sábado, 2 de abril de 2016

El maese Hetree (Zafira I)

Hubo un tiempo en que su familia era tan grande que podía viajar a cualquier rincón de Azäir, no importaba lo lejano que fuera, siempre se encontraba con uno de sus hermanos. En aquellos días, todos los bardos cantaban canciones sobre los pastores de árboles, eran las preferidas de los humanos. No había hombre, mujer ni niño que no conociese al menos una de las muchas leyendas que contaban sobre ellos. También eran aquellos días en que los humanos viajaban a los bosques a preguntarles si eran ciertas las gestas que cantaban los bardos. Pobre de aquel humano que se atreviera a conversa con alguno de su familia, las charlas podían durar días enteros, a veces incluso semanas. Hetree se preguntaba si aquel fue el motivo por el que los humanos dejaron de visitarlos.

Y en cierto sentido, podría estar en lo cierto: las largas conversaciones de los ents eran realmente agotadoras para un humano; pero ese no era el motivo principal por el que su familia había decrecido tanto en los últimos cien años. Para ello no había ninguna razón que lo pudiera explicar y demasiados malos rumores que, los pocos ents que quedaban, intentaban olvidar. Hetree no era una excepción. De cuando en cuando, uno de los jóvenes silvanos se le acercaba y le informa de todas las noticias que pasaban a lo lejos del bosque. No importaba que le contasen, Hetree se empeñaba en ignorar las noticias y a gritar al mensajero que dejase de decir mentiras. Para el pastor de árboles, todo lo que no sucedía en su bosque era falso, todo cuanto no tuviera que ver con la vida de los árboles que protegía carecía de importancia y todo aquello que se refería a un tiempo pasado era mejor que el que estaba viviendo.

Los silvanos eran niños en comparación a los Ents, les faltaba experiencia y les sobraba curiosidad. Todavía tenían mucho que aprender antes de convertirse en pastores de árboles y Hetree estaba aburrido y cansado de enseñarles. Los silvanos eran muy parecidos a los humanos que un tiempo, mucho tiempo, viajaban a su bosque para comprobar su existencia; eran impulsivos, inocentes, ansiosos y, sobre todas esas cosas, estúpidos. Hetree se preguntaba cómo era posible que un silvano pudiera si quiera imaginar que en las grandes ciudades de piedra ocurrían cosas más importantes de lo que sucedía bajo las copas de los altos árboles.

El parecido con los humanos no solo era algo que se pudiera ver en la mentalidad de los silvanos, también en su anatomía. El cuerpo de ambas razas era exactamente igual y se movían de forma similar; lo único que hacía especiales a los silvanos era que se estaban transformando, poco a poco, en pastores de árboles. Si los ents ya eran diferentes a la vez que parecido entre ellos, tan diferentes y tan parecidos como lo eran un roble y un pino, los silvanos lo eran aun más entre ellos mismos; tanto como lo eran una rosa con un  peral o un tulipán con el trigo. Sus cabellos bien podrían estar formados por flores, por pequeñas ramas o un musgo de color verde y la piel de su cuerpo era igual de áspera como lo era la corteza de un árbol.

En el pasado, que con tanto anhelo recordaba Hetree, cada pastor de árboles tenía al menos veinte discípulos silvanos aprendiendo de él. Se limitaban a escuchar y pocas eran las veces que uno de los alumnos se atrevía a alzar la voz contra su maestro. Pero pasaron los siglos y cada vez los pastores de árboles se fueron quedando con menos alumnos. Hetree, que tan solo trecientos años atrás había tenido hasta cincuenta alumnos, solo se quedó con un discípula a quien enseñar y, por desgracia, no era ni la más obediente ni la más educada de los silvanos que quedaban vivos. Su nombre era Zafira.

Estaba sentada con las piernas cruzadas a los pies de su enorme maestro. Medía a penas metro ochenta y él hacía milenios que superó los cincuenta metros, esa era una de las muchas cosas que se jactaba, eso y su pasado. El maese Hetree jamás aceptaría que se estaba muriendo, igual que todos los ents. Pronto, no sería más que otro árbol común e inmóvil y ella tendría que ocupar su lugar como pastora de árboles. No es que estuviera entusiasmada con el cargo, pero por lo menos convertirse en un ent era mejor que nada. Los otros silvanos eran simples mensajeros que viajaban en busca de información útil para los árboles, o al menos eso era lo que ellos decían ser. El maese Hetree, en cambio, aseguraba que eran unos desobedientes renegados que no dejaban de contar mentiras y follar con los humanos. Zafira también lo pensaba pero, si lo decía, su maestro no tardaba en  hacerla callar dando un pisotón en el suelo que hacía temblar la tierra como si fura un terremoto.

Lo que ella deseaba era controlar lo que como silvana no tenía derecho a hacerlo. Para los ents y también árboles, los silvanos eran sus criados personales. Si los ents eran los pastores que guiaban al rebaño de árboles, los silvanos eran los perros encargados en mantenerlo unido.

 En las viajas historias que contaba el maese Hetree, esas tan viejas como él, hubo un tiempo en que los árboles se movían libremente. No existían bosques, ni praderas, ni desiertos ni nada que se le pudiera asemejar a lo que Zafira conocía. Solo existían árboles que se arrastraban de un lugar de Azäir a otro. Fue entonces cuando los ents decidieron crear un orden, unir diferentes árboles para formar bosques vivientes. Se seguían arrastrando, pero con el orden que el cayado del ent le dictaba. Azäir fue creciendo y los árboles se fueron multiplicando, los pastores de árboles necesitaban ayuda para controlar sus rebaños. Fueron los silvanos quienes aceptaron la tarea de ayudar a los grandes ents, eso sí, bajo la promesa que, si hacían bien su trabajo, algún día, llegarían a convertirse en ents y tomarían el control del cayado.

Nadie se imaginó que, más temprano que tarde, los árboles dejarían de arrastrarse por tierra,  pues, por alguna razón que nadie comprendió, se cansaron de caminar. La función de los pastores se volvió inútil, ya no tenían un rebaño a quién guiar, y ellos también se cansaron. Los silvanos, al ver que los ents no podían ni querían controlar a los árboles, perdieron el interés por ellos y rompieron la promesa de ayudarles. Cada uno de ellos se fue por su camino, las ciudades de piedra de los humanos se convirtió en su destino favorito, pero también hubieron silvanos que fueron a las ciudades de los altos elfos y otros en compañía de los kaijins… Los silvanos eran libres de ir donde quisieran, toda Azäir estaba disponible.

 Zafira fue una de las pocas silvanas que se quedó junto a un ent para que aprender todo cuanto pudiera. Soñaba con coger el cayado de su maestro y ordenar a los árboles que se arrastren como lo hacían en las antiguas historias. Se quedó con el maese Hetree, fue la única que lo hizo; pero él viejo no parecía contento de que lo hubiera hecho. Debería estar agradecido de que no le abandonase como los demás y entregarle, de una ver por todas, su cayado. En vez de eso, lo que él hacía, era dormir y descansar como los demás árboles o, sino, se ponía a divagar con las viejas historias del pasado.  

El maese Hetree se mantenía inmóvil, con sus grandes ojos color miel cerrados. Sino fuera por su profunda respiración, la silvana hubiera pensado que su maestro hubiera muerto. Los pájaros se posaban entre sus ramas, algunos de ellos, los más aventureros, picoteaban su cuerpo en busca de un insecto que les sirviera como alimento. Zafira era la encargada de trepar sobre las ramas de su anciano maestro y espantar a los pájaros que hacían estragos en su corteza. Más que su discípula, Zafira tenía la sensación que era la enfermera particular del maese Hetree y eso la ponía de muy mal humor, casi tanto como tener que soportar los gritos de aquel viejo ent loco.

— Zafira. — Dijo el pastor de árboles abriendo muy lentamente sus grandes ojos color miel. — Una ardilla ha entrado en el interior de mi vientre. ¡Espántala! —

—Como desee, maese Hetree.-

El anciano ent observó que la silvana se mordió su labio superior, era un gesto que hacía antes de soltar un improperio de los suyos. Aunque ella siguiera con su cabezonería de no querer aprender nada sobre él, Hetree sí que aprendió mucho sobre la silvana. Cada emoción que sentía su alumna la expresaba con un gesto diferente. Morderse el labio superior era disgusto, acariciar las ramas y las hojas que le hacían de cabello era impaciencia,  girar ligeramente la cabeza hacia su lado izquierdo era asco… La conocía tan bien como conocía cada árbol de su bosque. Ya habían pasado casi medio siglo juntos; tantos años y ella seguía sin aprender nada de lo que le intentaba mostrar.

Sin importar que la silvana estuviera trepando por encima de su cuerpo, Hetree comenzó a caminar. En el tiempo que él tardaba en levantar una pierna, Zafira recorría casi diez metros andando. El ent era más lento que la silvana pero no por ello llegaba más tarde al lugar que requerido. En un paso, el pastor de árboles, recorría más de veinte metros. La lentitud era una de esas virtudes que Zafira se negaba a aprender.

El viejo se equivocó, no era una ardilla lo que había quedado atrapado en su estómago de árbol, sino un murciélago negro como la noche que no dejaba de aletear para intentar salir de ahí. Zafira quebró las ramas podridas de su maestro para sacar el murciélago. El pobre animal, nada más saborear la libertad que le había sido arrebatada por las viejas ramas del ent, salió volando tan rápido como podía. Sintió envidia de él, ojala ella también pudiera salir volando y abandonar las ramas del viejo y podrido ent.

—Zafira. — Volvió a hablar Hetree. — ¿Has sacado ya la ardilla? —

—Era un murciélago. — Contestó inclinado ligeramente la cabeza al lado derecho; ese gesto significaba que no estaba pensando en nada bueno.

—No me importa lo que sea, solo quiero saber si me lo has quitado. —

—Debería haber dejado que te comiera desde dentro. —Susurró la silvana pero pronto se lamento de hacerlo. Por muy bajo que lo hubiera dicho, su maestro tenía buen oído. En respuesta a aquel signo de malaeducación, Hetree dio un fuerte pisotón contra el suelo para hacerla caer. No lo consiguió, la silvana estaba bien cogida a las ramas de su vientre. — ¡Algún día de estos me matarás! — Protestó Zafira.

—Debería hacerlo. —La grave voz del ent retumbó por todo el bosque. —He tenido centenares de discípulos mejores que tú. No me importa perder a alguien que no escucha y además no hace otra cosa que soltar improperios contra su maestro. —

— ¿Escuchar? Te pasas el día durmiendo. ¿Qué quieres que escuche, tus ronquidos?—

—No digas mentiras. Hace meses que no descanso; años diría yo. —

La silvana sabía que para los ents, el tiempo era algo banal, podían pasar años enteros y ni se enterarían. Pero de ahí, a no recordar que hacía cinco minutos que se había despertado de una siesta que duró siete días y medio era pasar de castaño a oscuro. El maese Hetree estaba verdaderamente loco y, cada día que pasaba, estaba peor. Se estaba muriendo, sabía muy bien que sus días estaban contados, juraría que también él era consciente que su vieja corteza estaba podrida. Aun así, el pastor de árboles seguía sin contarle nada acerca del cayado que utilizaba para guiar los bosques. Hacía décadas que lo había escondido por miedo a que alguien se lo robase; o eso decía él, Zafira siempre tuvo la sospecha de que el maese Hetree escondió para que ella no lo utilizase sin permiso. Luego se quejaba de los silvanos que se habían negado a crecer como ents; maestros como él eran los culpables de ello. En lugar de divagar sobre el pasado, lo que tenía que hacer era luchar por el presente.


Sin mediar palabra, la silvana saltó del cuerpo del anciano ent hacia uno de los árboles más cercanos. El pastor continuó con su paseo sin darse cuenta que la única discípula que le quedaba, le había abandonado como hicieron todos los demás. Hetree continuaba hablando solo quejándose de lo mala discípula que Zafira era y de lo mucho que anhelaba los días en que ningún animal se quedaba encerrado entre sus ramas. A partir de aquel momento, sería ella quien buscaría la manera de poder convertirse en un ent sin ayuda de ningún maestro inútil. El cayado debería estar en algún lugar de ese bosque y Zafira  estaba dispuesta a encontrarlo.




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