martes, 29 de marzo de 2016

Kaijins del mar (Capitán Werner IV)

El Capitán Alfred Werner sacó del bolsillo de su gabardina su fiel brújula de plata; marcaba el norte, el lado opuesto de donde se situaba la cala de la Hermandad de piratas. Ese no era el rumbo que  hubiera querido que los marineros de la tripulación del Capitán Dwight siguiesen. Werner quería ir a la cala, puede que hubieran otros sobrevivientes como Dwight y los demás. Sin embargo, por mucho que el Capitán Werner insistiese, Dwight no iba a cambiar el rumbo que había marcado. Desde que había llegado se había hecho dueño y señor del Sueños Cumplidos dejando a Alfred como un vulgar marinero más. No, peor, como una señal de mal augurio con patas. Werner, con a penas dieciocho años y, en el mismo día que le nombraron capitán, ya tuvo su primer motín que creció de tal forma que había llegado a todos los barcos de la Hermandad. El Capitán Dwight fue el primero que se empeñó a darle la fama de gafe, era su arma para desprestigiarle como capitán. Día tras día, Werner tenía que escuchar frases como: “Un kaijin no se merece ser capitán. Ese kaijin conseguirá que nos maten. ¿A quién se le ocurre dar un sombre a un kaijin?” Siempre la misma palabra: kaijin.

Alfred conocía muy bien el significado de la palabra kaijin, le habían llamado así cientos de veces, a él y a toda su familia. Para los humanos, y el resto de razas en general, todo aquel hombre o mujer que nacía con partes de propias de un animal eran llamados como kaijins. Algunos decían que los hombres bestias, aquellos que llamaban kaijins, eran incluso más antiguos que los humanos, otros, pensaban que eran fruto de una cruel maldición que se extendió por todos los rincones de Azäir. Fuera como fuere, ellos seguirían siendo una raza inferior a la demás. En Dochep, la ciudad que nació el Capitán Werner, los kaijins hacían el trabajo que los humanos no querían hacer. Desde excavar en las peligrosas minas en busca de carbón hasta abandonar a sus familias en largos meses de pesca en alta mar. A los primeros se les llamaban kaijins de tierra y los segundos eran kaijins del mar. El padre de Alfred, Humphry Werner, era de los segundos, de aquellos que se llamaban kaijins del mar.

Aun con la brújula sostenida con su pinza del brazo derecho, Alfred fue al camarote del capitán, su lugar privado del Sueños Cumplidos que el Capitán Dwight le arrebató igual como el mando del navío. Al entrar, Werner no pestañeó al comprobar que sus sospechas eran reales: Ese lugar ya no le pertenecía. Dwight estaba en el sillón del capitán, sus codos estaban apoyados sobre el escritorio del centro del camarote y sus puños sosteniéndole su alargada cabeza, era como si estuviera esperando a que él apareciese por la puerta de un momento a otro, como si todo fuera una burda obra de teatro y Dwight fuera el único que conociera el guión.

-Siéntate Alfred, parece que tienes algo que decirme.- Dijo el Capitán Dwight adelantándose a quien acababa de entrar.

 Alfred obedeció y se sentó a una de las sillas de madera de enfrente del escritorio. Dwight se mantuvo en silencio, no dijo nada, simplemente se dedicó a observar al kaijin. No confiaba en él. Un capitán abandonado en su propio barco y rodeado de comida y bebida, era algo demasiado fácil para ser un castigo de piratas, más si era cierto que de allí desencadenó todas esas banderas de las tres monedas de oro rodeadas de siete gotas de sangre. Jamás olvidaría esas banderas ni lo que le hicieron a su barco el Pez de Fuego. Aparecieron de la nada, como si el mar las hubiera escupido justo al lado de su navío. Los cañones pudieron hacer frente a una de las banderas enemigas, pero la segunda ya le estaba atacando por la popa, una tercera venía por babor. Al principio Dwight creyó que el Pez de Fuego podría resistir todos los ataques, que su navío, el fruto de toda una vida, vencería a todos. Pero, se equivocó y el Pez de Fuego se hundió en el fondo del mar.  Si Werner tenía algo que ver con aquellos mal nacidos, y juraría por su ya hundido barco que Werner y esas banderas estaban relacionadas, el Capitán Oscar Dwight estaba dispuesto a hacérselo pagar y para ello, tenía un buen plan preparado.

Los segundos parecieron horas, ninguno de los dos capitanes quiso empezar a hablar. Se dedicaron a observarse, el uno al otro. Dwight volvía a tener su largo cabello blanco peinado en punta para parecer más alto e intimidante. Y lo conseguía, Werner, verdaderamente, se sentía intimidado hacia él; tanto que llegaba a sentirse indefenso, desnudo y débil ante las armas invisibles que Oscar Dwight conjuraba contra él. Era algo absurdo pensar que el silencio pudiera llegar a convertirse en un arma intimidante, tanto como pensar que el hacerle ver como un saco de mal augurio y tentáculos hacia la tripulación llegaría hacer algún efecto sobre él. Pero así lo era, Werner sentía que el silencio le estaba dejando sin respiración y que su sola presencia era considerada un insulto hacía el que ocupaba el sillón del capitán.

Alfred tragó saliva y se dispuso a hablar, pero no tuvo ningún éxito. Antes que dijera una sola palabra, el Capitán Dwight se adelantó a hablar.

-¿Y bien?-

Alfred se quedó mudo, no sabía como tenía que contestar; era consciente de lo que quería decir pero no sabía cómo tenía que hacerlo sin caer en una de las famosas trampas del Capitán Dwight. Engaños, silencios taimados, palabras con doble o incluso triple y cuádruple sentido, la imagen ante los demás, chantajes, verdades a medias… Todo pirata de la Hermanda conocía al menos dos elementos de la amplia lista de armas invisibles que el capitán del Pez de Fuego gustaba de utilizar.  Pobre de aquel que cayera en el infortunio de estar bajo el punto de mira de los ojos de color cobre y el pelo blanco peinado en punta. Según contaban los viejos rumores entre piratas, una vez, un marinero del Pez de Fuego que desobedeció una orden directa de su capitán quedó tan enloquecido por los crueles juegos de Dwight que más nunca pudo decir otra cosa que no fuera su nombre: “Trico, Trico, trico.” Repetía una y otra vez el desafortunado. Cierto era que aquello solo eran rumores, pero Alfred no podía dejar de pensar en ellos mientras los ojos de color cobre seguían clavados en él.

-Por algún motivo has entrado a mi camarote, ¿no es así? Habla de una vez.- inquirió Dwight una vez más.

Werner tuvo que contenerse para no protestar de mala manera. Aquel no era el camarote de Dwight, era el suyo. Aquel era su escritorio y su sillón, al fondo había una hamaca donde él tendría que dormir, a la izquierda las estanterías llenas de libros y mapas y a la derecha una pequeña bodega con alguna que otra botella de ron. Dwight se había adueñado del camarote de la misma forma que lo hizo con el rumbo del Sueños Cumplidos. Estaba sentado en el sillón del capitán, rallaba los mapas de la estantería de la izquierda, dormía en la hamaca del fondo e incluso se bebió el mejor ron de la bodega de la derecha, aquel que le regalaron a Werner en el día de su nombramiento como capitán del Sueños cumplidos. Dwight había llegado demasiado lejos y Alfred no supo contenerse más.

-Sé lo que estás haciendo conmigo.- Dijo en un hilo de voz.

-Claro que lo sabes, que seas un kaijin no significa que seas estúpido. ¡Di lo que quieres!- Volvió a interrumpir sin dejar hablar a Werner.

-Eso hago.- Dio un golpe con su pinza de su brazo derecho al escritorio, estaba empezando a perder la paciencia. - El Sueños Cumplidos no es tu navío, es el mío.-

-Por desgracia, si estuviéramos en el Pez de Fuego hacía días que hubiéramos llegado a la isla del Cisne.- Una amplia sonrisa se dibujo en la boca de Dwight, estaba disfrutando haciendo hablar al kaijin.

-Vete al fondo del mar con tu Pez de Fuego. El Sueños Cumplidos es mi barco y yo soy su capitán.- Por muy mayor que fuera Dwight y por muchos años que hubiera ejercido como capitán, Werner no estaba dispuesto a hablarle con respeto. Ambos eran capitanes, estaban al mismo nivel el uno con el otro. Si Oscar Dwight le trataba como un kaijin, él iba a hacer lo mismo. - Daremos media vuelta, rumbo a la cala de la Hermandad.-

La respuesta de Dwight fue una larga risotada. Los dientes del Capitán, a diferencia de otros piratas, eran completamente blancos, igual que su peinado. Solo había una cosa que le importaba más a Dwight que el Pez de Fuego y era su aspecto. Su imagen era fundamental para causar la imagen que el quería tener. Tardaba horas en fabricar la cera con la que se peinaba a partir de grasa de tiburón y pólvora, más tiempo aun requería en peinarse su largo cabello, por no hablar de su peculiar forma de vestir pues, en lugar del negro (color favorito de los capitanes comunes), él escogía el blanco marfil junto al rojo fuego para sus trajes. Todo era para dar la impresión amenazadora que necesitaba. Sino fuera por cómo vestía y como se peinaba, Werner sería más alto y parecía más peligroso que él, algo que Dwight no estaba dispuesto a permitir.

El Capitán Dwight se levantó de la silla, con movimientos lentos y metódicos como si estuviera siguiendo el mismo guión que solo el parecía conocer.

-Tu ya no eres capitán.- Dijo al final cuando terminó de reír. -Ese sombrero que llevas te pesa demasiado. - Se puso a espaldas de Werner y le quitó el sombrero que le definía como capitán del Sueños Cumplidos dejando al descubierto la bolsa de tinta de calamar que tenía en su nuca. Al Capitán Dwight le dio asco ver esa parte del kaijin al descubierto, pero la supo disimular bastante mejor de lo que Werner disimulaba su ira.  –Bien pensado, nunca deberías haber llevado ese sombrero. No sé a qué idiota se le ocurrió que un kaijin pudiera capitanear un navío. Seguro que tu antiguo capitán era un borracho.-

Werner no dijo ni una sola palabra. El Capitán Dwight había llegado demasiado lejos. No tenía derecho a hacer nada de lo que le estaba haciendo. Ese era su barco, su camarote y su sombrero; no el de Dwight.  Debería estar agradecido, pues fue él quién lo encontró en la barca huyendo del fuego. Pero no, no era así. Con la clase de personas que le llaman kaijin en lugar de llamarle por su nombre, nunca era así.  Se levantó de la silla, se puso de frente a Oscar Dwight, quien aun tenía el sombrero sobre sus manos, y de un golpe con la tenaza de su brazo derecho, directo a la cabeza de Dwight, Werner, hizo que el capitán del Pez de Fuego soltase por las malas el sombrero de capitán.

-No sabes lo que has hecho kaijin.- El Capitán Dwight sonrió a la vez que palpaba con delicadeza su ojo izquierdo que se le estaba hinchando por momentos. -¡Ayuda, el Capitán Werner se ha vuelto loco!-Gritó con todas sus fuerzas.

Las puertas del camarote se abrieron de golpe y tres de los piratas del Pez de Fuego entraron armados con grandes espadas. Alfred tenía la impresión que esos tres hombres habían estado esperando los gritos de Dwight desde el primer momento en que entró al camarote del capitán. Como si fuera parte de ese mismo guión metódico que seguía Dwight; como si todos conocieran la obra de teatro excepto él.

Las espadas salieron de las vainas directas hacia el cuello del kaijin, primero la de los tres piratas, luego la del Capitán Dwight. Fuera lo que fuera lo que el kaijin del mar estuviera tramando fracasaría en el intento. Ya lo habían atrapado, ahora Dwight solo tenía que esperar. Era solo cuestión de tiempo y Alfred se derrumbaría por completo y confesaría estar involucrado en los ataques de las banderas de tres monedas de oro en el centro de siete gotas de sangre. Claro que también cabía la posibilidad de que fuera inocente, aunque de serlo nadie iría a defender la palabra de un kaijin.


-Lleváoslo al calabozo.- Ordenó Dwight sin apartar su mano derecha del ojo morado que Alfred le había hecho con la tenaza. –No quiero verlo hasta que lleguemos a tierra.-

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