sábado, 29 de agosto de 2015

Arethusa (Carbunco I)

La muerte no era lo que le daba miedo. Lo que de verdad le asustaba era tener que soportar los duros años de sufrimiento que tenía que lidiar sin poder hacer nada por evitarlo. Cada vez, Arethusa estaba más y más delgada, casi decrépita. Hacía unos días que había dejado de comer nada sólido. Total, si lo hacía lo vomitaría.  Su joven piel estaba recubierta de pústulas de color negro y de cicatrices de las operaciones que los matasanos le habían hecho con la esperanza de poder curar su enfermedad. De lo único que acertaron esos malnacidos era en decir el nombre de la enfermedad que padecía: Carbunco. Cómo odiaba ese nombre.
Los doctores acabaron por perder la esperanza. Decían que lo habían intentado todo y a pesar de ello, Arethusa seguía empeorando. Mas, ella estaba convencida que mentían. No estaba muerta y no iba a morir. Pero, nadie quiso continuar ayudándola. Familiares y amigos por igual, le dieron la espalda. Para ellos, la joven de veintidós años había muerto. No podía contar con su madre ni con su padre; tenían miedo de que pudiera contagiar al resto de hermanos. La echaron de casa como si fuera un perro con sarna.
Estaba sola y enferma. Lo más sensato hubiera sido acabar con su vida. Le gustaba fantasear con tirarse desde un puente para romperse su cabeza en las rocas del río, de esta forma, el Carbunco llegaría a todos aquellos que bebiesen de sus aguas. Con suerte, sus hermanos quedarían peor que ella. El orgullo de la joven impidió que hiciese realidad su grotesca fantasía.
Arethusa no quería morir. Ya lo había decidido. Ella sería quien curarse la enfermedad que los estúpidos doctores dieron por perdida. La mitad de su tiempo la pasaba en la biblioteca de la ciudad leyendo los escasos libros de medicina que podía encontrar. La otra mitad, mendigaba un mísero vaso de leche para poder alimentarse.
Fue inútil. Tenía la sensación de estar leyendo libros que jamás le llevarían a ningún lado. Puede que los médicos no fueran tan estúpidos como parecían. Tenían razón en una cosa, la medicina no podría curarla. Pero había otros métodos. Artes oscuras que pocos se atrevían a estudiar: Nigromancia. Si no podía vivir en vida estaba dispuesta a vivir tras la muerte.
Ya fuera por el azar o porque así estaba vaticinado por las estrellas, en el sótano de la biblioteca encontró un libro de un antiguo maestro nigromante de nombre Arantir. El libro aseguraba que el hechicero había encontrado una forma de ser inmortal. Arethusa se vio identificada pues, a medida que seguía leyendo, se dio cuenta que Arantir sufría, en su primer cuerpo, el mal de las ratas: La peste negra, una enfermedad mucho más mortífera que el Carbunco. Pese a ello, el maestro nigromante sobrevivió. Compró a una puta y conjuró el hechizo que intercambiarían sus cuerpos. La puta murió en el cuerpo del maestro y él vivió, por unos años en el cuerpo de la mujer, hasta que éste enfermase y tuviera que encontrar un cuerpo nuevo.
Era la oportunidad que ella esperaba. Arethusa podría seguir viviendo. Podría ser inmortal, igual que el maestro Arantir.
Fue un viernes de luna llena. El cielo estaba nublado, no se veía nada en la cúpula celeste salvo la luz de la luna que, imponente, deseaba traspasar las sombras de las nubes para mostrarse en la noche. Era el día perfecto.
Al igual que su maestro, la joven contrató, con el dinero que guardó de las limosnas, a una puta. Ellas siempre se dejaban hacer de todo con todo el mundo sin importar sexo o raza.  Las dos mujeres fueron a las orillas del río. Arethusa le suplicó que fueran allí porque tenía un fetiche con el agua y quería tener sexo mientras las dos estaban sumergidas en el río. La prostituta, cómo no, se lo creyó. Su inocencia le repugnaba. Con unas cuerdas, ató a la puta en unos riscos del río. Según decía ella, no era lo más extraño que le habían hecho hacer. Sin duda alguna, Arantir fue inteligente a elegir una prostituta para su experimento.
Ambas mujeres quedaron desnudas en el río. La puta atada y Arethusa con las manos libres sosteniendo en alto el libro escrito por el nigromante. El agua era lo más importante. Era el vínculo de unión entre ambos cuerpos y la carretera por donde los espíritus viajarían. Arantir lo explicaba en su libro:
“El agua es el nexo, es la vida y es la muerte. Los humanos nacen en el agua de sus madres. Necesitan beber para no morir deshidratados. Necesitan la vida que solo el agua les puede dar. Y, sin embargo, el agua también se la arrebata. Ahogados, todos mueren ahogados. Es el nacer, es el camino y es el morir.”  
Las palabras del maestro nigromante comenzaron a brillar con una tonalidad verde. El agua del río imitó el mismo color. La puta comenzó a gritar. “Demasiado tarde preciosa”. Pensó Arethusa. No estaba dispuesta a dejar a medias su hechizo.
Se esforzó por pronunciar el hechizo del nigromante. Era una lengua más antigua que la que dominaba. Había palabras que le costaba pronunciar y otras que ni siquiera las entendía. Tampoco le importaba. El hechizo estaba teniendo éxito. El agua comenzó a subir por el cuerpo de la puta. La cubría como si de una segunda piel se tratase.
El agua comenzó a trepar por sus piernas tal y como había hecho antes con la otra mujer. Arethusa se sentía orgullosa y poderosa. No solo estaba ganado a su enfermedad; además, estaba demostrando a todos los imbéciles de los doctores que se equivocaban. Ella, y solo ella, con un cuerpo podrido por el Carbunco, se estaba convirtiendo en inmortal gracias al libro que encontró en el sótano de la biblioteca. Se sentía emocionada, incluso llegó a creer una maestra nigromante superior a Arantir. Lo que él había estudiado en una vida, ella lo hizo en dos meses escasos.
Los alaridos de la prostituta se ahogaron bajo el agua, lo mismo pasó con los gritos de entusiasmo de Arethusa. Podía ver su propio cuerpo lleno de cicatrices y costras a su espalda. El de la prostituta estaba justo delante. Fue hacia él. El agua es el camino hacia la vida, también hacia la muerte. “Es el nacer, es el camino y es el morir.”  El espíritu de la joven nadó para nacer de nuevo por el camino del agua para dejar atrás la muerte del Carbunco.
Algo salió mal. Algo que Arethusa no podía comprender. El agua se desplomó del cuerpo de la puta. Ella seguía con vida, seguía en su cuerpo. ¡No era posible! Había seguido los hechizos de Arantir paso a paso. No comprendía que era lo que salió mal. El camino del agua empujó el espíritu de la joven de vuelta hacia su podrido cuerpo. Arethusa se negó. Luchó por no volver a la muerte. No quería morir. Quería vivir.
Vio su cuerpo de veintidós años más parecido a un cadáver que a una mujer. No había rastro de su antigua melena castaña. Su piel, que un día fue suave y delicada como la de cualquier joven dama, estaba llena de agujeros llenos de sangre. El cuerpo de Arethusa estaba muerto.  “Es el nacer, es el camino y es el morir.”  Repitió en su mente las palabras de Arantir. Entonces lo comprendió. La joven se quedó atrapada en el camino. Su cuerpo murió en mitad del hechizo. Sin otro cuerpo, el espíritu de la puta no tenía donde ir y a Arethusa no tenía donde volver. 
Lo único que consiguió fue hacer realidad su grotesca fantasía. Su cuerpo podrido por la enfermedad se consumió en el río. El Carbunco era libre de enfermar a todos los que bebieran de sus aguas; de todos aquellos que bebiesen de su cárcel.



3 comentarios:

  1. Arethusa aprendió que no debió usar las artes oscuras sin antes estar preparada para los "accidentes", que no son más que las consecuencias de usarla sin prepararse y sin tener en cuenta que los hechizos pueden volverse en su contra. Ahora va enfermar a todo el mundo por culpa de su deseo corrompido por el egoísmo.

    Un buen relato. ¡Saludos!

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  2. Creo que esto nos muestra hasta donde el ser humano es capaz cuando no logra aceptar la muerte, A veces nos creemos tan superiores que recurrimos a lo desconocido con tal de prolongar lo que ya es inevitable.

    ¡Saludos!

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  3. Comencé a leer éste relato y me fuí al final porque recordé ya lo había leído y lo confirmé. Ya te había escrito antes. No sabía que tenía continuidad.
    Así que ahora te leere en la siguiente partes.

    ¡saludos!

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