miércoles, 15 de julio de 2015

Sueños cumplidos (Capitán Werner I)


Alfred Werner siempre ha tenido un gran sueño en toda su vida: ser pirata.  Pertenecía a una pequeña familia de hombres bestia que vivían en el puerto de Dochep, una de las ciudades más grandes de Azair. Su padre trabajaba en el puerto embarcando y desembarcando las mercancías que traían los barcos. ¿Qué más podría hacer un hombre con aspecto de calamar? En la ciudad eran considerados como monstruos. Vivían en un barrio marginal, en compañía de otros hombres bestia. El poco dinero que traía el padre de Alfred era considerado un milagro para poder subsistir. Mas, al pequeño Werner de cinco años, no le importaba nada de eso. Lo único que deseaba era subirse en uno de esos barcos y ver mundo. 

Su deseo se intensificó con los años. Cada vez más a menudo, se sentaba a orillas del puerto viendo el ir y venir de los barcos. ¿Qué habrá más allá? ¿Dónde han estado? ¿Qué han visto? La pubertad, esa etapa de rebeldía que todos, por desgracia, pasamos, fue la causante de que Alfred se colase de polizón en uno de los barcos del puerto. Estaba harto de sus padres, las normas de la ciudad eran para fracasados. ¿Por qué tenían que vivir en un barrio de pobres? Estaba ya harto. Él quería vivir en el mar como un auténtico pirata. Iba a demostrar a su padre y a todos esos humanos asquerosos que lo miraban como si fueran un engendro que él sería el mayor de los piratas. 


Como un sueño, la idea de ser pirata se desvaneció cuando el capitán del barco que había entrado como polizón lo capturó. Vio a Alfred como un calamar que había saltado del mar para subir a su barco. Varías ideas se le pasaron por la cabeza del capitán y ninguna de ellas era la idea que tenía Alfred en mente. Normalmente, cuando se cuela un polizón en un barco, lo atan en lo alto del palo mayor hasta que se muere por deshidratación. Otra opción que tenían era la de hacer sushi con él; en el fondo es un calamar, no tenía  por qué saber mal. Al final decidieron que lo más humilde sería tirar lo por la borde. Si venía del mar debería volver allí. Pero Alfred no venía del mar, venía de la ciudad de Dochep. 


Los marineros empujaron a Alfred por la tabla. Había escuchado demasiadas historias de piratas cuando era niño para saber que cuando saltará decenas de tiburones le estarían esperando. Quería demostrar que podría ser alguien importante y solo demostró que, lejos de su familia, solo servía como comida para peces. No le quedó otro remedio. Saltó. Por fortuna no habían tiburones en aquel momento. Eso fue raro, ellos siempre seguían a los barcos. Los marineros solían tirar comida por la borda para que les siga. Siempre era bueno tener un par de tiburones al lado para casos como ese. Alfred  poseía una naturaleza acuática que le hacía especial al resto. No por los tentáculos en la cara, ni la bolsa de tinta en la nuca, ni tan siquiera por la pinza de su brazo derecho. Lo que le hace especial es que él era parte del mar. Parte del agua y parte del océano. Pudo pasar horas y horas flotando sin llegar a ahogarse. 


Alfred no sabría decir cuántas horas habían pasado desde que le echaron por la borda. Se había hecho de noche. Cada vez estaba más decidido en que iba a morir. Cuando hubo perdido todas las esperanzas un barco le rescató del mar; su nombre, “Oro marginal”. Era un verdadero barco pirata. No como ese barco de mercantes del que le habían expulsado. “Oro marginal” era de verdad. O eso le dio a entender la bandera negra con una calavera con cabeza de tiburón ondeaba en lo alto del asta mayor. Su suerte comenzaba a cambiar, no solo era un barco de piratas, igual que en sus sueños, sino que estaba dirigido únicamente por hombres bestia. Hombres tiburón, hombres pez-espada, hombres cocodrilo…  La variedad de especies era tan inmensa como la de especies hay en todos los océanos. Era justo lo que buscaba. 


“Oro marginal” se convirtió en su nuevo hogar. Todos eran como él, hombres bestias que un día vivieron en barrios marginales de la ciudad.  De ahí venía el nombre del barco. Cada hombre y cada mujer tenían su propia historia, y ninguna era menos emocionante que otra. Alfred aprendió mucho como grumete. Aprendió que algunos piratas no son solo eran ladrones sin escrúpulos, sino que tenían un código. Una especie de gremio. Junto al “Oro marginal” se encontraban otros tres barcos más que pertenecían al mismo gremio. Cada barco tenía su propio capitán y cada uno tenía sus propias leyes, siempre y cuando respetasen el código. 


Ocho años después de subir al “Oro marginal”. Alfred se convirtió en el Capitán Werner. Siempre fue un chico inteligente, aprendió rápido la dinámica del barco, cada uno tenía su lugar, y si jugabas bien las cartas podrías ocuparte de algún trabajo decente y subir de rango fácilmente. Además, cada mes ingresaba algún que otro grumete nuevo al barco. Cada tres años, el Capitán del “Oro marginal” decidía separar sus oficiales. A su segundo mejor hombre  abordo (al primero siempre lo quería a su lado hasta la muerte) lo nombraba capitán de cualquier barco mercante que robase. Alfred siempre se quedó en el “Oro marginal” hasta el día que le nombraron capitán. A su navío lo llamo “Sueños cumplidos”. El Capitán Alfred Werner demostró que los sueños se podían cumplir.

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