domingo, 7 de febrero de 2016

Idella (Carbunco IV)

Al cabo de unas semanas tras la muerte de Arethusa, la mayor parte de la ciudad de Rûo enfermó por beber agua del río. Todo ser vivo que bebía de sus aguas quedaba infectado por el Carbunco. Entre los infectados estaba la joven Idella, hermana menor de Arethusa. Tenía apenas dieciséis años, seis menos que su ya difunta hermana, cuando las pústulas negras comenzaron a emerger de su blanca piel. La fantasía de Arethusa se hizo realidad.

El único apoyo con el que contaba Idella eran las visitas de Talio, el único de sus amigos del pueblo que no temía encontrarse con ella en tal estado. Los días en casa con su familia estaban contados, sus padres abandonaron a Arethusa cuando enfermó por miedo que sus otros cinco hermanos enfermasen de Carbunco. Con eso en mente, Talio se convertía en el pilar central de su vida, la única persona con la que podía confiar y el único amigo que le quedaba.

Las visitas de los doctores, aquellos a los que Arethusa llamaba artífices matasanos, disminuían día a día. Al principio se interesaron por ella por lo rápida que avanzaba la enfermedad sobre su cuerpo. Su joven belleza se marchitó. La piel, que hasta entonces fue blanca y suave, se le caía a tiras no sin antes formar espantosas costras de un desagradable color negro, tenía miedo de tocarse el cabello pues cada vez que lo hacía en sus manos quedaban grandes mechones que, hacía unas semanas, fueron de color negro como la obsidiana y ahora carecían de color; pero, lo peor, sin duda alguna, era la sensación de estar muriéndose a paso agigantado. Había momentos que no podía respirar, la tos era tan grave que inundaba todos los otros sonidos de su hogar y  sus fuerzas escaseaban de tal manera que no podía moverse de la calma, daba gracias si podía alzar una mano y comer sin que nadie le ayudase. Con ese aspecto, Idella comprendía porque todos le habían abandonado, incluso los médicos. No, todos no, todavía quedaba Talio. Mientras él fuera a su casa a verla, ella podía sentir que todavía le quedaban esperanzas para seguir viva.

Sin embargo, Talio no iba a regresar más, no porque no quisiese, él no deseaba otra cosa que no fuera sentarse junto a su amada Idella, no podía ir porque estaba atrapado en la Torre del Relojero. El antiguo Relojero lo engañó con la promesa de salvar a Idella del Carbunco para que Talio tomase su puesto en el Trono del Reloj. Talio se convirtió en el nuevo Relojero y su forma de ver el mundo que le rodeaba cambió para siempre. “Ventanas”, así llamó el aprendiz de herrero a sus visiones. Cada ser vivo de Azäir tenía centenares de estas “ventanas”, cada una representaba una parte de su vida. Podía ver a su maestro herrero cuando no era más que un bebe o a los nietos de su hermano mayor jugando con otros niños.

Todas las “ventanas”, de algún modo u otro tenían, su importancia. Unas más que otras, pero todas eran esenciales para que hubiese un orden y el reloj que se posaba encima de su trono siguiera funcionando. Mas, Talio solo se centraba unas determinadas “ventanas”, aquellas en las que aparecía su amada. Idella de ocho años jugando con sus hermanos mayores, Arethusa enseñando a cocinar a Idella de la misma forma que ella lo aprendió de su madre, Idella sola en la cama llorando y pudriesen por el Carbunco...

Talio intentó gritar para desahogarse de la impotencia de ver morir a la persona que amaba pero en la Torre del Relojero no daba lugar otro sonido que no sea el producido por los engranajes del reloj. Se odio así mismo por haber caído en el engaño del Relojero. ¿Cómo pensar que un sueño, una simple ilusión lo atraparía para siempre? Nadie le echaría de menos. En la ciudad de Rûo todos pensaron que había huido a otro pueblo por miedo a que él también se contagiase de Carbunco; así lo vio Talio en sus “ventanas”. No sería el primero que desapareciera ni tampoco el único. Los pocos que se quedaban en Rûo lo hacían porque no tenían un lugar mejor a donde ir o porque ya habían aceptado morir. Nadie cuestionó que el joven aprendiz de herrero desapareciese en mitad de la noche.

Una esperanza brotó de la nada, en una de las “ventanas” en las que Talio cuidaba de Idella, ella se levantaba de su cama.

Nadie entraba a su habitación. Cada vez Idella se sentía más y más sola. Sus padres ya habían decidido que moriría acostada en su cama, los médicos, cubiertos por una especie de sacos y máscaras que los hacían parecer cuervos, solo entraban para darle un extraño brebaje que sabía a truenos, sus hermanos tenían prohibida la entrada a su cuarto y Talio, su único amigo, había desaparecido. Idella se había quedado sola, estaba muriéndose sola. 

Arethusa, o como ella la llamaba, Ary, le enseñó a luchar siempre. Ella era la luchadora de la familia no Idella. Recordó aquellos días en que Ary estaba en la misma posición que ella se encontraba; insultaba a los doctores, les llamaba inútiles matasanos y les repetía una y otra vez que sus medicinas eran asquerosas, incluso llegó a escupirles las pociones en la cara en más de una ocasión. Eso Idella era incapaz de hacerlo, aunque sabía que las pócimas no harían otro efecto que hacerla vomitar del asco, en ningún momento pensó en plantarles cara como lo hizo su hermana.

Tal vez, y solo tal vez, Idella necesitaba cambiar, tenía que dejar de ser la hermana pequeña, joven inocente que no podía hacer nada por sí sola y que siempre esperaba a que sus muchos hermanos mayores la defendieran, para convertirse en la luchadora que Ary era. No quería morir sola, no quería que sus últimas horas de vida fueran acostaba en una cama y con un espantoso sabor en la boca por culpa de la medicina. Quería salir, buscar a Talio, a sus hermanos mayores y, al ser posible, también a Arethusa.


Con la ayuda de una vara de madera usada como bastón, Idella se levantó de la cama. Se sentía débil y dolorida, pero por nada del mundo iba a dejarse morir sin luchar. Iba a ser fuerte, igual que Arethusa.

Cada paso que daba se convertía en una tortura, le dolían los músculos de las piernas como nunca antes le habían dolido. Los días de depender de todo el mundo incluso para poder comer habían terminado. Idella estaba caminando, poco a poco pero lo estaba haciendo. Llegó a la puerta de la habitación, con una mano sujetó el bastón y con la otra intentó abrir el pomo pero éste no cedía, no tenía suficientes fuerzas con una sola mano para poder abrir la puerta. Quería salir, iba a salir costase lo que le costase, iba a hacerlo y un ridículo pomo no se lo impediría. Soltó la vara de madera y con las dos manos abrió la puerta. Poco falto para que ella cediese igual que lo había hecho el pomo.

-¡Hola, ¿hay alguien?!- Gritó con voz apagada seguida de una infame tos. Nadie respondió.

No parecía haber nadie en la casa, estaba vacía. Era extraño pues siempre había gente corriendo de un lado a otro. Si no eran sus padres eran sus seis hermanos, mejor dicho, sus cinco hermanos. Idella no quería aceptar que Arethusa hubiera fallecido. La puerta de la casa estaba abierta, ¿se abrían marchado, por fin le habían dejado morir sola? Sus padres, sus hermanos, Talio, todos… ¿De verdad se habían marchado?

Al salir del domicilio todo el pueblo tenía el mismo aspecto de desolación. Las únicas personas que veía eran aquellas que estaban muertas, marcadas por las costras negras que el Carbunco dejaba en su piel. Los animales también habían enfermado, incluso el aire que respiraba parecía estar enfermo. Toda aquella escena era demasiado para ella. Los insectos la rodeaban como si fuera un cadáver más, ellos eran los únicos que salían beneficiados de toda aquella historia del Carbunco.

Idella caminó entre los barrios de Rûo. Fue fácil diferenciar entre dos tipos de hogares, los de las puertas abiertas y los de las puertas cerradas. Los primeros pertenecieron a las personas que habían abandonado la ciudad por miedo a quedarse infectados, en cambio, los hogares de puertas cerradas, eran aquellos que, todavía en sus casas, no dejaban entrar al Carbunco. ¿Y la casa de Talio, era de las de puertas abiertas o cerradas? Idella deseó con todo su corazón que fuera una de las casas de puertas cerradas. Necesitaba estar con alguien y Talio no renegaría de abrirle la puerta. Él no era así.

La casa de Talio estaba al otro lado del río, a las afueras de Rûo, cerca de la fragua donde trabajaba de aprendiz. Estaba lejos pero si había podido salir de casa y caminar por si sola, no iba a rendirse ahora. Paso a paso, tortura tras tortura, Idella fue avanzando por los caminos de la ciudad. El puente estaba cerca, un unos pocos metros más y pasaría el río.

Cayó al suelo. Sus fuerzas no eran suficientes para poder seguir caminando, tampoco lo eran para seguir viviendo, pero Idella no se rindió. Ary tampoco se hubiera rendido, tenía que seguir el ejemplo de su incansable hermana mayor. Continuó avanzando arrastrándose por el suelo. El roce de las piedras contra las pústulas hacía que éstas sangrasen. Le dolía, le dolía como nunca antes le dolido ninguna otra herida. Idella sabía que no podía más, sabía que se estaba muriendo, que iba a dejar, entre el barro del suelo y la negruzca sangre que salía de su cuerpo podrido, un asqueroso cadáver, el resto de una joven que en sus buenos días de vida era considerada de las más bellas de la ciudad.  

Llegó a orillas del río, el mismo que usó Arethusa para su hechizo de nigromancia. Pero eso Idella no lo sabía, de haberlo sabido hubiera sentido temor al tocarlo. En el momento en que sus manos se posaron en las aguas del río, Idella terminó por desplomarse. El Carbunco había acabado con todas sus fuerzas. Por fin había fallecido.

Talio, desde su “ventana”, vio como Idella moría. Quiso alargar su mano, pasar el umbral de la “ventana” y acariciar la cara de su amada. El Trono del Reloj no le dejó, el Relojero solo era un mero observador, no podía participar en los actos de la historia de Azäir salvo que una persona acceda a ser utilizada.  La “ventana” comenzó a difuminarse, cada vez se veía más borroso hasta el punto de desaparecer por completo. Talio lo comprendió, las “ventanas” solo veían a los seres vivos e Idella acababa de morir.

Una nueva “ventana” se abrió en las visiones de Talio, una más pequeña, como las que aparecen en los bebes recién nacidos. Todavía no se podía ver nada en ella, tenía que esperar a que se formase por completo. Talio, ansioso por saber qué le iba a mostrar esa “ventana” nueva busco otras que perteneciesen a la misma nueva persona. Había aprendido a usar las “ventanas” a su favor. Pasado, Presente y Futuro. En la “ventana” siguiente a la nueva que se había formado vio agua, mucha agua, toda el agua del río que pasaba por la ciudad de Rûo. ¿Qué estaba pasando? Buscó con la mente la pequeña “ventana”, ya estaba casi formada. Agua, sí, eso era lo que veía, agua e Idella estaba dentro de ella.

“El agua es el nexo, es la vida y es la muerte. Los humanos nacen en el agua de sus madres. Necesitan beber para no morir deshidratados. Necesitan la vida que solo el agua les puede dar. Y, sin embargo, el agua también se la arrebata. Ahogados, todos mueren ahogados. Es el nacer, es el camino y es el morir.”

Esas fueron las palabras que ponían en el libro de nigromancia que Arethusa utilizó para intentar salvar su vida. Palabras que resonaban constantemente en su mente. Era irónico, pues el río, aquello que usó para intentar salvar su vida se convirtió en su tumba. Ella no estaba en ninguna parte, su cuerpo había fallecido por el Carbunco, pero su espíritu se quedó enjaulado en el río. Arethusa se convirtió en el agua del río, aguas que traían consigo la enfermedad del Carbunco.

En el momento en que las manos de Idella tocaron el agua que pertenecía al espíritu enjaulado de Arethusa, algo cambió dentro de ella. Su deseo, su mayor deseo era vengarse de todos quienes le habían abandonado, de los malditos matasanos que con la promesa de que la iban a sanar solo la estaban empeorando más, de los habitantes de Rûo que le dieron la espalda y, sobre todo, de su familia que le abandonó antes de que el Carbunco contagiase al resto de sus hermanos. Su fantasía se hizo real, no solo había enfermado a casi toda la ciudad, había matado a su hermana más pequeña, Idella. Debería estar contenta, feliz de que esos capullos recibieron todo cuanto se merecían, pero no lo estaba. Idella no se merecía morir como lo estaba haciendo. Había mucha gente que se merecía morir en Rûo, pero no ella.

Las aguas del río se unieron formando una figura femenina similar a una escultura. Era Arethusa, la de antes de enfermar, la que fue bella y joven. Ary cogió de las manos a su hermana pequeña y la levantó en brazos.

- Es el nacer, es el camino y es el morir.- Dijo una voz venida de lo más profundo del río.

Las manos de Arethusa estaban absorbiendo la enfermedad. Su espíritu se había convertido en el agua y el agua era el nacer, el camino y la muerte de una persona. Ya había demostrado que podía matar a todos los idiotas de la ciudad por medio del camino que era el agua, llegó el momento de demostrar que también podía dar la vida. Las manos acuosas de Arethusa absorbieron la enfermedad, podía hacerlo pues esa misma enfermedad venía de ella misma.

-¿Estoy muerta?- Por fin habló la nueva y sana idella.- Por eso te puedo ver Ary, porque ambas lo estamos.- Ella estaría pesando que se trataba de un sueño, que había llegado a uno de los cielos que rezan los creyentes.

Arethusa no respondió. No sabía cómo responder a los delirios de alguien que, unos segundos atrás, estaba muerta. Se limitó a sonreír. Hacía mucho tiempo que no mostraba su sonrisa.

 Cuando terminó de absorber toda la enfermedad que residía en el cuerpo de Idella, la dejó a orillas del río con la misma suavidad con la que la había cogido. Idella estaba durmiendo, soñando con la vida, seguramente. Unas gotas saladas cayeron desde los ojos de la figura de agua. ¿Los ríos pueden llorar? Se preguntó para sí misma Arethusa sin abandonar sin abandonar la sonrisa que tanto tiempo atrás hubo desaparecido.

Antes de que Idella volviera a despertar, la figura femenina de agua se fue por la misma dirección que viajaba el río.  No iba a consentir que ningún inocente más muriese por su culpa. Los matasanos, la gente que le dio la espalda en Rûo y sus padres le importaban una mierda, ellos sí merecían morir. Pero, la pequeña Idella no había hecho nada; incluso recordó que ella fue quien le hacía los deliciosos caldos de pollo que comía en los días en que se moría en la cama por culpa del Carbunco. Idella no iba a morir, ni ella ni nadie más que no se lo mereciera. Tenía que escapar, huir a algún lugar donde nadie volviera beber de las aguas de su jaula.  



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