sábado, 14 de noviembre de 2015

Señal de auxilio (Capitán Werner III)

Dos semanas habían pasado desde que esas malditas sabandijas le abandonaron a su suerte. Imbéciles, bastardos, idiotas, malditos… El Capitán Werner no tenía suficientes insultos para gritar en su soledad en medio del océano. Su tripulación… Su antigua tripulación lo había traicionado en medio de la noche. Agarraron el navío llamado Riquezas y le dejaron solo en el Sueños Cumplidos. Solo, solo, solo y mil veces solo. Si al menos le hubieran matado o le hubieran dejado sin comida con la que abastecerse hubiera muerto sin nada a lo que agarrarse.  Pero no, aquellos bastardos habían preferido llevarse el oro que llevarse los víveres. La cocina del Sueños Cumplidos estaba llena de latas en conserva y algunas frutas todavía comestibles. Aquellos días, el instinto animal del Capitán floreció ante su escasa humanidad. Solo comía y bebía con la mera intención de sobrevivir, igual que lo hubiera hecho un animal.

Aquella noche, el Capitán Werner vio unas luces acercándose al Sueños Cumplidos.  ¿Otro navío? ¿Qué otra cosa podía navegar por el mar? Era la oportunidad que estaba esperando para salir de aquella prisión que se había convertido su propio barco. De alguna forma u otra debía hacer que aquellas luces lo vieran. Debían saber que él estaba allí. ¿Pero cómo? El Capitán se movió nervioso por la cubierta del barco buscando algo que ni él mismo sabía qué era, como si esperase encontrar una antorcha gigante al lado del asta mayor.

Después de dos semanas de dura soledad, su inteligencia estaba dañada. Le costaba pensar con claridad; como si un velo oscuro cubriera la luz de su mente. Nunca antes había necesitado un trago de ron como en aquel momento.

-¡Eso es!- Gritó el Capitán. -¡Ron!-

Corrió hacia los almacenes del Sueños Cumplidos deseando que cuando volviera a cubierta las luces continuarían estando allí. Cogió un barril de ron, otro de los muchos víveres que su traicionera tripulación le dejó, y lo llevó a cubierta. Las luces todavía estaban en el mar, eso era una buena noticia. El Capitán echó el barril de ron al mar y esperó a que se alejara unos metros del navío para dar paso a la segunda parte de su plan. Solo faltaba una cosa: fuego. Una pequeña chispa haría explotar el barril de alcohol y llamaría la atención de esos supuestos barcos.

Al igual que  hacían los héroes de los viejos cuentos que escuchó cuando era niño; el Capitán Werner frotó dos trozos de metal para hacer salir una pequeña chispa y poder encender una antorcha para lanzarla hacía el barril. Sin embargo, Alfred no era ningún héroe. Ellos, según contaban las historias, podían usar la magia de su entorno en beneficio propio. No importaba que frotasen dos piedras, dos trozos de metal o incluso dos pedazos de madera; en todo momento podían encender una simple chispa. En la vida real no pasaba lo mismo que en los cuentos; aquí y ahora la magia no traía más que maldiciones como la que asolaba el cuerpo humanoide del Capitán. Una pinza de cangrejo en su mano derecha, unos tentáculos en lugar de barba, una mano cuyos tres dedos centrales eran largos tentáculos… Para eso servía la magia y para nada más. El Capitán no tenía ni siquiera dos manos con las que sujetar los dos pedazos de metal.

Desde lo lejos resplandeció una luz mucho más intensa que las demás y, de pronto, con un estallido que le hizo cerrar los ojos, todo acabó. Las luces que escasos minutos brillaban a lo lejos del Sueños Cumplidos desaparecieron llevándose con ella la esperanza del Capitán Werner. Era su última oportunidad para poder sobrevivir como una persona más y no como un animal acorralado. Si tenía suerte, todavía le quedaba comida para una, a lo sumo dos semanas más. Entonces, cuando no tuviera nada que meterse en la boca, moriría de hambre.

Acabado y rendido por no poder haber hecho nada para avisar a aquellas luces de su presencia. El Capitán bajó a los camarotes del barco. La noche empezaba a refrescar y morir de hipotermia sería el colmo de sus males.

-¡AYUDADNOS!- Gritaron unas voces perdidas en el océano. –POR FAVOR, AYUDNOS!-

Lo más probable es que fueran ilusiones producto de la imaginación del Capitán. Incluso, era muy posible que aquellas mismas luces también fueran producto de esa misma imaginación tan traicionera como su antigua tripulación. Se estaba volviendo loco. Tenía que reconocerlo cuanto antes, mejor: Estaba loco. La tortura de la soledad le había dañado la mente. No tenía a nadie con quién hablar, ni nadie con quién discutir. No tenía nada qué hacer ni nada por lo que vivir. Aquel era el mayor de los castigos, el saber que no tenía nada y que aun así tenía que sobrevivir por el orgullo de sus instintos más primarios.

-¡HAY ALGUIEN EN EL BARCO!- Las voces resonaron por la borda del Sueños Cumplidos. Estaban cerca. Las ilusiones estaban cerca.

El Capitán subió, con paso lento y cansado hacia cubierta. No tenía esperanza alguna de que alguien estuviera bajo el barco llamándole y, si fuera verdad, serían las sirenas quienes le estarían llamando para darle muerte.

-Marchaos.- Rugió el Capitán a las voces. No quería saber nada de ellas. En el agua no había nadie. Era una ilusión. Estaba seguro de que así lo era.

-¿Alfred Werner?- Una de las voces le reconoció, seguramente por culpa de su extraño acento causado por los tentáculos de su barba. - ¿Eres tú?-

-¿Quién lo pregunta?-

-Capitán Dwight-

Alfred corrió a asomarse por la borde por tal de ver que, ciertamente, en el mar estaba el Capitán Dwight, un hombre extravagante que gustaba de hacer controladas explosiones con tal de causar pavor a sus enemigos.

-¿Qué demonios os ha pasado?- Alcanzó a decir el Capitán Werner con un hilo de voz a la vez que lanzó una escalera de madera para que subieran al Sueños Cumplidos. Esas voces no podían ser más reales. Dos pequeñas barcas de madera con cinco personas en cada una de ellas era todo cuanto quedaba de la tripulación del Capitán Dwight. –Suban a bordo, rápido.-

-Nos has salvado la vida.- Dijo Oscar Dwight abrazando al Capitán Werner.- De no ser por ti hubiéramos muerto como miserables perros.- El pelo de Oscar era de color blanco como la nieve, de normal, tenía la costumbre de peinárselo en punta como si le hubiera alcanzado un rayo porque, según él, así parecía más alto. Pero, en aquella noche, el cabello del Capitán Dwight estaba agachado; eso era más que suficiente razón para que Alfred pensase que había pasado algo horrible.- ¿¡Lo viste!? Dime que lo viste y no me lo estoy inventando. Primero solo había un barco, Riquezas o algo así se llamaba, pero luego vinieron otros barcos más y luego otros y al final el Pez de Fuego se hundió. No pudimos hacer frente a todos a la vez.- Hablaba rápido y nervioso sin pararse a pensar qué estaba diciendo. Mas, una palabra entendió de aquella amalgama de cosas sin sentido. “Riquezas”.

-Háblame despacio amigo.- Imploró el Capitán Werner.

Oscar tragó aire y empezó a hablar de nuevo. -Había un barco, se llamaba el Riquezas creo recordar. Su bandera… ¡Eso sí recuerdo bien!  En el dibujo había tres monedas de oro rodeadas por siete gotas de sangre. Llegó hace nueve días a la cala junto a otros barcos de la Hermandad. Todos decían lo mismo: Sangre y Oro.- Hizo una pausa para relajarse aunque le era imposible.- ¿Sabes lo que significa Alfred? Querían nuestra sangre y nuestro oro. Es como un motín a gran escala. Yo y otros Capitanes pudimos huir llevando con nosotros a nuestros hombres de confianza. Pero alcanzaron a mi barco, el Pez de Fuego. –Estaba a punto de echarse a llorar. Para un capitán, perder su navío es como peor que si le cortasen un brazo.- Estoy seguro que has tenido que ver mis señales de auxilio.-

-Sí. Las he visto.- Contestó con un tono de culpabilidad y pena.

-¿¡Y POR QUÉ NO VENISTE A SALVARNOS!?- Agarró el cuello de la camisa del Capitán Werner con fuerza. –Juntos los hubiéramos derrotado. ¡Los dos juntos hubiéramos hecho arder a todos esos barcos.-

-Oscar.- Dijo el Capitán con cierto tono paternal.- Aunque hubiera deseado ir a ayudarte no hubiera podido. Yo también me enfrenté hace dos semanas contra el Riquezas.- Bajó la mirada con un gesto de arrepentimiento.- Esto es por mi culpa. He sido un mal capitán. Yo creé el Riquezas.-

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