viernes, 7 de agosto de 2015

Gritos, risas e insultos. (El Jorobado I)

Se miró al espejo. Sintió asco. La pintura del maquillaje resaltaba las partes más horrendas de su cara. En un primer instante tuvo el deseo de romper el cristal de un puñetazo. ¡Que le dieran por culo a Pierce! ¡Que le dieran por culo al Circo! ¡Y que le dieran por culo a todos los espectadores que esperaban en las gradas! Aquella noche el Jorobado no pensaba otra cosa más que en dejarlo todo y huir. ¿A dónde iría? Fuera del circo corría el riesgo de que le matasen por parecer un monstruo. El miedo que generaba el hombre del saco o el coco a los pequeños no era nada en comparación al miedo que sentían al verle. Niños, mujeres y hombres temblaban por igual al ver su horrenda cara. No tenía lugar dónde ir. Incluso sus padres lo abandonaron nada más nacer. La única persona que le había dado una oportunidad fue Pierce, el encargado del Circo. La gente pasó de huir de él a reírse de él. Pierce lo convirtió en un monstruo de feria.

-Te quedan cinco minutos.- Sonó una voz detrás de la puerta de su habitación; o por lo menos así la llamaba.  Su habitación no era más que la cuadra de un caballo en el que se añadió un espejo y un taburete para que se pudiera maquillar para salir a escena. Ni siquiera tenía cama donde dormir.

El Jorobado se dio prisa por terminar de pintarse la cara de payaso. El pincel se le corrió cuando estaba pintándose la línea del ojo izquierdo. No tenía tiempo de volver a comenzar desde el principio. Decidió salir como estaba. Pierce lo estaba esperando a pie de pista. No le gustaba que le hicieran esperar.

 -Llegas tarde.- Gruñó Pierce, un tipo gordo con esmoquin y chistera.– Después del domador de leones sales tú. ¿Te acuerdas lo que debes hacer verdad? Bien.- Continuó sin dejarle contestar.- Ahora, sal y demuestra lo que vales.-Le dio una patada para empujarle al escenario.

Al salir a escena, el Jorobado cogió el garrote que el domador de leones había dejado a conciencia en el suelo. Era el momento que tanto odiaba del día; el momento de su actuación. Con el garrote en mano, se dirigió hacia el público a paso lento. Su cara era perturbadora y horrenda hasta decir basta. Solo tenía que fingir estar sonriendo, el maquillaje haría el resto. Los niños le temían; sin embargo, eran los adultos quienes se cagaban de miedo al verle.

Otros tres payasos, mejores maquillados que él, entraron en la arena. Corrieron directos al público de las gradas.

-¡Ayuda! El monstruo ha venido a matarnos a todos.- Gritaban. –Necesitamos a un héroe; un verdadero héroe que lo mate. ¿Quién será?-

Monstruo. Así lo llamaban mientras le tiraban manzanas de caramelo y trozos de maíz tostado. Monstruo. Así lo llamaban a falta de decirles palabras mayores. Monstruo. Así le llamaban y así se sentía.

Los payasos cogieron a un niño pequeño. Tendría apenas cinco o seis años. Tenía el pelo rubio y los ojos azules. Pequeño y guapo, el espectáculo estaba garantizado. Uno de los payasos le dio una espada hecha a partir de unos globos. El niño no sabía qué hacer. Estaba al borde del llanto. Miró la espada con curiosidad pero, aun así, no dijo nada.

-Es una espada mágica. Solo con ella podrás derrotar al monstruo.- Dijo uno de los payasos para animarle.

El niño, con ayuda de dos de los payasos, dio una estocada a la panza del monstruo con su espada mágica. El Jorobado dejó caer el garrote y fingió caerse de espaldas contra el suelo. El niño le había ganado. Esa era su actuación: dejarse matar por un crío de cinco años. Pierce pensó que sería gracioso que un niño pequeño derrotase a un monstruo como él. No se equivocó. El público se levantó de sus asientos de la alegría y el entusiasmo que sentían. Gritos, risas e insultos sonaban por toda la carpa, y todos iban dirigidos hacía el Jorobado. Su cara de enfado no fue fingida. Uno de los payasos puso al niño encima de su barriga y lo ayudó a alzar la espada con gesto de victoria. Los gritos, las risas y los insultos sonaron más fuertes.

Siempre era igual. Él era el monstruo. El niño lo vencía y la gente se burlaba de él. Él era el monstruo. Los dioses así lo quisieron. Quisieron que naciese como un monstruo. Monstruo. Monstruo. Monstruo. Lo seguían llamando monstruo.

Cerró los ojos. No quería. No quería seguir siendo la criatura que él era. No quería morir. Bajo el manto de las risas del público, el Jorobado se hizo el muerto. Estaba muerto. Un héroe de cabellos rubios empuñó su espada mágica y lo había matado. Ese era su final. No importara que el hombre tuviera el pelo moreno, rubio o castaño, podría incluso ser una mujer. Cada día, alguien empuñaba la espada mágica y lo mataba. Moría. Murió. No quería morir.

El Jorobado levantó su estropeada espalda del suelo tirando al pequeño niño al suelo. Los payasos se quedaron boquiabiertos; eso no entraba dentro del guión. Sin embargo, él iba a quedarse allí. Agarró por el cuello al niño que se posaba encima de su enorme panza. Lo iba a asfixiar. Ese día tenía que matar al héroe que siempre le mataba. Estaba harto de que le llamasen monstruo, estaba harto de que siempre le venciera un niño, estaba harto de las burlas y los insultos, estaba harto del circo y, sobre todo, estaba harto de Pierce. Esa rabia, contenida desde hace años, estaba saliendo ahora de por sus dedos. El héroe; no, el niño era testigo directo de todo ese odio.

Rápidamente, los payasos cogieron por la espalda al Jorobado y lo alejaron del niño que estaba ahogando. No podía hablar. Ninguno podía hablar. Ningún espectador creyó en lo que había visto. Un niño pequeño casi había muerto a manos de uno de los actores.

Nervioso, no podía pararse a pensar en lo que había hecho. No había risas  ni burlas; tan solo quedaron los insultos y los gritos. Creía que lo iban a matar. Era un monstruo. Siempre acababan matando al monstruo con la espada mágica. Esa vez, el Jorobado no les daría tiempo a que le matasen. Se dio la vuelta y corrió. No tenía otra cosa que hacer. Solo podía correr. Huir de todos e huir de todo; del circo, de Pierce, de los espectadores, de las risas y de la espada mágica hecha a partir de un par de globos.


Huyó de ciudad en ciudad, de país en país. Huyó hasta que se topaba frente al mar. Entonces, se daba la vuelta y volvía a huir sobre sus pasos. No tenía hogar. No lo necesitaba.  Creía que, si se encontrara con alguien, éste lo mataría entre risas e insultos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario