sábado, 12 de marzo de 2016

La Luna del Cazador (Nimue Zan I)

La luna llena coronaba un enorme cielo plagado de estrellas. Era la noche perfecta para que salieran a cazar. No había nubes que ocultasen el ligero resplandor de la luna y el viento era lo suficientemente ligero para poder azotar sus pelajes sin que les resultase demasiado molesto. Una noche en la que podían dar rienda suelta a su faceta más salvaje, esa que de normal escondían bajo una falsa apariencia humana. Sus bocas se convertían en hocicos, sus dientes caninos crecían considerablemente de tamaño, en ocasiones, hasta abandonar sus bocas, sus orejas se volvían grandes y puntiagudas, una cola peluda se formaba a sus espaldas y todos sus cuerpos se llenaban de abundante pelo. Licántropos, hombres-lobo, cambiantes… Salvajes. Recibían muchos nombres; ellos, sin embargo, preferían llamarse hijos Fenrir. A esta luna perfecta, que le daban esa sensación de libertad y salvajismo la denominaban Luna del Cazador.

En aquella noche, la mayoría de los clanes dejaron atrás sus apariencias humanas para dar paso a la cacería que la Luna del Cazador les estaba invitando. Mas, hubo un clan que se quedó en los lindes donde tenían su asentamiento en el bosque. Una nueva loba estaba a punto de nacer, y justo durante la Luna del Cazador, señal que, según sus creencias, era de buen augurio. Todo el clan Zan se reunió en torno a Amaris y Berno para presenciar el nacimiento de su hija primogénita. Amaris gritaba y aullaba tan fuerte que hacía espantar a todos los otros animales que no fueran los lobos que sabían de su estado. Berno, sostenía la espalda de su cónyuge con cierto temor a que ésta no sobreviviera al parto. Él sabía que muchas de las lobas que daban a luz durante una Luna del Cazador no conseguían sobrevivir. La última en morir fue Clida, la esposa de Timaro, el macho alfa de los Zan. Fue en el segundo de sus hijos, aquel que lo concibió durante una Luna del Cazador, cuando ella murió. Según dijo el mismo Timaro, su segundo hijo sería el lobo más poderoso del clan, pues ya había demostrado su fuerza en el mismo momento que vio la luz matando a su esposa. El alfa se sentía orgulloso de sus dos hijos, el primero, Tomor, sería lo bastante fuerte y, sobre todo, inteligente, como para heredar su posición como alfa de los Zan; y el segundo, Tamor, había sido besado por la Luna del Cazador y sería el mayor lobo que jamás hubiera existido; tanto como el antiguo Fenrir. Sin embargo, a Berno no le importaba cuan poderosa fuera su hija, es más, llegaba a incluso a desear que su hija no fuera ni la más grande ni la más fuerte con el fin de que Amaris pudiera sobrevivir al parto.

Timaro observaba el parto paciente por lo que pudiera ocurrir, a su derecha estaba su hijo mayor aquel que le heredaría. Tenía a penas diez inviernos pero ya había demostrado ser más inteligente que muchos de los lobos adultos del clan. A su izquierda, de solo cinco inviernos, se encontraba el segundo de sus hijos, erguido, con las orejas alzadas y con unos ojos tan blancos que se podía ver todo el salvajismo propio de los hijos de Fenrir. El alfa se podía imaginar que pensaban cada uno de sus dos cachorros. Tomor, seguramente, meditaba sobre lo que estaba pasando en interior de la loba que estaba dando a luz. Observar y aprender, era el lema que parecía obedecer su primogénito. Tamor también tenía los ojos fijos en la loba con el mismo detenimiento que su hermano Tomor, pero él no se paraba a pensar en lo que sucedía sino en si lo que saliese de ahí se podía cazar o no. Timaro notaba las garras de Tamor apretadas contra su mano, el pelo negro como el carbón erizado y los caninos marcados en su hocico como si estuviera esperando a que su presa diera un paso equivocado para poder cazarla. “Es por la Luna del Cazador.” Pensó el alfa de los Zan con orgullo. “Ella me ha concedido el honor de ser el padre del lobo más grande.”

Todos los hijos de Fenrir aullaron al unísono cuando la cachorra comenzó a salir del interior de su madre. Todos a excepción de Amaris que se había quedado sin voz para seguir aullando. Los deseos más profundos de Berno se hicieron realidad, la Luna del Cazador parecía no haber besado a su hija recién nacida y su esposa pudo sobrevivir al parto. Su pelaje era de color blanco níveo, sus ojos verdes y su cara era, en una única palabra, dulce. Berno tenía la impresión que su hija, entre un llanto ensordecedor de recién nacida, estaba sonriendo. No solamente a él, como pensaba todos los padres primerizos, sino que la cachorra sonreía a todo lo que le rodeaba: A los árboles, a la Luna del Cazador, a la hierba que veía por primera vez, a las cabañas del asentamiento del clan, a todos los hijos de Fenrir que se encontraban a su lado, a Amaris... A todos.

-Berno.- Timaro abandonó su forma de lobo y habló con su aspecto humano. Era alto, de tez severa, cabello negro y una abundante barba que decoraba gran parte de su cara.- Ya conoces nuestros rituales.- Tomor fue en siguiente en dejar de mostrarse como lobo, luego Tamor y, tras ellos, el resto de los licántropos.  

-Sí.- Berno, en un puro gesto de sumisión, agachó la cabeza. Por mucho que desease coger a su hija en brazos, tenía que esperar a que el alfa diese su bendición.

Timaro fue a su cabaña, la más grande del asentamiento, dejando a sus hijos solos durante unos segundos en mitad de toda la multitud. Se puso una túnica similar a un poncho para cubrir las zonas de su cuerpo que, como lobo, no le importaba mostrar. Cuando volvió, los otros hicieron lo mismo que él. Los únicos que quedaron desnudos fueron Amaris y Berno, ellos todavía tenían que esperar. Esa era una de las pruebas que se efectuarían sobre la familia de de la recién nacida por ver si la nueva loba era adapta para considerarse un Zan. No solo se evaluaba a la cría, también a los padres. Debían ser pacientes, acatar las órdenes del alfa, tenían que ser civilizados como humanos y salvajes como lobos al mismo tiempo.

El macho alfa levantó a la recién nacida, quien seguía en su forma lobina, para mostrársela a la Luna del Cazador. El pelaje blanco de la cachorra brilló con el resplandor de la luna. Él lo vio, sus hijos lo vieron, Amaris y Berno también lo observaron con los ojos llenos de lágrimas. Haber dado a luz a una loba albina no era una buena señal. Timaro ya había matado a varios cachorros por haber nacido albinos. Éstos eran débiles en su forma animal, no podían cazar con el resto, no podían correr con el resto ni siquiera podían aullar como el resto de los Zan. Estaban condenados a morir desde el primer día de su nacimiento, el alfa solo adelantaba lo que era obvio.

Amaris sintió como la mano de Berno se apretaba en sus hombros. Parecía una maldición, una cruel ironía que solo las Lunas entendían. Se sentía una desgraciada. La Luna del Cazador había hecho que engendrarse una loba que no podría cazar. Desde el primer momento en que sintió que estaba embarazada, su cachorro se convirtió en aquello que más amaba. Más que a las Lunas, más que a su clan incluso más que a Berno. Su hija, ella sabía perfectamente que iba a dar a luz a una niña, iba a ser una loba hermosa y fuerte; igual que su madre. Iba a ser… Amaris no pudo reprimir más sus sentimientos y echó a llorar. Notó como las manos de Berno sobre sus hombros se flaquearon. No le importaba que le apretase, se sentía cómoda sabiendo que Berno estaba con ella. Él no tenía por qué dejar de apretarla. Levantó sus manos con las pocas fuerzas que le quedaban y las puso sobre las de su marido para hacerle notar sin palabras que podía apretar todo cuanto quisiera. Unas frías gotas cayeron a su cuello y, en seguida, supo la razón por la que Berno aflojó sus manos: él también estaba llorando.

-Berno, ven conmigo.- Con la pequeña loba albina en brazos, Timaro entró a su cabaña. Berno, por mucho que quisiera quedarse con su mujer, obedeció y siguió al alfa. En privado, tras asegurarse de que nadie le estuviera espiando tras tela corredera de la entra de la cabaña, Timaro habló de nuevo con el padre de la recién nacida. – Tengo dudas.- Confesó con una voz tan fría que heló la sangre de Berno. – Los lobos albinos son débiles, ya lo sabes. No quiero que mis hijos tengan que lidiar en un futuro con una loba débil.- Berno respiró profundamente, sabía las normas de los Zan y sabía que tenía que aceptarlas. –Sin embargo, tu hija ha nacido en una Luna del Cazador. Mi hijo Tamor también nació en una misma Luna hace cinco inviernos. Nadie duda de su fuerza.-

-¿Quieres decir que…?- Los ojos verdes de Berno brillaron con una chispa de esperanza.
  
-No lo sé.- Sentenció Timaro.- Cuando hayan pasado lo suficientes inviernos para que mi hijo, Tamor, pueda cazar en solitario, tu hija tendrá que demostrar puede cazar con el resto de lobos.-

Al escuchar las palabras del alfa, Berno no esperó más para coger a su hija en brazos. Deseaba acariciar el níveo pelaje de la pequeña loba, era suave y sedoso como el cabello castaño de Amaris. A medida que Berno pasaba su mano entre el pelaje de su hija, cría cambió de aspecto. Su forma humano no parecía tener ninguno de los rasgos propios de un albino. Berno se dio cuenta de que los ojos de su hija eran verdes, como los suyos, no rojos como solían ser los ojos de los albinos, y su escaso cabello no era blanco, era oscuro, en un futuro tal vez podría ser castaño como el de Amaris.

- Se llamará Nimue.- Ordenó Timaro. –Nimue Zan.-

Nimue sonrió al escuchar su nombre, para Berno la niña no había dejado de sonreír en ningún momento, ni siquiera cuando Timaro la cogió en brazos para mostrarla a la Luna del Cazador. No podía dejar de ver los ojos verdes de su hija, eran como dos esmeraldas que brillaban incluso sin necesidad de luz. Los ojos de Nimue, junto a su sonrisa, habían conquistado el corazón de Berno.

-¿Por qué?- Preguntó Berno sin apartar la vista de los ojos de su hija. –¿Por qué la dejas vivir? Te he visto matar a otros bebes albinos. Los otros saben que la loba de mi hija es albina; no lo verán con buenos ojos. – Berno no disimuló que le importaba más el futuro de su hija en el clan que la vida de los otros albinos que murieron. Tenía miedo que los otros lobos la dejasen de lado o, que incluso, la matasen antes de que ella diera algún signo de debilidad.

-Lo verán si yo lo ordeno.- Suspiró Timaro.- Conoces el lema de los Zan.- Hizo una pausa para hacerle pensar a Berno.- “Salvajes como lobos y civilizados como humanos.” -Recitó.- Los alfas de otros clanes la habrían matado en el primer momento de ver su pelaje, yo no. Presenté a tu hija a la Luna del Cazador y la Luna hizo resplandecer su pelaje blanco de la misma forma que hizo resplandecer el pelaje negro de Tamor. Sería un ignorante si no me diera cuenta de que la Luna dice que tu hija será tan fuerte como mi hijo. –La última frase la dijo con desdén, con gruñido de su parte más animal. Le costaba aceptar que podría haber una sola loba que pudiera hacer frente a su hijo pequeño. – No confió ciegamente en las Lunas, ellas a veces se equivocan, también yo me equivoco. Si tu hija es digna de llamar se Zan lo tendrá que demostrar.- “Y con suerte, morirá en el intento dejando a mis hijos como los más fuertes de los Zan.”


Pasaron catorce inviernos y tanto Amaris, como Berno y como Timaro recordaron perfectamente la promesa que se hizo durante el nacimiento de Nimue. Había rumores de que Tamor ya había salido a cazar en solitario, pero nunca bajo el consentimiento del clan, nada formal que se tuviera que realizarse bajo una Luna sagrada. Durante todo ese tiempo, Berno no le dijo nada a su hija. Ella, quien se había vuelto una hermosa muchacha de pelo castaño y ojos verdes, no tenía que conocer nada sobre las posibles pruebas que le fuera a hacer el alfa. Estaba prohibido que la loba se entrenase, tenía que demostrar que era salvaje y civilizada por su propia naturaleza, sin ayuda de nadie y sin ningún tipo de preparación previa. Tenía que demostrar que era digna de llamarse Zan, o sino, moriría en el intento, cosa que Timaro deseaba que ocurriese.   

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