martes, 18 de agosto de 2015

Riquezas (Capitán Werner II)

-¡Al abordaje!- Rugió el Capitán Alfred Werner.

No podía escapar. El “Sueños Cumplidos” tenía a su adversario amarrado. Un simple galeón de algún perfumado y asqueroso noble. Ese barco era, para un pirata, lo que una golosina era para un niño. Oro, joyas, obras de arte y sabían los dioses que más podría traer ese barco. A la tripulación del joven Capitán de apenas veintiséis años se les hacían las bocas agua pensando en el botín que iban a obtener. Sin embargo, él debía dar la mitad de todo lo que obtuviese a la Hermandad durante su primer año como capitán. Un pago más que justo.

Era su primer abordaje en solitario como capitán del “Sueños Cumplidos”. Estaba nervioso. El “Oro Marginal” no estaba allí para ayudarle, ni tampoco el “Tiburón Plateado” ni ninguno de los otros barcos de la Hermandad de piratas. Estaba solo. Era su oportunidad para demostrar su valía. No iba a fallar. Se sujetó a una de las cuerdas preparadas para el abordaje y saltó hacia la cubierta del barco enemigo. Dos soldados a cargo de proteger al noble con complejo de pirata fueron a enfrentarse contra el Capitán. Imbéciles. No tuvieron la menor oportunidad. Alfred desenvainó su espada de corsario y cortó la cabeza de ambos hombres antes de que estos pudieran hacerle el menor daño. Vía libre. Ya no había nadie que protegiese el camarote del falso capitán.

Todos los ricos eran iguales: unos malditos cobardes. Todos se escondían en sus habitaciones hasta que alguien entraba para matarles. Con la pinza de su brazo derecho, el Capitán destrozó la puerta del camarote. Allí estaba él. Escondido bajo la mesa. Alfred, la apartó de un empujón dejando a la vista un hombre débil y pequeño. No le dio lástima.

-Por favor no me mate.- Suplico el noble entre lágrimas. – Te daré lo que quieras. Te daré todo el oro que haya en los almacenes del barco. Sí. Todo. También tengo tierras. Muchas tierras. Te las daré. Podrías tener hasta un título nobiliario. Pero por favor, no me mates.- Finalizó las suplicas con un penoso llanto.  

-Ya tengo un título.- Contestó Alfred Werner. – Soy capitán pirata.- Al mismo tiempo que terminó la frase, agarró el cuello del noble con su pinza. Apretó y apretó y apretó la tenaza que la naturaleza le había proporcionado hasta que la cabeza del noble se desencajó del resto del cuerpo. En el cuello del decapitado solo quedó una llave atada a una cuerda. Alfred ya sabía lo que necesitaba saber.

El Capitán Werner, junto a dos de sus hombres, bajaron a los almacenes del navío mientras en cubierta continuaba el combate. La mayoría de sus enemigos ya se habían rendido, solo quedaban en pie aquellos cuyas pollas son inversamente proporcionales al tamaño de su espada. Nada que le preocupase al Capitán. Abrieron cada puerta, movieron cada mueble, destrozaron todo lo que se les pusieran por miedo hasta que al final lo encontraron. Una habitación repleta de cofres tan llenos de oro que la mitad de todas las monedas que había estaban dispersas por el suelo.

-¡En la vida había visto tanto oro en un mismo lugar!- Dijo Tihomir, el contramaestre del “Sueños Cumplidos”. Un hombre casi anciano. Él fue el primero que le siguió cuando dejó el “Oro Marginal”. Por esa razón le nombró contramaestre. Era viejo, cobarde y orgulloso, no era un buen hombre. Mas, Alfred sentía que debía pagar su deuda de alguna manera.  -¡Somos ricos! – Clamó el contramaestre.- ¡Ricos! Nada de ir a putas. Con esto podemos comprar un burdel diferente para cada uno de nosotros.-

-No.- Sentenció Alfred. – Este oro no es nuestro. La mitad es de la Hermandad. -

-No deberías beber agua del mar, no te sienta bien, mi joven capitán.- Dijo Tihomir en un tono sarcástico que el Capitán Werner odiaba. – Alfred,  te considero como mi propio hijo. Te he visto crecer. Desde que eras un joven grumete que no sabías ni hacer un maldito nudo. ¡Mírate! Eres todo un capitán. El más joven que he visto nunca. No cometas el error de dejar pasar una oportunidad como ésta. Coge tu parte del botín, cómprate una cala y llénala con mujeres. Es lo que pienso hacer yo con la mía.-

-Tihomir. –Suspiró.- Existe un código. La Hermandad necesita el dinero para reparar los barcos, comprar armas y suministros. Fuiste tú quien me lo enseñaste: La mitad de las riquezas que apresemos durante nuestro primer año será para la Hermandad.

-¡A la mierda con la Hermandad!

-No quería llegar a esto.- Suspiró de nuevo. – Yo soy tu capitán y te ordeno que te olvides del oro.- Esta vez, Alfred no tuvo que gritar. No fue necesario. Una orden directa de un capitán no la podía desobedecer.

-Sigues siendo un niño Alfred.- Dijo  bruscamente Tihomir al mismo tiempo que salía de la habitación. 
                                           
Dirigir un navío del tamaño del “Sueños Cumplidos” era difícil; dos, casi imposible. El “Riquezas”, así comenzaron a llamarle al galeón que habían apresado, estaba atado a la popa del “Sueños Cumplidos”. El Capitán debía de ser cauteloso. Huyó de las zonas más rocosas y fue tan lento como pudo por miedo a que le pasara algo al “Riquezas”. Un viaje que se podría haber hecho en cinco días se había convertido en viaje de largas y pesadas semanas. La comida y la bebida escaseaban y el oro sobraba. El escenario perfecto para un botín.

Anocheció. A esta velocidad, el Capitán Werner calculaba que todavía le quedaban como mínimo tres días antes de llegar a la cala donde se escondía la Hermandad. Necesitaban descansar.  La tripulación del “Sueños Cumplidos” dormía en sus camarotes mientras el Capitán intentaba mantenerse el mayor tiempo posible despierto. La idea de un botín cada vez era más clara. No podía permitirse el lujo de bajar la guardia. Debía mantenerse atento por todo lo que pudiera suceder.

Escuchó sonidos de cuerdas y pasos por cubierta. Llegó la hora. Pronto destrozarían la puerta de su camarote para matarle y apoderarse del “Riquezas”. Irónico, el había hecho lo mismo hace semanas con aquel noble. Alfred cogió su espada y esperó sentado en su escritorio como si nada hubiera pasase. Si algo aprendió del capitán del “Oro Marginal” era a usar su horrible aspecto como una amenaza. Sus tentáculos en los tres dedos iniciales de la mano derecho y en su barba, su pinza de la mano izquierda y, sobre todo, su mirada fría y severa como la mar embravecida eran sus armas para implantar miedo. El miedo le daba el respeto.

Nadie llamó a su puerta. El Capitán Werner se estaba impacientando. Necesitaba saber si de verdad iba a ser esa noche la última noche que sus ojos verían. Salió del camarote. No había nadie en cubierta. Parecía no haber nadie en el barco. Echo una mirada a popa, el “Riquezas” no estaba. Alguien había cortado las cuerdas que unían ambos barcos.

-¡Buenas noches mi joven Capitán!- Gritó Tihomir desde algún lugar que Alfred no alcanzaba a ver.

-¿Dónde estás?- Fue la única pregunta con un mínimo de sentido común que se le ocurrió hacer.

Tihomir le contestó con una larga risa.  - ¿No es obvio?- El Capitán giró la vista a estribor. Desde las sombras de la noche alcanzó a ver unas luces. El “Riquezas”. Toda su tripulación estaba a bordo del galeón. No era un botín y, por supuesto, no le iban a matar; iban a robarle.

-¡Pagarás por esto aborto de berberecho!- Gruñó el Capitán Alfred Werner mientras veía alejarse más y más el “Riquezas”.- ¡¿Me oyes?! ¡Me las pagarás!-

-¡Chúpamela mi joven capitán! - Fue la última respuesta de Tihomir.

El Capitán Alfred Werner se quedó solo. ¿De qué servía cumplir los sueños si todos le habían abandonado?

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