sábado, 3 de octubre de 2015

Lord Hielo (William Wade I)

Las últimas espadas de los orcos que todavía quedaban enteras se estaban quebrando bajo sus pies. Era uno de los días más felices de Sir Wade. No recordaba haber estado tan orgulloso de sí mismo en mucho tiempo. Desde que Lord Berly le dio el privilegió de dirigir a sus hombres hacia la guerra contra los orcos, el caballero no podía pensar en otra cosa que no fuera en cómo sería los días de batalla que le esperaban. No sentía nerviosismo, era impaciencia. Era la primera vez que lideraba un ejército hacia una batalla. Por fortuna para su orgullo de caballero, la batalla había finalizado en una de las mejores victorias de toda su vida. Bajo sus pies yacían centenares de cadáveres de orcos y solo unos pocos humanos.

Lord Berly, también estaba orgulloso, había tomado una buena decisión ofreciendo a Sir William Wade liderar su ejército, otros nobles no hubieran confiado en él. Un caballero que no había superado la veintena no podía Sir una buena elección. Sin embargo, si algo le llamó la atención a Lord Berly fue la confianza y seguridad que Sir Wade le brindaba. Muchos caballeros no se hubieran atrevido a viajar a las frías tierras de Fohpë con el fin de dar muerte a unos pocos orcos que su único delito fue salir de sus poblados en busca de comida. El invierno era duro, tanto para la familia Berly como para los orcos que vivían al norte de sus tierras. Algunos hubieran dicho que era una guerra innecesaria, cruel y, ¿por qué no decirlo?, insensata. Una batalla contra los orcos, por pequeña que fuera, podría acabar en una masacre. Fohpë estaba lejos de las ciudades de los humanos, no había necesidad de impedir que los orcos viajasen por esas tierras. Más de una vez quisieron convencer a Lord Berly de la locura que estaba cometiendo. Nobles, caballeros e incluso su propia mujer intentaron abrirle los ojos. Ninguno lo consiguió. La única persona que le dio la razón fue Sir William Wade, un joven caballero de pelo rojizo y ojos castaños ansioso por emprender el viaje de su vida. El primer cuervo que recibió Lord Berly llevaba una carta que informaba de la victoria de su ejército en Fohpë.

Kilómetros de distancia de la habitación de Lord Berly, Sir Wade llevaba el ejército de su señor a casa. Sabía que muchos otros caballeros habían negado liderar aquella batalla. Él no fue la primera elección, no tenía duda ello, al igual que no tenía duda de que él había sido la mejor decisión que Lord Berly pudo tomar. ¿Cuántos humanos habían muerto aquel día? No más de treinta hombres de un regimiento de cuatrocientos. En cambio, de más de mil orcos, solo había quedado uno vivo.

-Veamos..., ¿por dónde empezamos?- Comenzó a interrogar el caballero de pelo rojizo al orco que habían capturado como rehén.- ¿Qué hacíais en Fohpë? No te atrevas a engañarme, te aseguro que lo sabré.-

-Orcos hambre. Orcos comer.- Repetía una y otra vez el orco con su horrible acento.-Orcos hambre. Orcos comer.-

-Te he avisado, no puedes mentirme. En Fohpë no hay granjas de comida ni siquiera hay árboles frutales. Aquí solo hay nieve y frío.-

-Renos. Zorros. Conejos. Pocos, pero comida.-

-¿Me quieres decir que un millar de orcos han bajado de sus poblados solo para cazar renos? - Sir Wade cogió su espada y la puso en el cuello del orco. -Estoy harto de mentiras.- El caballero vaciló durante unos instantes mientras el frío filo de su espada acariciaba el cuello del orco. -No merece la pena. ¡Lleváoslo! Será un buen trofeo para Lord Berly.-

-Para Lord Hielo.- Corrigió el orco con un susurro que perturbó el valiente corazón del caballero.

Un segundo cuervo llegó al palacio de Lord Berly. En él informaba que el ejército que había enviado a defender sus tierras al norte de Fohpë empezaría a emprender el camino de regreso tras su última batalla. El señor prestó atención a las últimas líneas de la carta en las que, Sir Wade, le decía que tenía preparado un trofeo para él.

A Lord Berly no le hizo gracia que parte de la comida, que había cedido de sus almacenes especialmente para el viaje, fuera a parar a las tripas de un engendro. Mas, visto de otra manera, le entusiasmaba tener un orco como mascota. Sería el primer noble que tuviera una criatura de esa índole sirviéndole el té. Siempre y cuando el orco no comiera demasiado, Lord Berly no podía negar que Sir Wade había tenido una brillante idea en dejar un orco con vida.

Hacía días que el invierno había caído en las tierras de Fohpë. El frío se había convertido en su nuevo enemigo. Uno más fuerte e implacable que los orcos que mató semanas atrás. La nieve del suelo hacía que los pasos de los caballos fueran cada vez más y más lentos, y  más y más  mortales. Pues, bajo la enorme capa blanca sobre la que caminaban, ni los hombres ni los animales podían ver qué estaban pisando. Observar cómo un caballo tropezaba por una roca escondida bajo la nieve y romperse la pierna se convirtió en algo rutinario. Cada día tenían que sacrificar cuatro o cinco animales por haber quedado heridos por las rocas o porque sus piernas habían quedado congeladas.

Los caballos no eran los únicos que padecían la fuerza del invierno. Los hombres enfermaban por el frío. Aquellos que habían quedado heridos de gravedad tras combatir contra los orcos fueron los primeros en morir. El proceso era lento y doloroso. La sangre de sus heridas, todavía abiertas, empezaba a congelarse rápidamente formando el llamado "Mal del Hielo". Los hombres, perdían la sensibilidad de las zonas donde una espada orca les había dañado. La única solución que Sir Wade ordenó cuando alguien comenzaba a sufrir el "Mal del Hielo" era cortarle la extremidad que se estuviera congelando. Aquello fue la peor orden que jamás había dado. No solo los hombres heridos se congelaron más rápido, sino que también, sufrían cien veces más. Por las noches nadie dormía, los gritos inhumanos de aquellos que padecían el "Mal del Hielo" no les dejaba dormir.

La compañía de Sir Wade se volvió lenta y pesada. Los caballos que todavía seguían con vida los usaban para llevar los suministros y los heridos; los hombres eran los que, a pie, tenían que marcar el paso. Hacía tiempo que dejaron de celebrar la victoria contra los orcos. Puede que hubieran ganado la primera batalla contra aquellos infames engendros, pero estaban perdiendo la guerra contra el invierno. El único que reía era el orco que el caballero había dejado con vida para servir como trofeo a Lord Berly. A Sir Wade le daba la impresión que el orco sabía algo que él no podía llegar a comprender. Cada vez que tenían que cortar un brazo congelado de un hombre, cada vez que tenían que sacrificar un caballo y cada vez que un hombre quedaba reducido a un mísero trozo de hielo el orco soltaba una horrible risotada.

-Lord Hielo.- Repetía el orco con su grotesco acento sin dejar de reír. - Agradecer a Lord Hielo.-

Sir Wade, en un ataque descontrolado de ira e impotencia golpeo con la empuñadura de su  espada a la cabeza del orco. -¡Calla o te corto la cabeza aquí mismo!-

El orco obedeció. Dejó de reír durante un tiempo, solo hasta que otro hombre más muriera por el "Mal del Hielo". Entonces volvía a entonar su amarga risa. El honor del joven caballero impedía que le matase. Era el trofeo de su primera victoria; un premio por todos los logros que había cumplido. Se imaginaba que, al cabo de los años, cuando ya fuera un anciano y entrase al palacio de Lord Berly, vería orgulloso la cabeza de aquel orco disecada en la pared y, bajo de ella, su nombre escrito con letras doradas. Entonces,  sabría que había tomado una buena decisión. Todo por lo que ahora estaba pasando tendría su recompensa en un futuro.

Hacía casi tres semanas que Lord Berly no recibía ninguna carta por parte de la guarnición que había llevado a Fohpë. Mientras los orcos estuvieran muertos no tenía de qué preocuparse. Nadie viajaría al sur de sus tierras para invadir su palacio. Su familia seguiría con vida, su mujer se acostaría al otro lado de la cama, sus hijos jugarían por las habitaciones del castillo, sus caballos seguirían en el establo y su dinero estaba a salvo.

Lord Berly se asomó al balcón de su habitación. Le gustaba admirar las banderas de su castillo moverse al son del viento con el blasón de su casa imponente dibujado en ellas. Un escudo en forma de copo nieve y en cuyo interior se muestra la representación de la misma espada que perteneció en sus días a sus antepasados. Si quería preservar las tierras que un día conquistaron los antiguos Berly, tenía que tomar decisiones como la de mandar un grupo de guerreros bajo el mando de un insensato caballero a una muerte segura bajo el acero del invierno.

-Cariño.- Dijo la mujer del Lord Berly  mientras se le acerba poco a poco.- ¿En qué piensas?- Pasó su mano sobre la espalda del viejo señor.

-No es nada. Volvamos a la cama, podemos dormir tranquilos.-

De los cuatrocientos guerreros que un día emprendieron el viaje hasta Fohpë tan solo quedaban unos veinte hombres y un solo orco con vida. El “Mal del Hielo” había arrasado con la guarnición del mismo modo que un niño arrasaba con las hormigas en el patio trasero de su casa. Los primeros en caer fueron los heridos y los caballos, luego, los hombres que parecían más sanos comenzaron a enfermar. Todo empezaba con un dedo morado que pasa a todo un brazo paralizado y, al final, acababa con la fría muerte del hielo.
Incluso el joven hombre de pelo rojizo que un día, no hace mucho tiempo, tenía el orgullo de llamarse caballero, comenzó a sufrir el “Mal del Hielo”. Los dos dedos más pequeños de cada uno de sus pies y los dos dedos centrales de su mano izquierda se tornaron completamente morados. Su esperanza por poder salir con vida cayó al igual que cayó su orgullo y su honor de caballero.
-Orcos no matar humanos. Frío matar humanos. - Decía el orco con su grave voz. – Débiles humanos de Lord Hielo. –
-Te recuerdo que los humanos “débiles” mataron a todos tus amigos.- Le contestó uno de los hombres de la guarnición  que todavía le quedaban fuerzas para seguir luchando.
-Orcos no querer matar humanos. Orcos hambre. Orcos querer comer.-
-Déjalo.- Se adelantó a decir William Wade antes de que su compañero golpease al orco como el mismo hubo hecho semanas atrás. –Tiene razón.-  El caballero, por sorpresa de todos sus hombres, rompió los grilletes que amarraban al orco. - ¿Orcos quieren comer? ¡Pues come!- Empuñó su espada con toda la fuerza que le quedaba y decapitó al orco ya liberado. -¡Come, maldito seas, come!-
Los otros diecinueve hombres con vida no daban crédito a lo que su líder estaba haciendo. Se había vuelto loco, puede que todos ellos también lo estuvieran. Nadie dijo una palabra en contra de Sir Wade, para ellos todavía seguía siendo un caballero a quien había que mostrarle respeto, aunque estuviera loco.
William Wade sabía muy bien qué estaban pensando los otros hombres, él pensaría lo mismo de estar en su posición. Pensaría qué el “Mal del Hielo” y el tener que ver como cada uno de los hombres que formaban su ejército le habían vuelto loco. Sin embargo, William no se sentía como un loco. Se sentía más cuerdo que nunca. Por fin lo entendía todo. Lord Berly era tan poderoso y tan rico que podría enviar a cualquiera de sus otros caballeros a defender sus tierras; se negasen o no Lord Berly mandaba sobre ellos. Pero, le escogió a él. veinticinco años, apuesto, ingenuo y valiente; no le iban a echar en falta en palacio.
Cogió uno de los cuervos que todavía quedaba con vida en la jaula y escribió, usando como papel la propia tela de su chaqueta y como tinta su propia sangre, una última carta para Lord Berly:

Saludos mi señor:
Hemos muerto. Todos. Dos meses de viaje para llegar a Fohpë, un día para ganar a los orcos en combate y cinco semanas para morir. ¿Lo tenías pensado, verdad? Me nombraste líder de esta cruzada para que muramos todos en este infierno de hielo. He visto a hombres llorar como bebes suplicando un poco de fuego para poder aplacar el “Mal del Hielo”. He tenido que cortar con mi propia espada las extremidades congeladas de mis hermanos para luego verlos morir. Lo peor de todo es que ahora me doy cuenta de que sabías que esto iba a ocurrir. Nosotros moriremos congelados pero tú debes de tener el corazón completamente helado, es la única explicación de por qué nos has mandado a morir. El orco tenía razón, tú nombre es Lord Hielo.
Firmado: Sir William Wade, un muerto congelado.



5 comentarios:

  1. Está de lujo la historia, bueno, es que a mi me gustan mucho las lecturas de este estilo

    Saludos, seguiré visitando

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    1. Me alegro un montón que te haya gustado. Comentarios así son los que me hacen feliz; muchísimas gracias y un abrazo enorme desde aquí ^.^

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  2. Muy buena historia, me gustan estas historias con orcos.
    Buena semana.

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  3. Está buena la historia, aunque por momentos me cansaba un poco la vista, jajaja
    Pronto seguiré leyendo el resto. ¡Te agradecería que pasaras por mi blog también!
    http://conversasconmigo.blogspot.com/

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  4. Una linda tragedia. Me gustó el desarrollo en el cual comienza a notarse la barbarie humana contra el hambre del salvaje.

    Noto que te gustan los orcos llevo dos de dos historias, de orcos jajajaj solo que sea una simple coincidencia.

    ¡bonita tarde!

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