martes, 31 de mayo de 2016

Blanco y negro (Nimue Zan II)

Dos grandes lobos corrían entre los árboles del bosque de Fenrir. Se movían a gran velocidad, con violencia y, al mismo tiempo, también con dulzura. Si alguien los viera tendría la impresión de estar viendo dos grandes nubes, una negra como la noche y una blanca como la nieve, volando a ras del suelo; pero nadie les vio, los dos lobos se aseguraban cada noche de que nadie les viera.  La tierra batida de Fenrir se levantaba a medida que las zarpas de los lobos pisaban con fuerza sobre ella, pero ni el polvo ni la suciedad de la tierra conseguía mancharles. Ellos no formaban parte del bosque, éste no podía hacerles nada; eran parte de la Luna, ella era quien les aclamaba y la única que, si hubiera querido hacerlo, los hubiera dañado.

En aquella noche, el lobo negro daba caza a la loba blanca. Ella no se lo iba a poner nada fácil: Zigzagueaba entre los árboles, siempre que podía, daba un giro por la derecha, luego por la izquierda y, más tarde, una vez más por la derecha. Lo importante era evitar correr en línea recta. Su perseguidor era mucho más rápido que ella, en línea recta, los dientes del lobo negro  acabarían anclados en su níveo lomo como muchas otras veces había pasado. Si quería que aquella noche fuera diferente, la loba blanca debería usar la que era su mejor arma: la agilidad. Todo lo que él tenía de fuerte y rápido, ella lo tenía de ágil. Si se esforzaba en seguir zigzagueando y cambiando de dirección, esta noche podría ser la noche en que la Luna de la Presa proclamaría  a la loba blanca como vencedora.

Una sonrisa zafia y maligna en el hocico del lobo negro mostró unos afilados dientes del mismo color que el marfil. Todas las presas con las que se había enfrentado tuvieron miedo al ver esa sonrisa, es la que hacía cuando estaba a punto de darles muerte. Un salto, estaba a un simple salto y volvería a ser su presa. No deseaba otra cosa. Cuando la tuviera combatirían entre dentelladas y zarpazos hasta que uno de los dos cayera de puro agotamiento. Hasta el momento siempre cayó ella y, esta noche, lo volvería a hacer. Un salto en el momento adecuado y la Luna de la Presa proclamaría al lobo negro como vencedor.

La loba blanca aminoró su velocidad unos instantes y giró su cabeza para ver la cara de su contrincante. Mostraba una mofa sonrisa, la que hacía cada vez que estaba a punto de vencerla a ella o a cualquiera que formase parte de su larga listas de presas; a orgulloso e ingenuo no tenía rival. Si creía que ya le tenía, estaba muy equivocado y la loba blanca le hizo saber lo equivocado que él estaba haciendo una burda imitación de su zafia sonrisa. Esta vez, ella sería la ganadora, la única con derecho a sonreír y a burlarse de su contrincante. Solo un salto, un salto y conseguiría escabullirse del lobo negro para luego saltar contra su lomo y atraparlo cuando más desprevenido y vulnerable estuviera.

Ambos lobos saltaron a la vez. La loba blanca se dirigía hacia la copa de un enorme nogal, quizás para luego rebotar y redirigirse hacia el lobo negro para atraparlo por sorpresa; eso sería lo más lógico y lo que él mismo haría de estar en la posición de presa. Pero, por desgracia para ella y por fortuna para él, el lobo negro era más fuerte y más rápido. Sin ningún esfuerzo, consiguió agarrar a la loba blanca en el instante que ella se había impulsado hacia el nogal.  Tuvo cuidado en no clavarle sus afiladas zarpas en el agarre, tampoco le clavó los dientes cuando apretó su hocico contra el cuello. El juego finalizaba cuando uno de los dos quedaba inmovilizado no muerto.

Tuvo ganas de llorar. De verdad creyó que esta noche sería su noche, la Luna de la Presa sería testigo de su primera victoria contra el lobo negro. Antes de saltar se pudo ver así misma, durante una milésima de segundo encima de su perseguidor, sería la ganadora y la que estuviera amenazando al perdedor con un gruñido para que no se moviera del suelo. Sin embargo, la realidad era muy diferente. Era el lobo negro quien estaba encima de ella; él había ganado al igual que todas las otras noches desde que ella tenía seis años y él nueve. Nimue Zan se quedó completamente paralizada ante su derrota y dejó que Tamor Zan se enorgulleciera como siempre hacía durante diez años.

El lobo negro se levantó del suelo, se puso a dos patas, la clásica posición que debía mostrar siempre un licántropo como él, y aulló con todas sus fuerzas a la Luna de la Presa que coronaba el oscuro cielo nocturno. De su hocico salía una espesa baba grisácea  fruto del cansancio de la persecución y del orgullo como vencedor. Se limpió la saliva con el hombro derecho y volvió a aullar una vez más. La Luna pareció brillar con más fuerza en sincronía con el aullido. El tercer y último aullido del lobo se convirtió en un quejido de puro dolor provocado por la transformación a humano. El juego ya había terminado, él ya había ganado, y el lobo ya podía descansar hasta la noche siguiente. Para la mayoría de licántropos, cuando el lobo se despertaba o volvía a descansar, era el momento más doloroso de sus vidas. Las lobas más veteranas de la manada decían que era como dar a luz a la bestia que vivía en su interior. Tamor era un lobo varón, no podía conocer el dolor de un parto, pero si de verdad dar a luz era como sentir a su bestia, debía de ser algo horrible.

-Mejoras, pero sigues siendo lenta y torpe- dijo con mucha dificultad Tamor cuando hubo terminado de transformase en humano.

Nimue, al igual que Tamor, dejó a descansar a su parte animal. La loba blanca de ojos rojos se marchó para dar paso a la chica de dieciséis años, delgada, con media melena castaña y dos grandes ojos verdes. Su parte animal y su parte humana eran muy diferentes físicamente, tanto que a veces, dudaba si en verdad las Lunas se habían equivocado al concederle una loba albina. Tamor, sin embargo,  sí se parecía mucho a su lobo. Ambos dos eran altos, fornidos y con un cabello tan oscuro como la obsidiana de las joyas de su madre. Ningún miembro de la manada Zan pondría en duda que su lobo negro estaba hecho para él y todos, a espaldas de ella, decían que la loba blanca no era suya.

-Algún día podré vencerte- desafió Nimue cuando ya no hubo rastro del pelaje níveo de la loba.

-Alguna noche- corrigió Tamor a la vez que se acuclillaba para removerle el pelo a Nimue quien seguía en el suelo.

 -Alguna noche- la misma sonrisa zafia y burlona que mostraron ambos lobos durante la persecución se dibujo en los finos labios rosados de la joven Nimue.

5 comentarios:

  1. Emocionante persecución. Un saludo.

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    1. Muchas gracias Luy, me alegra mucho haber leído tu comentario. En ocasiones no sé muy bien si el relato ha gustado o no, son gracias a comentarios como el tuyo por lo que sé que estoy haciendo un buen trabajo aunque reconozco que aun me queda una larga carrera por delante ¡Un abrazo!

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  2. Te he dejado un regalo en mi blog. Pásate si te interesa.

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  3. Me encanta leer este tipo de historias. Es un gusto ver licántropos y saber que la cosa no seguirá al estilo Crepúsculo. Pobre Nimue Zan, ojalá tenga oportunidad de demostrar que merece a su loba. Y Tamor Zan me cayó bien, a pesar de su altanería. Todo el relato tiene un sabor a tribu antigua, me gustó mucho.
    Me quedo por acá, volveré a leer en cualquier momento.
    ¡Saludos!

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    1. ♥.♥ ¡ME ALEGRADO MUCHO TU COMENTARIO! Me he quedado totalmente sin palabras. Es que solo puedes decirte gracias, gracias y mil veces gracias. Me alegra mucho saber que no soy el único que tiene manía a los prototipos comerciales como Crepúsculo y compañía. Muchas gracias por tus palabras Cyn, te lo agradezco muchísimo.

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