sábado, 29 de agosto de 2015

Sus últimos pasos ( Carbunco II)

Es curioso lo que recordaba. No recordaba haber nacido, no recordaba el peso de su primera espada de madera sobre sus manos, no recordaba la primera palabra que dijo ni tampoco haber dado sus primeros pasos.  Irónico, estaba dando los que serían sus últimos pasos y se preocupaba por recordar los primeros. En cambio, había otros pasos que no podía olvidar.

El recuerdo de unos pasos le pesaba como la armadura de cota de malla que un día vistió. Desfilaba por una alfombra de terciopelo de color roja; al frente, el rey de los humanos, Fearghal III. Honor, gloria y orgullo eran las palabras que decían cada uno de estos pasos a medida que se iba acercando al rey.  Aquel fue el día que le nombraron caballero.

Ese mismo caballero que antaño fue, se veía saliendo de una prisión. Encadenado de manos y pies por miedo a que pudiera escapar. Sentía que había traicionado su honor, su gloria e, incluso, su propio orgullo de caballero. El recuerdo le pesaba. Sentía como cada uno de los pasos que dio en la alfombra roja, le estaban pisoteando la espalda. No le dejaban respirar. No podía mantenerse erguido. No era un hombre. Un hombre que ha fallado a su honor no tenía el derecho de llamarse hombre.

-¡Adelante!- Gruñó una voz detrás suya al mismo tiempo que le empujaba de sus cadenas. –La horca te espera.-

 Por mucho que insistiera, él no podía marchar. Se cayó de rodillas por el peso que creía sentir. El hombre de su espalda tuvo que cogerle del cuello y volverle a poner en pie. Él no lo entendía. Nadie podía entender lo que sentía. No entendían lo que significa que un recuerdo pese tanto como para no poder caminar.

Los pasos que le llevaron a su investidura como caballero no fueron los únicos pasos que él recordaba. Había otros pasos.  Estos no eran pesados; eran afilados, tanto como la espada que sostenía en sus manos mientras camina hacia su casa de vuelta con su mujer.

Habían ganado la batalla. Habían pasados largos meses sin ver a su familia. Unas tierras del rey a quien juró lealtad estaban siendo atacadas por los orcos. Aunque hubiera querido negarse, no tenía derecho. Tuvo que abandonar a su mujer, a su hijo primogénito y a su hija que venía en camino. Tuvo que marchar a la guerra, pues él, por aquel entonces, era un caballero. No podía traicionar su honor.

Cuando llegó a casa después de tanto tiempo, su hijo no estaba para recibirle tampoco su mujer con el bebe recién nacido. Había soñado con esa bienvenida desde el primer día que marchó.  Subió las escaleras hasta llegar a la habitación con la esperanza de que le hubieran preparado una fiesta sorpresa por su llegada. Mas, la única sorpresa que recibió fue ver a su mujer y a su hermano follando en su propia cama.

En esta ocasión, no había una alfombra roja. En el suelo, lo único que acompañaba sus pasos eran las sabanas y la ropa interior de ambos amantes. Ira, odio y violencia eran las palabras que decían cada uno de sus pasos afilados a medida que se iba acercando a la cama. Mató a ambos amantes. A su hermano le cortó la cabeza y a su mujer le clavó la espada desgarrándole el vientre para asegurarse de que no tuviera más hijos en la otra vida.

Volvió a caer.

  -¡Levanta de una vez babosa!-
Por mucho que le empujase, no podía levantarse del suelo. En su corazón se habían clavado decenas de alfileres surgidos del recuerdo de los pasos afilados. No podía hablar. En su boca se habían formado llagas debido a los cortes que él creía estar sufriendo.

El hombre le dio una patada en la espalda para que se pusiera en pie. Él no le contestó. Siguió en el suelo con sus pasos pesados y sus pasos afilados.

No hizo falta una segunda patada. Parecía no hacer falta la propia horca que le esperaba al salir de la prisión. Él estaba muriendo. Comenzó a escupir sangre. Por todo su cuerpo, se formaron pústulas que no dejaban de sangrar en ningún momento. El hombre tuvo que alejarse varios pasos de él, le daba asco. Se estaba pudriendo en vida como un leproso. Solo que la muerte de un enfermo por la lepra era lenta, la suya era rápida y mil veces más asquerosa.

Su honor, su gloria… Su ira, su odio… No podía distinguir los detalles de cada recuerdo. Alfombra roja… ropa interior. Un rey…. Dos amantes….  Acabó pareciéndole el mismo recuerdo afilado y pesado al mismo tiempo. Unos únicos pasos que acabaron con su vida.



1 comentario:

  1. Hola otra vez. Como en mi ignorancia no sabía que es carbunco tuve que ir a buscarla al diccionario ya que la unica relación entre la 1 y la 2 es la forma de morir extraña. (Ya comprendí el título).

    Veo que te gusta la tragedia. A mi también. Estuvo entretenido este relato. Muy de la vida real. Te vas a trabajar unos meses fuera, pierdes tu familia y termina en tragedia.

    Después me pasare al tercer relato.

    ¿Cada cuándo publicaras la de gladiadores?

    Ya vi que organizaste por fecha. ¡Muy bien!

    ¡saludos!

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