se encontraba . De seguridad o de burla. Alfred no lo tenía claro. Burla seguramente pues, el imbécil, se dejó la puerta abierta.

El joven se sentó en la cama y observó a Alfred Werner que se mantenía sentado en la silla del escritorio de espaldas al recién llegado. Hubo unos segundos de silencio entre los dos que duró el tiempo que necesitó del peliverde para acomodar su trasero en la cama.

-Es más cómoda que la mía. Si supieras dónde me hacen dormir agradecerías estar aquí encerrado. ¿Nos podemos cambiar sabes? Tú en el nido de vigía y yo aquí de preso. Me pongo unas algas en la barbilla para que parezcan tus tentáculos y ya lo tenemos.- Se puso las manos en la barbilla he imitó como los dedos el movimiento de la barba de tentáculos de Werner.

-¿Qué quieres?- Contestó sin disimular que estaba irritado por la mala imitación que había hecho.

-Que hagas lo que debes hacer. ¿Qué otra cosa voy a querer?-

-Explícate.-

-¿Todos los kaijins sois así de maleducados? Hablar contigo es peor que comer tiburón todos los días. –Al ver que no recibió respuesta continuó hablando.- Cara te levanto de la silla, cruz te levantas tú.- Lanzó una moneda al aire y ésta cayó en su puño mostrando el resultado.- Cruz. Venga Capitán, ya has oído a la moneda.-

Lentamente Alfred Werner se levantó. Le importaba un bledo lo que le dijera la moneda. No se levantó por eso. Lo hizo porque le había llamado “Capitán”. Ahora, frente al hombre de cabello verde oscuro, aprovechó para observarlo bien. Parecía un niño. Balancea los pies en como si fuera un niño.  ¿Veinte años? Esos serían dos más de los que tenía Alfred. Quizás se precipitó al ponerle una edad.

-¡Muy bien!- Gritó el que parecía un niño a la vez que aplaudía.

-Yo he cumplido. Ahora tú. Contesta: ¿Quién eres y qué haces aquí?-

-Soy un amigo y he venido a ayudarte. Si quieres llamarme por un nombre puedes usar el de: “Oh cállate meyi”. Es el que usan todos aquí. – Dio un salto para cambiar de lado de la cama.- Saludos Capitán Dwight. – Otro salto para volver a su posición original.- Oh cállate meyi.- Hizo una pésima imitación de la voz de Oscar Dwight. - ¿Ves? Ya estoy acostumbrado.-

Por lo que Werner sabía, los meyis eran una especie de humanos. Sí  el tal “Oh cállate meyi” era lo que decía podía  explicar el color de pelo y de labios. Aunque hasta la fecha no conocía ninguno en persona, su padre le había contado historias de ellos. “Avaros, infantiles y supersticiosos”. Esas eran las palabras que usaba Humphry para describir a los meyis. Lo de infantil y supersticioso sí que encajaba bastante con "Oh cállate meyi". 

-Oh cállate Meyi.- Repitió Alfred. Tenía que reconocerlo, eso sí le había hecho gracia.

-¡Aja!- El Meyi dio puñetazo victorioso a la cama.- Ahora a tramar. Tenemos mucho que hablar y tú mucho que hacer. Solo falta tres días para que lleguemos a la isla Cisne y para entonces Oscar Dwight debe de estar muerto, fallecido, difunto, kaputt, con dos cruces en los ojos, durmiendo con los peces, hablando con las sirenas.…-

  -Ya lo he entendido. Cállate.- Se adelantó a decir Werner antes que el meyi dijera un idiotez más.

-Oh cállate meyi.- Corrigió con una sonrisa burlona. 

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