domingo, 20 de septiembre de 2015

La Torre del Relojero ( Carbunco III)

Al cabo de unas semanas tras la muerte de Arethusa, la mayor parte de la ciudad de Rûo enfermó por beber agua del río. Todo ser vivo que bebía de sus aguas quedaba infectado por el Carbunco. Entre los enfermos estaba la joven Idella, hermana menor de Arethusa. Tenía apenas dieciséis años, seis menos que su ya difunta hermana, cuando las postulas negras comenzaron a emerger de su blanca piel. La infame fantasía de la joven Arethusa se había hecho realidad.

Talio, el aprendiz del herrero, siempre estuvo enamorado de Idella en secreto. Jamás le dijo ni una sola palabra sobre lo que sentía en el interior de su corazón. Cada mañana, pasaba por la puerta en el momento en que ella se iba a comprar el pan. Cuando Idella enfermó, Talio fue el primer y el único habitante de Rûo que fue a visitarla. Para los demás, incluso para sus propios padres, ella solo era un cadáver más que apilar junto al resto de muertos consumidos por el Carbunco. Mas, para Talio, Idella era una rosa que se estaba marchitando sin que pudiera hacer nada por remediarlo. 

Los doctores no daban abasto. Cada día aparecían más infectados por el Carbunco. Las medicinas para calmar los dolores causados por la enfermedad y las cremas que retrasaban un par de días más la caída de la piel podrida por las postulas negras escaseaban. Solo las familias más adineradas podían permitírselo. La familia de Idella no era una de ellas. Talio, en su afán para ayudar a su amada, utilizaba el poco dinero que ganaba en la herrería para comprar las medicinas que la familia de Idella no podía permitirse. La vida de Talio se centraba únicamente en trabajar para comprar las medicinas y en hacer compañía a su amada. Era difícil tener que ver cómo la persona que más quería se estaba consumiendo sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

Una noche, mientras dormía, Talio soñó con la Torre. No era un torre cualquiera, podía notarlo. Era la Torre. Era tan blanca como el marfil y tan alta que las nubes discutían con ella por gobernar el cielo. El aprendiz del herrero jamás había visto un edificio tan grande ni tan hermoso. No le dio pena reconocer que lloró en sueños cuando vio la magnificencia de la Torre. 

“Sé cómo curar a Idella.” Sonó una voz en su mente. Era tranquila y completamente neutral como si nada le importase. “Sube.” No hizo falta que dijera que el lugar donde tenía que subir era en la Torre. 

Talio comenzó a andar hacia a la Torre. Parecía que el camino se formaba a sus pies. Por cada paso que daba aparecían unas baldosas de color amarillo acompañadas por unas rosas rojas que le iban acercando a la Torre. Tenía la sensación que aquello era más que un sueño. Podía notar el aire, era frío, también podía sentir el intenso aroma de las rosas impregnado en el ambiente. Cuando soñaba no era consciente de cada detalle que ocurría. Podía ver, oír y oler pero solo las pequeñas cosas que tenían importancia en el sueño. En cambió allí era plenamente consciente de absolutamente todo. Era una sensación extraña. Mas, nada de eso le importó. Esa voz que sonaba en su interior tenía la cura del Carbunco. Podía salvar a Idella. Eso era lo único que le importaba. Si aquello era más que un sueño significaría que, por fin, iba a encontrar la cura a la enfermedad y no un simple calmante. 

“Entra”. Volvió a sonar la voz cuando Talio llegó a la Torre. “Entra y sube.”

El aprendiz del herrero no vio ninguna puerta por donde entrar. La Torre era completamente lisa. No había puerta ni ventanas en lo alto, era como un enorme obelisco de color blanco marfil que lo hubieran tallado a la perfección para que se pareciese a una torre. Talio, hizo caso omiso de la lógica y puso la palma de su mano derecha en la pared de la Torre. Algo sonó en el interior, era un ruido mecánico como el que hacía el muelle de la herrería donde trabajaba. Fuera lo que fuera, la pared se abrió de par en par. Talio entró.

“…y sube.” Repitió la voz.

Dentro, el aprendiz del herrero tenía la sensación de estar en el interior de un reloj gigante. Tuercas, muelles, tornillos y engranajes rodaban y sonaban entre sí como si alguien hubiera cogido miles de millones de molinos y los hubiera puesto a girar entre ellos. En medio de aquel caos mecánico se formaba a cada paso que daba una escalera de caracol del mismo color que las baldosas. Talio subió. 

-¡¿Quién eres?!- Alcanzó a preguntar atemorizado a medida que seguía subiendo.

“El Relojero.” Esta vez la voz no solo sonó en el interior de su mente. Talio tenía la impresión que la voz del Relojero resonaba en cada engranaje y en cada tornillo de la Torre.

Al cabo de unos pocos minutos, las escaleras de caracol lo llevaron a la habitación más alta. Talio sabía que había tenido que haber subido cientos y cientos de metros, sin embargo no estaba cansado. No tenía hambre, sed ni nada que se le asemejase. En aquello sí parecía estar en un sueño en el que el tiempo no tenía poder.

“Entra.” 

La puerta de la habitación era de color dorada, al igual que la escalera y que las baldosas. Talio puso la palma de su mano derecha en la puerta y la empujó como hubo hecho antes para entrar a la Torre. Dentro de la habitación tan solo había un hombre atado a un trono coronado por un reloj cuyas manecillas se movían sin ningún orden. 

“Acércate.” Dijo el Relojero sin mover la boca.

Talio obedeció. Se acercó muy lentamente al lugar donde estaba atado el Relojero. No le gustaba aquel hombre vestido con una túnica negra y bordados dorados. A cada segundo que pasaba, el Relojero cambiaba. En un momento el hombre envejecía treinta años hasta convertirse en un anciano y al siguiente parecía ser un niño recién nacido. De alguna forma u otra, Talio sabía que la perturbación de la edad del Relojero era por culpa del reloj del trono pero no sabía explicar por qué lo hacía. Sus pasos  eran cada vez más vacilantes. Tenía miedo. Miedo de que el trono lo atrapase e hiciera con él lo mismo que estaba haciendo con el Relojero si es que le estaba haciendo algo. Decenas de ideas pasaron por la cabeza del joven. Era como un sueño donde los recuerdos se perturbaban para acoplarse a la historia de fantasía que había creado su imaginación. Talio era capaz de recordar haber visto ese mismo trono tan extraño, capaz de recordar haber visto el reloj cuyas manecillas se movían sin ningún orden y, sobre todo, era capaz de recordar haber entrado en la Torre del Relojero.

“Libérame.” Ordenó el Relojero.

Unas cadenas de hierro rodaban el cuerpo del Relojero como si una serpiente lo estuviera estrangulando. No había ningún candado que atase los extremos de la cadena, ni siquiera parecía que la cadena tuviera algún extremo. 

-No sé cómo hacerlo.- Dijo Talio nervioso. Sabía que si no conseguía sacar de allí al Relojero jamás podría curar a Idella. Ella moriría sin saber qué era lo que él realmente sentía al verla. –No puedo hacerlo.-

“Haz lo mismo que al entrar.”

Talio, instintivamente puso la palma de su mano derecha en las cadenas como hizo con la pared de marfil de la Torre y la puerta de la habitación. Las cadenas se abrieron, los extremos aparecieron con un destello amarillo en el lugar donde puso la palma de la mano.

El Relojero, que en ese momento parecía tener la misma edad que Idella, se levantó del trono sin mediar palabra con el aprendiz del herrero. Talio estaba cada vez más nervioso. Estaba sudando. No podía aguantar la tensión que le generaba la presencia del Relojero. 

-¿Y bien?- Llamó Talio al ver que el Relojero no le decía nada. - Dame la cura para el Carbunco. ¡La necesito!

-Quieres salvar a Idella. Lo sé. Lo he visto.- Esta vez el Relojero movió sus labios para hablar. Desde que se levantó del trono no había cambiado más de edad. De no ser por la túnica, Talio hubiera pensado que podría tratarse de un joven cualquiera. -Quieres salvarla para decirle que la amas.-El Relojero hizo una pausa para tocarse la cara y su pelo de color verde oliva como si no se la hubiera tocado durante mucho tiempo. 

-¡Dámela!- Contestó furioso. 

-No.- 

El Relojero empujó con fuerza a Talio al trono del reloj. Inmediatamente después, las cadenas se unieron en torno al cuerpo del aprendiz del herrero. No podía hacer nada. Estaba atrapado. No podía mover ni un solo músculo. 

-Ahora tú eres el Relojero.- Dijo el joven de pelo verde.

Talio no pudo contestarle, no pudo darle un puñetazo en la cara como habría deseado ni siquiera pudo verle. Su realidad había cambiado parar formar una visión completamente diferente a la que él estaba acostumbrado. Era como si hasta en aquel momento hubiera visto su vida desde el exterior de una única ventana. Todo cuanto sucedía lo había visto solo desde su punto de vista, desde su ventana. En cambio, cuando el trono lo atrapó se abrieron millones de ventanas diferentes, cada uno debía presentar una diferente persona. Sin embargo, como las manecillas del reloj del trono, la imagen de las ventanas no seguía un orden propio. En la primera una persona acababa de nacer, en la siguiente era un anciano terminal y en la tercera aquel mismo niño era un hombre adulto y se estaba casando con una mujer.

-Lo que ves es el tiempo.- Explicó el anterior Relojero como si le estuviera leyendo la mente. - El pasado, el presente y el futuro de cada persona. -Hizo una pausa para removerse el pelo.- Siempre ha de haber un Relojero para mantener el control del tiempo.-
El nuevo Relojero que un día tuvo el nombre de Talio, comprobó que las indicaciones del joven de pelo verde eran ciertas. Buscó, entre todas las ventanas, aquellas que apareciese Idella. Tras una ventana estaba completamente sana, en la siguiente enferma por el Carbunco y, de nuevo sana casada con el hijo del sastre de Rûo. Pasado, presente y futuro. 


-No soy cruel. ¿Querías salvar a Idella? La acabas de salvar aunque no te hayas dado cuenta. -Por un lado, Talio se alegró de escuchar aquellas palabras por parte del su antecesor. Pero, por otro lado, no podía soportar tener que contemplar a su amada junto a otro hombre. - Ella se ha salvado, pero tú estás condenado.- Sentenció el anterior Relojero.

1 comentario:

  1. ¡Hola! De las tres, ésta es la mejor, me gustó mucho la descripción que haces de la torre, y quedar atrapado en el tiempo para salvar a su amada, todo tiene un precio, lo malo que no le preguntaron, aunque el ya lo presentía.

    Veo que ya modificaste la página, ya es mucho más fácil moverse, Te esta quedando genial.

    ¡saludos!

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