viernes, 11 de diciembre de 2015

Gladiadores

¿De qué le servía abrir los ojos al despertar si al cabo de unas pocas horas volvería a estar en la arena peleando por su vida? Todos los días eran iguales. Se despertaba, le lanzaban un cubo con comida como si fuera un maldito perro, le llevaban a una jaula más pequeña de la que ya vivía de por sí para mostrarlo al público antes del “espectáculo” y, al final, sin saber si quiera como había llegado allí, estaría en la arena combatiendo por sobrevivir contra los otros esclavos a los que los humanos mal llamaban gladiadores.

Tres golpes a los barrotes de su celda acompañados de un “¡Despertad perros!” por parte de uno de los encargados de las arenas era la señal de que un nuevo día había empezado. El orco lució una amarga sonrisa bajo sus colmillos. Pensaba en cuán irónico era saber que, hasta hacía no más de tres meses, era un gallo quien iniciaba el día y no la voz de un seboso humano. Luego, llegó el almuerzo, dos trozos de muslo de pollo crudos, uno más que el día anterior y uno menos que hacía dos días. El orco hizo caso omiso al número de muslos, a la suciedad que se acumulaba en la carne y a lo mal tratados que estaban. Se los comió asumiendo que, posiblemente, sería lo último que comería. Cualquier comida que probase un gladiador podría ser la última comida.

Unos minutos después, tres humanos bien armados entraron en la celda que era el hogar del orco. No le dijeron nada, simplemente entraron, le dieron una patada al estómago, le pusieron unos grilletes en las manos y en los pies y lo metieron en una jaula de cuervos en la que apenas podía moverse.  Otros dos esclavos padecieron el mismo ritual. Los humanos escogían solo a los gladiadores más horrendos y asquerosos. En ocasiones, solían echar un cubo de heces de res sobre sus cuerpos antes de llevarlos a la entrada del coliseo. Contra más repugnantes eran más espectáculo daban. El orco, por fortuna o por desgracia, era tan  horrendo para el ojo humano que no necesitaba un montón de mierda en su cara.

Afuera del coliseo, los humanos se comportaron igual que todos los días. Primero tenían miedo de acercarse, pero del temor pasaban pronto a la ira. Manzanas, peras y todo tipo de fruta eran lanzadas hacia los gladiadores en sus pequeñas jaulas. Lo único que sorprendió al orco fue la corta conversación que tuvo con un niño que deseaba convertirse en gladiador. Estaba loco. Desear ser un esclavo era tan absurdo como desear que nunca apareciera el sol.

Era la primera que Alvin, un niño de cabello rubio y seis años de edad, iba al coliseo a ver luchar a los gladiadores.  ¡Qué emoción! Su madre le había contado que en la arena los buenos luchan contra los malos pero que nadie sabe quién es el bueno y el malo hasta el final, pues entonces vería al bueno celebrar la victoria y a los malos muertos en el suelo. Sin embargo, para Alvin lo importante era ver como los gladiadores luchaban igual que lo hacía su padre, sir William Wade. Hacía mucho tiempo que no lo veía, se fue al norte a luchar contra los orcos malos.  

-Vamos mamá date prisa.- Dijo Alvin mientras corría por las gradas buscando su asiento. – Está a punto de empezar.-

-Todavía queda para que empiece.- Respondió su madre todavía impactada por la conversación que había tenido su hijo con el orco en la entrada. - ¿No tienes miedo?- Ella sí lo tenía pero si su hijo estaba bien lo demás no le importaba.

- No mamá, porque al final los buenos siempre son los que ganan.- Contestó con energía.

Al contrario de lo que ella esperaba, Alvin estaba ansioso de ver como esos hombres se mataban entre ellos. Pensó que, quizás, llevarlo al coliseo sería una buena idea para meterle miedo y que se le quitase, de una vez por todas, el deseo de seguir los pasos de su padre. Ya era suficiente con esperar meses para ver de nuevo a William y preguntarse cada día por si estaba bien. No podía soportar la misma espera también con su hijo. Pero no sus planes fracasaron, por cada segundo que se acercaba al inicio de los juegos, Alvin estaba más y más emocionado.

La pregunta que se hizo Alvin en aquel momento fue en quiénes son los buenos. Él sabía que los gladiadores eran buenos, entonces, ¿por qué el orco dijo que los gladiadores morían? No podía ser verdad.  Los malos mueren y los buenos viven.  Los buenos no pueden morir porque de ser así su padre no hubiera matado a ciento de orcos. Un mensajero de Lord Berly fue a su casa a decirles que habían ganado la batalla y que sir Wade volvería pronto. El orco se equivocaba. ¡Claro que se equivocaba! Él era de los malos, él sería de los primeros en morir. ¿Pero y si de verdad morían gladiadores? Debía de hacer algo. Sí, eso era. Alvin sería quien rescatase a los gladiadores para que no muriesen a manos de los malos.

En unos pocos minutos las puertas de hierro que daban a las arenas se abrirían. El orco, junto con otros esclavos, esperaban con las mismas ansias con las que esperaba Alvin en las gradas pero por motivos diferentes. Mientras el niño se sentía emocionado de ver combatir a los gladiadores con la espada igual que combatía su padre, el ansia de los esclavos nacía del más puro temor. Deseaban con todas sus fuerzas que comenzase ya la lucha, pues cuando antes empezase antes acabaría.

-Que Padre Cielo guiar camino y Madre Tierra cuidar de él.- Rezó el orco en voz baja.

-Tus Dioses no te salvarán, orco.- Protestó uno de los esclavos humanos. –Por mucho que supliques clemencia morirás en la arena. ¡Todos moriremos! Tus Dioses no estarán ahí fuera para guiarte y cuidarte.-

-¡Equivocar!- Gritó el orco con todas sus fuerzas.- Orco no rezar Dioses. Orco rezar a Cielo y a Tierra. Fuera mirar arriba, estar Cielo. Fuera mirar abajo, estar Tierra. Orco rezar a lo que ve. Mejor que rezar a estatuas de cosas que no ve igual que hacer humano.

El esclavo intentó levantarse para enfrentarse contra el orco pero su compañero de la derecha le frenó antes de que pudiera hacer nada. Él no parecía como los otros humanos. Tanto el aspecto físico como la forma de hablar eran muy diferentes al resto. Su cabello era rojizo, sus ojos del mismo color que la miel y su piel blanca como la nieve; para el ojo humano podría tener aspecto de héroe, para el ojo del orco parecía ser de una raza diferente al resto de hombres. Pero, lo que más le llamaba la atención era que el pelirrojo no hablaba al orco como si fuera un animal enfermó de rabia, lo hacía como si fuera un hermano más.

-Cálmate compañero, reserva tus fuerzas para la arena- Dijo el humano de los cabellos rojizos. - ¿Cómo te llamas amigo?-

-¿Preguntar a orco?-

-Claro que preguntar a orco.- Contestó riendo imitando su modo de hablar.

-Llamar Braad Zurko.-

-Encantado señor Zurko.-Le estrechó fuertemente la mano.- Mi nombre es Síndaro, mis amigos me llaman Sin.-

Desde las gradas, Alvin y su madre vieron como se abrían las puertas de hierro de la arena dejando paso a decenas de esclavos que lucharían a muerte entre ellos. En medio del inmenso círculo habían unas armas tiradas en el suelo: espadas, tridentes, hachas, lanzas…, casi un arsenal completo. Rápidamente los esclavos corrieron hacia ellas, quien quedase desarmado estaba firmando una sentencia de muerte. Dos de los esclavos llamaron la atención al niño y a la madre desde el primer momento, el orco que ya habían conocido en la entrada y un joven de cabellos rojizos,  la señora Wade pensó que era demasiado apuesto para ser un esclavo, en cambio, Alvin supo que él era el verdadero gladiador.

Uno a uno los malos iban murieron y el héroe pelirrojo era quien ganaba. Alvin no podía sentirse más emocionado. Veía a aquel hombre a la vez que se veía así mismo empuñando la espada de su padre matando a los malos orcos. Por cada esclavo que el gladiador mataba, Alvin saltaba del asiento moviendo sus brazos para imitar los movimientos del héroe pelirrojo con la espada y el escudo.

Solo quedaban unos pocos con vida, el gladiador pelirrojo y el orco estaban entre ellos, cuando de repente las puertas de hierro se volvieron a abrir dando paso a tres enormes leones. El público saltó de emoción al oírlos rugir. El espectáculo de sangre y muerte estaba garantizado. Uno de los leones fue directo hacia Sin, intentó defenderse con el escudo pero fue inútil. El animal le mordió el brazo donde portaba la espada con tanta fuerza que faltó poco para que se lo arrancase.

-¡Peludo!- Gritó el orco lanzando una piedra contra el león que mordía el brazo de Síndaro.- ¡Luchar contra orco!-

El león obedeció, el humano estaba mal herido, podría comérselo más tarde. Su enemigo era el orco que le había lanzado una piedra.  Braad empuñó con sus dos manos el espadón que cogió del centro de la arena. Sin le había defendido ante los otros hombres y, todavía más importante, le había hablado como si fuera un hermano más no un animal; no iba a dejar que muriese a merced de un simple león.

Alvin se estremeció al contemplar aquella escena. El gladiador pelirrojo, el único auténtico gladiador de verdad que él había identificado estaba muriendo desangrado. Los buenos no podían morir, tenía que hacer algo para salvarle. Lo había prometido. Prometió que iba a salvar a los gladiadores. No iba a dejar que los buenos muriesen como dijo el orco.

-¡NOOO!- Gritó a la vez que se levanta de su asiento en las gradas y corría hacia la arena. Su madre, por mucho que gritase, no pudo impedírselo.

Alvin saltó la cerca y se cayó en la arena.  No sabía cómo lo iba a hacer pero estaba convencido de que él y solo él iba a salvar a los gladiadores. Dos leones lo vieron con el mismo deseo en que el niño veía una tarta recién hecha por su madre. Alvin no tenía ninguna arma en sus manos ni nada con lo que poder defenderse, era un delicioso aperitivo. Del público solo la madre suplicaba que salvasen a su hijo, los demás, tan solo gritaban y aplaudían por ver lo morir.

-¡Zurko ha caído un niño!-Gritó Síndaro con las pocas fuerzas que le quedaban.- ¡Olvídate de mí y sálvalo!-

Sin se puso en pie conforme podía. Con la mano que antes llevaba un escudo sujetaba la espada. Braad entendió lo que dijo. La vida de un gladiador no merece la pena, están condenados a morir. Si no era aquel día sería el siguiente, pero morirían de la misma forma. El orco se escabulló del león que se estaba enfrentando, Síndaro se ocupó de entretenerlo, ahora lo que tenía que hacer era salvar al niño que se había caído.

Alvin no podía morir. Era bueno, solo quería salvar al gladiador, eso es algo bueno. Su madre le dijo que los buenos no podían morir por lo que él tampoco iba a hacerlo. Uno de los dos leones que quedó enfrente suya rugió, el segundo lo acompañó más tarde. No quería escucharlos rugir, no quería verlos. Alvin se tapó los oídos con las manos y cerró fuertemente los ojos. No quería ver cómo iba a morir.

Una  enorme mano le cogió de la cintura y le levantó del suelo. ¿Estaba volando? Alvin abrió los ojos muy lentamente. El orco con quien había tenido una pequeña conversación antes de entrar lo había cogido con un brazo como si fuera un saco de patadas mientras en la otra empuñaba una espada más grande que él.

-¡Leones atrás!- Gritó el orco mientras apuntaba con su espadón a los animales.

El niño vio al orco con otros ojos. Ya no era el feo malvado que había visto en la entrada, era un gladiador, uno de los buenos. Detrás de los dos leones distinguió la figura del héroe de cabello rojizo. Un león lo estaba devorando. Alvin tuvo ganas de llorar pero el miedo se lo impedía.

-¡Atrás!- Volvió a bramar Braad. Los leones le contestaron con rugidos.

Dejar morir al niño hubiera sido fácil, pero no lo correcto. Según la fe que seguía Braad, Padre Cielo quería justicia y Madre Tierra protección. Uno estaría a favor de dejar morir al niño pues él deseaba ser un gladiador, lo justo sería dejarlo morir como tal. Pero Madre Tierra se pondría en contra suya. Ella protegía y amaba a todos los seres por igual, no había razón para dejar morir a un hijo.

Uno de los leones saltó hacia ellos. Braad fue más rápido y atravesó su lomo con la espada antes de que llegase. Pero no vio venir al segundo animal cosa que lamentó con un zarpazo en la pierna, una herida apenas superficial en comparación con el mordisco que había recibido Síndaro en el brazo.  El orco levantó con una mano al niño todo lo que pudo, su madre desde las gradas intentaba cogerlo. Mas ninguno de los dos llegaban.

-¡Mamá!- Gritó Alvin entre las lágrimas que escapan de sus ojos.- ¡Mamá!-

-Prometiste salvar gladiadores.- Dijo el orco con un frio tono.-  Ver ahora que nadie poder salvar gladiadores.- Quiso decirlo como una pregunta pero su acento se lo impidió.

-No quiero morir.- Suplicó Alvin.

-Tú no ser gladiador. Orco prometer tú no morir.-

Braad saltó haciendo impulso con su pierna sana para dar al pequeño infante a su madre quien lo recibió con un amplio abrazo. Al segundo león se le sumó aquel que estaba devorando el cadáver de Síndaro.

-Padre guiar. Madre cuidar.- Rezó el orco antes de que los leones le atacasen.


Los soldados de las gradas hicieron sonar sus ballestas y mataron a los leones de la arena antes de que el orco muriese. Para ellos el espectáculo era lo primero y el orco era quien más público traía. Con una pierna mal herida y con la pena en su corazón por haber visto morir al único humano que le llamó amigo, Braad regresó a su celda. Sabía que al día siguiente tendría que combatir de nuevo.  

1 comentario:

  1. Me encantó éste capítulo de gladiador.
    Una historia de muchos valores. Y muchas veces tienen mayores valores aquellos a quienes despreciamos.
    Supongo que habrá continuación de ésta historia.

    ¡saludos!

    ResponderEliminar