domingo, 17 de julio de 2016

¿Cara o cruz? (Capitán Werner V)

Una barca de tres hombres se alejaba del Sueños Cumplidos. A bordo de ella estaban el Capitán Oscar Dwight y dos de sus marineros, Kentos y Marvilin. Los tres formaban un curioso grupo. En primer lugar, de pie y enfrente de la barcaza, estaba el Capitán con sus vestimentas de color blanco impoluto y con el cabello en punta como a él le gustaba llevar. En segundo lugar remando con ambas manos estaba Kentos. Él era, en palabras propias de Marvilin, el típico hombre fuerte sin cerebro: Calvo, musculoso, barba negra en forma de candando y, por supuesto, una camiseta de rayas negras y blancas. En último lugar, en el último asiento de la barcaza, estaba el más extraño y a la vez normal de los tres: Marvilin. No vestía de forma extravagante como el Capitán ni  el saco de músculos; simplemente lo hacía de manera normal. De estar en una ciudad cualquiera, nadie sospecharía de qué se trataba de un pirata. ¡Así de normal era! Ni tatuajes, anillos, pendientes ni ningún otro adorno típico de sus compañeros marineros. Bastante extraño era ya de por sí como para ponerse adornos. Y es que, en muchos rincones de Azäir, tener el cabello de color verde oscuro, nariz picuda y finos labios morados era algo sumamente insólito. Sería porque los hombres y mujeres Meyis no solían salir de sus tierras o quizás por los pocos que eran. Fuera como fuere, todos en la tripulación de Oscar veían al Meyi Marvilin como un bicho raro. Por lo menos, no no lo veían como un asqueroso kaijin, eso había de agradecerlo.

El Capitán Dwight, muy lentamente se puso en cuclillas en la barcaza. Entre lo viejo que era y lo mal coordinado que estaba, a Marvilin le dio la sensación que el Capitán se iba a caer al mar. “En el menú del día tenemos un Oscar albino”.  Pensó el Meyi con cierta guasa como si estuviera dirigiendo a un público de tiburones hambrientos de vísceras de capitán.

-Cara se cae y cruz se queda en el barco.- Marvilin le susurró a Kentos a la vez que lanzaba su amuleto, una moneda de plata, al aire.

-¿Qué ha salido?- Preguntó Kentos. De su boca salía un desagradable olor a pescado podrido; tan malo  era el olor que Marvilin tuvo que inundar su nariz en su propia camiseta con tal de no sentirlo. –Kentos quiere cruz, ¡quiere que moneda diga cruz!- Las palabras del saco de músculos eran, por si solas, una amenaza. Si no salía cruz, Kentos estaba dispuesto a darle una paliza a Marvilin como si de él dependiera la suerte de la moneda.

-Sí, sí, ha salido cruz ahora mira hacia delante antes que me mates con tu mal aliento.-

Por desgracia para ellos salió cruz. Si la suerte hubiera decidido que el Capitán cayera a la mar podrían volver al barco y brindar con los mejores de los vinos que el kaijin Werner guardaba en la bodega de su camarote. ¡Y la carne! A Marvilin no se le olvidaba la carne que había visto guardada en las despensas de la cocina en salmuera. Jamón, cecina, cochinillo… Un buen banquete se podía afianzar con todo lo que había en el Sueños Cumplidos. Si dijera cara a favor del banquete estaba convencido que entonces Kentos amenazaría con la cara en lugar que con la cruz. Pero el Capitán se empeñaba en guardar la comida como si fuera un tesoro. Prefería salir fuera todos los días a primera hora de la mañana a cazar un tiburón antes que sacar el lechón en salmuera.

Y eso mismo era lo que estaban haciendo los tres hombres en la barcaza: Cazar tiburones. Bajo los pies de Kentos estaba el arpón atado a una cadena y Marvilin era el encargado de guardar los otros arpones sin cuerda que usaban con tal de amenazar  y herir al tiburón. Todos con arpones menos el Capitán Dwight, como buen líder él no se ensuciaba las manos. Teniendo un Kentos en la tripulación que era capaz de hacer todo lo que se le ordenase sería estúpido que el Capitán cargase con más trabajo que mantener su cabello en punta.

-A mi señal, Meyi, me pasas un arpón.- Ordenó el Capitán Dwight.

-Cruz te lo paso y cara me lo quedo.- Bromeó Marvilin a la vez que lanzaba por segunda vez su moneda de plata. –Cruz.- Sentenció con una sonrisa.

El Capitán Dwight cogió el cuchillo que guardaba siempre bajo su chaqueta junto a su nuevo juguete y se hizo un corte en la palma. Pronto, la mano del Capitán empezó a sangrar y la sangre a llamar a los tiburones. Por ahora solo veían dos aletas picudas que asomaban del espumoso manto marino, sin embargo los tres hombres sabían  que bajo las dos primeras aletas habrían por lo menos dos más que no se dejaban ver.

-Ahora.- La voz del Capitán sonaba muy lenta y tranquila. Cualquiera que le escuchase no pensaría que estaba rodeado de tiburones.

Marvilin le pasó un arpón al Capitán, tal como éste le había ordenado y como la moneda de plata hubo colaborado con su cruz. Los tres dedos centrales de la mano derecha del Capitán tantearon el arpón antes de cogerlo; a Marvilin le recordó a un pianista tocando su instrumento. Eran movimientos precisos y tranquilos, igual que el tono de voz con el que le mandó que le pasase uno de los arpones e igual como todo lo que hacía Oscar Dwight.

Una de las dos aletas, probablemente la del tiburón más grande, se acercaba paulatinamente por medio de lo que Marvilin llamaba: “Ruedas del mar”. En el centro de cada Rueda estaba, obviamente, la barcaza y el creador de cada una de ellas era un tiburón. Así de fácil, una Rueda del mar por cada tiburón que se dejaba asomar a la superficie. La primera de las ruedas, se hacia, poco a poco, más y más pequeña. La segunda tampoco se quedaba muy atrás, solo esperaba a que la primera Rueda marcase el terreno para luego ser ella quien se fuera cerrando muy despacio. El estúpido musculitos Kentos estaba aterrado; Marvilin le vio como apretaba con fuerza los remos de la barca hacia su pecho como si intentase protegerse con ello. ¡Era tan gracioso! El Meyi no podía dejar de reírse y burlarse del hombretón llamándole cobarde. Más tarde, en la cubierta del Sueño Cumplidos, lo lamentaría cuando Kentos lo atase por los pies y lo colgase boca abajo con las cuerdas del palo mayor.

-Cara eres un valiente y cruz un cobarde.- Tercer lanzamiento de moneda en lo que llevaba de día y, otra vez, salió cruz.

-Si el Meyi lanza moneda otra vez Kentos lo lanzará con los peces grandes.- Era muy simpático el musculoso amigo de camiseta a rallas, casi tanto como los otros marineros de la tripulación. Las amenazas, los insultos y el llamarle Meyi en lugar de Marvilin, su verdadero nombre, era parte de esa tan famosa simpatía de piratas.

-Callaos.- Con la misma tranquilidad que daba más miedo que los tiburones, el Capitán Dwight volvió a hablar. –Estad atentos, sobre todo tú Meyi.-

-Sí, mi Capitán.- Antes de que terminase la frase el Capitán le arrebató de un tirón el arpón que estaba sujetando y lo lanzó contra el tiburón más cercano. –Justo en el clavo.-

La primera Rueda del mar despareció de repente mientras que la segunda se iba alejando mucho más rápido de lo que antes se acercaba. Kentos ya había relajado sus musculosos y había soltado los remos sobre la barcaza. Pero que estúpido era. Dwight todavía no había acabado con el tiburón, solo había elegido a qué tiburón de los dos que asomaron la cabeza quería cazar. Los demás, ocultos bajo el agua o no, se irían mientras que el marcado por el primer arpón volvería a tomarse su venganza; solo era cuestión de tiempo.

El agua de alrededor de la barca estaba llena de sangre de tiburón. Si los marineros se concentraban podían escuchar los gorgoteos propios del animal gimiendo bajo el mar y una fina sonrisa por parte del Capitán Dwight. “Se ríe como un niño a punto de probar su juguete nuevo” Fue lo primero que pensó Marvilin y estaba en lo cierto. Dwight, antes de cada combate, era igual que un niño.

¡Y ahí estaba el animal! Justo bajo sus pies. Un fuerte golpe en el fondo de la barcaza de madera les hizo saber a los marineros que el tiburón estaba ahí. Kentos volvió a coger sus remos y Marvilin a ofrecer otro arpón al Capitán Dwigth quién movió la palma de su mano herida de lado a lado para rechazar la oferta.

Harto de golpear la barca y no poder derribarla por el peso de uno los tres marineros (Marvilin hubiera señalado inmediatamente a Kentos) el tiburón saltó del mar salpicando a los tres hombres de sangre y agua a la vez que le mostraba la gran guarnición de dientes blancos. Kentos se cagó en sus pantalones, literalmente, al ver al tiburón, Marvilin echó su moneda de doble cruz al aire a la vez que rezaba porque la cruz marcase su vida y Oscar Dwight hizo lo que tanto ansiaba hacer.

El sonido que se escuchó después fue un seco “pum”. Venía del nuevo juguete del Capitán Dwight. Era similar a una ballesta pero con un mecanismo mucho más extraño que cualquiera ballesta que Marvilin hubiera visto antes. Era, más bien, como si una ballesta y un cañón hubieran follado y ese fuera su hijo. Tenía el gatillo y el cuerpo de una ballesta, pero la boca era de un cañón, funcionaba con pólvora y como munición tenía unas especies de diminutas piedras.

El animal murió en el mismo instante en el que el seco pum disparó la piedrecita y ésta entró en su boca de dientes blancos. Kentos, feliz como una lombriz en una manzana roja, cogió el arpón de la cuerda para atrapar el cadáver del tiburón y ponerlo sobre la barca, la sonrisa de niño de Dwight se hizo mucho más amplia y Marvilin maldijo al tiburón, si no se hubiera dejado cazar tan fácil tal vez, esa misma noche, para la cena, hubieran podido sacar el lechón de la despensa.


No hay comentarios:

Publicar un comentario