sábado, 5 de marzo de 2016

Un muerto congelado (William Wade II)

Tan solo podía recordar imágenes de lo que había sucedido los últimos ocho días. Eran representaciones de cortas escenas de lo que había vivido; algunas de ellas eran importantes para poder hacerse una idea de lo que pasó y otras, la mayoría, completamente inútiles. Aquello le recordó a la mansión de Lord Berly, los pasillos estaban decorados con cuadros que contaban la historia de sus ancestros. Lo hacía con la intención de que, todo aquel hombre y toda aquella mujer que visitase su palacio, supiera de la vida de los grandes héroes de la familia Berly. Sin embargo, a diferencia de esos cuadros, las imágenes que William Wade veía no estaban ordenadas ni tenían el menor sentido. En el primer cuadro se veía a sí mismo escribiendo la carta de odio a Lord Hielo usando como tinta su propia sangre, en el siguiente estaba tomado un brebaje que le supo a truenos, pero que no recordaba si lo había bebido antes o después de desmayarse inconsciente por el frío y la pérdida de sangre; en otro de sus propios cuadros había un fuego que le daba el calor necesario para poder vivir; Will era consciente de que, de no ser por ese fuego, podría haber sido otro muerto congelado más. Todas las otras imágenes estaban cubiertas por nieve y un frío tan severo que el propio recuerdo le hacía temblar todo el cuerpo.

El que antes fue caballero miró a todo lo que tenía a su alrededor. Mirar, eso era lo único que podía hacer para ordenar los cuadros de su mente. Pero todo estaba oscuro, no podía ver más allá de los barrotes de madera que le enjaulaban. Se sentía como un oso recién cazado, de esos que utilizan para los espectáculos del circo. Y con movimientos tan pesados como los de un oso, intentó levantarse del suelo donde le habían dejado tumbado, pero la jaula era demasiado pequeña, como mucho podía estar jorobado con la espalda en posición de arco.

 Cualquiera, en su situación, se hubiera preguntando dónde estaba o quién le había metido en esa horrible y diminuta jaula, mas Will solo se preguntó una cosa y era por qué no estaba muerto. El Mal del Hielo había congelado dos de los dedos de su mano izquierda dejándolo solo con el índice, el meñique y el pulgar; además de llevarse los dos dedos más pequeños de ambos pies, pero éstos no le llegaban a importar tanto como le importaba su mano. Para un caballero, las manos eran sus armas más preciadas, más de lo que lo eran su propia espada y su propio escudo. Con una mano inútil, estaría condenado a servir como paje de Lord Berly. Siempre y cuando pudiera regresar de nuevo a la ciudad de Fohpë, cosa que no estaba para nada convencido, y de hacerlo, lo último que haría sería servir a aquel hombre que le mandó a morir. De lo único que podía estar agradecido era que el Mal del Hielo le hubiera arrebato los dedos de la mano del escudo y no los de la mano de la espada.


Una luz entró por algún lugar que el caballero no alcanzó a ver. Tampoco le importó de dónde hubiera salido aquella bendita luz; pues para él, era una salvación. Por fin podía ver lo que había más allá de los barrotes, aquello que la oscuridad le había guardado. Estaba en una especie de casa mal hecha de barro y piedras cuyas paredes estaban llenas de pinturas rojas en las cuales representaban, de forma muy arcaica, toda clase de animales: Osos, lobos, renos, zorros mamuts… Las pinturas parecían estar contando una historia, igual que hacían los cuadros de Lord Berly e igual que intentaba hacer su malherida memoria. Conforme la luz se iba acercando a la jaula donde Will estaba encerrado, más cosas se hacían visibles: A su lado, había otras jaulas como la suya pero con la diferencia de que éstas estaban vacías, también vio algunas trampas de acero que, según pensaba, eran utilizadas para cazar a los grandes animales de las pinturas; todo parecía indicar que estaba en alguna clase de casa de cazador en la que él era la presa.

Kloath Zurko sujetaba la antorcha, Tirka llevaba en sus manos un cántaro con la medicina para el humano. Kloath era un fuerte guerrero orco, tenía que serlo para cumplir la labor de proteger a la chamana Tirka. Su piel era de un marrón grisáceo, sus colmillos sobre salían de su boca como los de un jabalí adulto y su cara, marcada por las cicatrices de muchos años de combate, estaba destrozada. En más de una ocasión, Tirka le aconsejó que se retirase y que trabajase en la caza o en la tala de árboles, mas Kloath Zurko no obedeció tal consejo. Su hermano menor, Braad, había sido capturado y tal vez muerto por las manos de los ruines humanos. Él iba a vengarse, deseaba combatir hasta la muerte contra todos los humanos que se le pusieran en su camino. De ser por Kloath, el humano rubio hubiera muerto desde el primer momento que lo vieron en la nieve tirado. Sería un muerto congelado como los muchos otros que encontraron hacía seis noches. Sin embargo, Tirka vio algo en él. Ella era chamana, tenía el don de hablar con Madre Tierra y Padre Cielo. Los orcos tenían que obedecer las órdenes de sus Padres. Según la chamana, Madre Tierra protegió al humano para que no muriese en la nieve como habían hecho los otros hombres de su raza y Padre Cielo guió el camino de Kloath y de Tirka para que se encontrasen con él.

Con la mano izquierda sujetaba la antorcha y la derecha reposando sobre la empuñadura de la cimitarra que guardaba en el cinturón, Kloath observaba como Tirka se arrodillaba frente a la jaula. Ella era una de las orcas más bellas de la tribu. Su color de piel, mezcla entre el verde y marrón, hacía resaltar los grandes ojos dorados de la chamana. Kloath la amaba, no era el único orco que se había enamorado de ella. La mayoría de los orcos de la tribu soñaban con los ojos dorados y la melena morena de la chamana, sueños que estaban fuera de las normas que dictaron los Padres. Los chamanes tenían el don de Madre y de Padre; si ellos amasen a alguien, los Dioses les quitarían su don.

-Humano.- Dijo Tirka e, inmediatamente, Kloath dio una patada a la jaula para llamar la atención del susodicho. – Nombre, Tirka.- Se señaló así misma la chamana.- Ayudar humano. Sanar humano.- 

William Wade no contestó. Estaba demasiado asustado y confuso para poder contestar.

-Chamana hablar. Humano obedecer.- Gruñó Kloath dando una segunda patada que hice temblar todos los barrotes de la jaula.

-Déjame a mí hablar con el humano.- Dijo Tirka en el idioma de los orcos para que solo Kloath le pudiese comprender. Hizo una pequeña pausa y volvió a hablar, con un horrible acento, en la lengua común. -Humano, yo Tirka. Tu, humano.- Era común entre los orcos no saber poner una tonalidad acorde con cada frase que decían en la lengua común, por mucho que intentasen preguntar, su voz salía neutra.

Orcos. ¿Fueron ellos quienes le llevaron por la nieve y frío, quienes le trajeron el fuego que recordaba en sus “cuadros” y los que le dieron el brebaje que tan mal sabía? La cabeza de Will estaba llena de preguntas, y también de respuestas, pero éstas últimas no las quería reconocer. No aceptaba que unos orcos le hubieran cazado como si fuera una vulgar alimaña. Recordó a su hijo pequeño, Alvin, jugar con los insectos de la calle. Escupía a las hormigas, las cogía para luego depositarlas en un sitio diferente o simplemente dejarlas caer para ver qué pasaba. Estaba seguro que no había nada mejor que se pudiera comparar con su situación que aquel mísero juego infantil. Él sería la hormiga, y estaba seguro que los orcos le mantendrían con vida solo para ver qué pasaba.

-Alvin…- Susurró por pura inercia William Wade entre un llanto mudo. No se había dado cuenta, pero el recuerdo de su hijo le había destrozado el corazón.

-Nombre Alvin.- Contestó la mujer orca señalando a Will.

-No.- Respondió el humano con desdén. Un asqueroso orco no tenía el derecho de pronunciar el nombre de su hijo. Haber escuchado el nombre de Alvin con el horrendo acento orco, le sentaba peor que haber escuchado el mayor de los insultos.

-Humano mentir. Humano mejor morir.- Kloath dio un tercer golpe a la jaula y la mujer le volvió a contestar con un idioma que a Will le sonó como sí alguien se estuviera atragantando.

El que fue caballero miró directamente a los ojos dorados de la mujer orca. Era bella, de no ser por el extraño color de su piel y el rabo que le danzaba por la espalda, casi hubiera podido aparentar ser una humana. El hombre orco, al contrario, tenía el aspecto de lo que era: una maldita y asquerosa bestia.

-Quien Alvin.- Intentó preguntar la mujer. William no contestó, su cara, cargada de ira y miedo hacia los orcos, lo decía todo. La mujer miró de lado a lado de la habitación. –No ver Alvin.- Curvó ligeramente los labios haciendo una media sonrisa. –No haber Alvin. Haber medicina. Yo, Tirka, sanar humano.- Abrió la puerta de jaula y le acercó a Will un cántaro con un brebaje del mismo color que la mujer orca. –Humano mejorar.- Fuera verdad o mentira lo que estaba diciendo, Will tomó el cántaro y bebió lo que fuera que contuviera. Tanto seguir con vida como morir envenenado, le parecieron buenas soluciones. – Que Padre Cielo guiar camino y Madre Tierra cuidar de él.- Se despidió la mujer levantándose del suelo.

-El humano merece morir.- Habló finalmente Kloath en su propio idioma. – No se merece nuestra medicina. Tú también has visto, tan bien como yo, todos los cadáveres de nuestros hermanos tirados en la nieve. ¡Él y los suyos fueron quienes los mataron!-

-Kloath.- Tirka levantó su mano para acariciar la cara de su protector. – Mi valiente guerrero. – Hizo una breve pausa para acariciar cada cicatriz que adornaba la tez de Kloath.- Los Padres me han dejado ver otras cosas que van más allá de los cadáveres de nuestros hermanos.- La chamana apartó la mano de la cara del guerrero y la cerró en un puño. Se hizo el silencio entre ambos orcos como si, de nuevo, Tirka hubiera mandado callar a Kloath.

La única respuesta que Kloath supo dar fue agachar la cabeza con un gesto de sumisión. Él sabía que Tirka jamás le diría nada relacionado con sus visiones, igual que pasaba al amar, si la chamana decía lo que los Padres la habían dejado ver, perdería su don. Para ella no había nada más importante que su poder y para él no había nada más importante que ella.

La mujer orca, la que se presentó con el nombre de Tirka, abandonó la casa de cazador dejándole solo con el otro orco. Era su oportunidad para escapar de aquella jaula y ver de nuevo a su mujer y a su hijo que lo estarían esperando y también, por qué no decirlo, su oportunidad de vengarse de Lord Berly, de Lord Hielo. Si había algo que había llegado a odiar más que a los orcos fue a aquella persona que le mandó a morir junto con todo su ejército. William, a duras penas, se puso tan erguido como la estrecha jaula le permitía. Miró al orco de frente, sus ojos eran de color rojo, los de Will azules; irónico, los muñecos de Alvin también se separaban en dos bandos, los rojos contra los azules. Cogió el cántaro de barro que la orca le había dado y, aprovechando que la puerta de su jaula estaba entre abierta, salió para encontrarse con la infame bestia destrozando el cántaro contra su cabeza.

Lejos de lo que Will había imaginado, el orco no se derrumbó al suelo, se mantuvo en pie mirándole de la misma manera que Lord Berly miraba a los esclavos gladiadores antes que se enfrentasen en combate. El orco dio un manotazo con tanta fuerza que tiró a William al otro lado de la jaula. El golpe lo había dejado con el labio cortado que, junto a toda la suciedad que había acumulado en la jaula, le daba un aspecto similar al que podría tener cualquier mendigo de la ciudad de Fohpë.


-Lastima. Kloath disfrutar matar humanos.- Gruñó el orco en la lengua común. – Padres querer con vida a humano. Humano deber estar agradecido. Padres no querer nada sin motivo.- 

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