jueves, 17 de septiembre de 2015

El Rey de la Locura (El Jorobado II)

Lo perseguía. Podía sentirlo. Cada vez que se daba la vuelta lo veía. Estaba ahí. Lo observa con sus enormes ojos rojos. Era el niño que lo había matado con la espada mágica hecha de globos o, por lo menos así lo creía el Jorobado. Éste no tenía el cabello rubio ni los ojos azules como el crío que participó en su última función, tenía el cabello del mismo color que la ceniza y unos grandes ojos rojos que brillaban en la oscuridad. Pese a saber la diferencia de ambos niños, el Jorobado seguía convencido de que eran el mismo héroe e iba a matarle otra vez, como muchas otras veces lo había hecho. Para él, el aspecto del niño era lo de menos. No le importaba que fuera rubio, moreno o castaño, la importancia residía en su edad. Pocas, eran las veces en que los otros payasos se esforzaban por encontrar a uno medianamente guapo, la mayoría eran niños entre cinco y siete años quienes, temerosos, hacían el papel de héroe, el mismo héroe que acababa con la vida del monstruo.

 El Jorobado seguía corriendo. Intentaba huir de su pasado y de la figura del niño de ojos rojos. No iba hacia ninguna parte. No tenía rumbo. Solo corría hasta que sus piernas deformes se desplomaban por el cansancio. Entonces dormía entre cartones para el día siguiente retomar su carrera.

Día a día, otras personas se le unieron en su infinita carrera. Todos tenían un objetivo en común: Escapar. Corrían para huir de aquello que se imaginaban que les perseguían. Demonios, espíritus o meras sombras que aparecen y desaparecen. Cada uno creía ver su propia ilusión, cada uno tenía su propio monstruo que le perseguía hasta el cansancio. El Jorobado, el único engendro de la naturaleza que de verdad existía, se convirtió en un mesías para todos aquellos locos. “En el país de los ciegos, el tuerto es el rey.” Pensó el Jorobado con cierto orgullo. “Yo soy el rey. El Rey de la Locura.”

Llegaron a la ciudad de Prescot, el Jorobado la conocía bien, era el destino principal de su antiguo circo. Una pequeña ciudad situada al Este de Azäir sin murallas ni apenas más de una docena de guardias y con un público más entregado que en cualquier otra ciudad. Para Pierce, era el lugar perfecto donde asentar su circo durante unas semanas. 

Nada más entrar en la ciudad, el Jorobado vio a lo lejos la punta de la carpa que, un día, la llamó hogar; eso no ayudaba. Los recuerdos de su maltrato fueron más feroces que nunca. Recordó cada patada, cada estirón de pelo, cada espada mágica hecha por unos simples globos y a cada niño que le hubo matado. Los gritos, las risas y los insultos seguían anidando en su cabeza como una enfermedad que no quiere ser curada.

-¡Basta!- Clamó el Jorobado con la intención de hacer desaparecer sus propios recuerdos. –¡No soy un monstruo!- Gritó más de un vez. -¡Soy el Rey de la Locura y mi ejército me acompaña! Hoy es el día. Todos se rendirán ante el rey.- Los locos aplaudieron las  palabras de su mesías aunque no entendieran la mitad de las palabras que dijo. -¡Venganza!-

-¡Venganza!- Gritó todo su ejército de locos al unísono. -¡Venganza!- Sabían que significaba esa palabra y estaban dispuestos a demostrarlo. -¡Venganza!- Por aquellos que los maltrataron, por aquellos que los abandonaron a su suerte pensando que estaban poseídos por algún demonio. Por los gritos, por las risas y por los insultos. -¡VENGANZA!-

El Rey de la Locura pintó la cara de cada uno de los locos como si fueran payasos y, por último se pintó la suya propia como se la hubo pintado en su última función. Era su pequeño homenaje hacia Pierce. Más nunca iba a ser el Jorobado ni el Monstruo a quien hay que matar. A partir de aquella noche, todo cambiaría. Se convertiría en el Rey de la Locura, todos se postrarían ante él y el niño de ojos rojos dejaría de perseguirle.

Armados con fustas, cadenas y algún que otro trozo de metal puntiagudo, el ejército de locos avanzó hacía la carpa que una vez fue el hogar de su mesías. Recién acaba de empezar la función de los payasos. Uno de ellos se había puesto un cojín a en la espalda y hacía el papel que en su día le perteneció al Jorobado. En aquel momento, los payasos estaban en las gradas buscando al héroe que empuñaría la espada mágica para salvarlos.  

-¡Venganza!- Continuaban gritando los locos.- ¡Larga vida al Rey de la Locura!-

Bajo el manto de sombras de la noche, el ejército de locos desgarró la tela de la carpa del circo para entrar. La masacre fue devastadora. Al grito de “venganza” mataron a todo hombre, mujer y niño que se encontraban. El Jorobado nunca había visto un escenario tan grotesco como el que estaba contemplando. No había ningún héroe que empuñase una espada mágica para matar a los monstruos que él mismo había creado, solo habían gritos de dolor por parte de las víctimas y risas por pate de los locos. No era eso lo que él había imaginado. El quería que se arrodillasen ante él, que lo reconocieran como un rey. Si habría que matar a alguien lo haría sin dudarlo, pero no de la forma tan atroz que lo estaban haciendo los locos de su ejército.

Durante un largo minuto el Jorobado se quedó petrificado por el espanto que veían sus ojos. No podía hacer nada. Por mucho que intentase gritar, sus palabras eran acalladas por los gritos de los locos y los llantos de los cuerdos. Se arrodilló. No pudo contener su ya pesada espalda de por sí más el peso de la culpabilidad. Todo aquello era culpa suya. Era un monstruo.

El niño de ojos rojos y pelo color ceniza seguía estando detrás suya, mucho más cerca que la primera vez que lo vio. Veía el infame espectáculo con un brillo inhumano en sus ojos. El Jorobado, se dio cuenta de que el niño estaba disfrutando de la escena. En sus manos había una daga con un rubí del mismo color de sus ojos en la empuñadura.

-Me gusta cómo juegas.- Dijo el niño de ojos de rojos.- Mi nombre es Lucius. ¿Puedo jugar contigo?- El Jorobado creyó que la voz infantil de Lucius era una faceta con la que escondía algo terriblemente siniestro que no podía comprender. –Quiero jugar. Déjame jugar.- Suplicaba sin cesar.

El Jorobado, el monstruo que creyó haber sido un rey, se puso en pie y cogió la daga que Lucius le tendía. Tenía el impulso de suicidarse, quería clavarse la daga en la garganta hasta que dejase de respirar, era la única forma que se le ocurría para dejar de sentirse culpable por lo que creó; la única forma de matar al monstruo. Antes de morir, vio por última vez todo lo que había a su alrededor. Vio a los monstruos que él había creado pintados como si fueran payasos. Vio como uno de los locos apaleaba con una vara de metal la cabeza del cadáver de un niño rubio de ojos azules, se parecía al último héroe que lo mató con la espada mágica hecha de globos. Vio el cuerpo obeso de Pierce, su llamativo esmoquin que, un día fue de color negro y blanco, se teñía de rojo. Vio la realidad y vio la locura.

-Soy un monstruo.- Así se llamaba por haber creado aquel infierno.- Soy un monstruo.- Así se llamaba a falta de decirse palabras mayores. -¡SOY UN MONSTRUO!- Así se llamaba y así se sentía.

-Tú eres el monstruo y yo el héroe que matará al monstruo.- Dijo Lucius con una risa poco infantil.

-No. Tú no vas a ser quien me mate. Voy a ser yo.- Contestó el Jorobado. Sin haberse dado cuenta la risa de Lucius se le había contagiado.

Se dirigió, con la daga del pequeño niño de ojos rojos, hacia el cuerpo de Pierce. Quería verlo desde más cerca. Se suponía que él era la figura paterna más cercana que había tenido y, sin embargo, era la persona que más odiaba. Al verlo se dio cuenta que todavía seguía vivo. No tenía duda pues podía escucharlo jadear. El Jorobado lo observó durante un breve periodo de tiempo.

–Adiós.- Sentenció.

Tiró la daga de Lucius hacia un lado y agarró la barbilla del casi cadáver. Arrancó la quijada de un solo tirón sin dejarse ceder por los gritos de dolor y espanto que conseguía clamar Pierce en medio del mar de sangre que se había formado en su boca. El Jorobado estaba dispuesto a matar al monstruo, por una vez en su vida se sentía el héroe del espectáculo, en sus manos tenía la espada mágica que le daría muerte al monstruo, una espada hecha de hueso y no de globos. Empuñó la quijada con sus dos manos y la usó para suicidarse como si fuera una daga.

Una primera puñalada llena de odio y, a su vez, vacilación, le perforó un par de costillas. Aquella no fue su intención, tenía en mente clavársela en el corazón, mas su cuerpo arqueado  le impidió acertar donde él quería. El dolor era algo nuevo, como monstruo nunca había sentido dolor. Las espadas mágicas hechas de globos no dolían, la de hueso sí. El Jorobado gritó con todas sus fuerzas a la vez que reía de una forma atroz emulando la leve risa de Lucius. No sabía que iba ser tan doloroso ser el héroe de aquella escena de locura.

La segunda puñalada fue más decidida que la primera. Ya que no podía acertar directamente al corazón, estaba decidido a perforar la mayor parte de los órganos vitales que pudiera llevarse por el camino. En ningún momento dejó de gritar ni de reír.

La tercera puñalada fue la más fuerte de todas. El hueso se quebró en el interior de su vientre dejándole solo medía quijada en su mano y otra media clavada en su pulmón izquierdo.

No hizo falta una cuarta puñalada. Se estaba desangrando. No le quedaban fuerzas para continuar. No le quedaban fuerzas ni para seguir de pie. El Jorobado se cayó panza arriba en el suelo. En su vientre se veían tres grandes agujeros irregulares por los cuales no dejaba de brotar sangre. Lucius se acercó a verle. Subió a su estómago al igual que lo hubieron hecho cada héroe con la espada mágica de globos.

-¡He matado al monstruo!- Celebró el  niño de ojos rojos con su risa poco infantil. –¡Soy un héroe!



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